lunes, 3 de septiembre de 2007

"LOS MANUSCRITOS NO ARDEN"


"El problema es el siguiente: aunque no podamos descubrir,
por lo menos ahora, a sus admiradores,
no hay garantía de que no existan.
"
Mijail Bulgakov, El maestro y Margarita

El último y voluminoso libro (ésta es una novedad, en un autor acostumbrado a brillar en relatos de alientos más cortos) del gallego Manuel Rivas, libro que está cosechando críticas enormemente elogiosas, lleva el antiflamígero y moderadamente optimista título de Los libros arden mal. Un título en el que resuena el eco de aquella premonitoria frase de El maestro y Margarita de Mijail Bulgakov en la que Voland –palabra del mismísimo Diablo- decía: “Los manuscritos no arden”. A Mijail Bulgakov, los agentes de la temida OGPU le quitaron todos los manuscritos que encontraron en su casa en un nocturno registro policial, incluyendo dos ejemplares de su novela Corazón de Perro y varios cuadernos que contenían su Diario personal. Manuscritos que consiguió recuperar después de varios años de instancias y peticiones exigiendo que le fueran devueltos, y que, apenas recuperados, quemó en la chimenea de su casa, desesperado por el ambiente irrespirable en que vivía y por el ninguneo y la censura a la que estaban sometidas sus obras.
Bulgakov murió un 10 de marzo de 1940, apenas unos días después de terminar una última corrección al manuscrito de El maestro y Margarita, novela que su mujer escondió de las garras de los censores durante veinticinco años. En el manuscrito dejó escrito de su puño y letra esta autoadvertencia: “¡Terminar antes de morir!”. Varias décadas después, la conocida frase, incluida en la última y más conocida de sus obras, que aseguraba que “Los manuscritos no arden”, se hacía irónicamente realidad con la recuperación de las copias policiales que, de su Diario y de algunos otros de aquellos escritos que el propio Bulgakov tiró al fuego, conservó la KGB en los archivos de los sótanos de la Lubianka. El propio Bulgakov había elegido esta no menos premonitoria cita del Fausto de Goethe para el prefacio de El maestro y Margarita:
“- Aún así, dime quién eres.
- Una parte de aquella fuerza que siempre quiere el mal y que siempre practica el bien.”
Y es que, de alguna manera, sostener que “los manuscritos nunca arden” es confiar en la bondad del Diablo. Se pueden incluso acumular en vano varios ejemplos, intentando justificar dicha bondad. Entre ellos, el de la traición de Mad Brox a su mejor amigo: Franz Kafka mandó quemar sus escritos, pero los manuscritos no arden, y hoy podemos releer las andanzas de Joseph K y Gregorio Samsa.
En una entrevista concedida a Paris Review, George Steiner, argumentando acerca de la extraordinaria suerte que consideraba haber tenido al nacer y de la afortunada herencia cultural que había recibido de unos progenitores ilustrados y poliglotas, contaba que un tío abuelo de su madre, que, al parecer, también fue en otro tiempo un reconocido escritor, fue el hombre que descubrió el manuscrito del Woyzeck de Georg Büchner en casa de un boticario. En este caso, los manuscritos no se pierden podría ser una variante sin llamas de los manuscritos no arden. Pero esto sólo sería aparentemente cierto si pusiéramos aquí el punto final y no se contara que, asustada ante la idea de contravenir tabúes sexuales, la novia de Büchner arrojó al fuego el manuscrito de su Aretino (probablemente la obra maestra de alguien que murió a los 24 años de edad y ya había escrito obras como La muerte de Danton o Woyzeck).
Lamentablemente, “Los manuscritos no arden” a pesar de ser una frase sorprendentemente premonitoria para El maestro y Margarita y otros muchos de los textos de su autor, es un afirmación encuadrable en un archivo de eternas ilusiones humanas junto a predicciones como la de –por citar a un irónico ilustrado, como Bulgakov- Voltaire, quien predijo con una total e infundada seguridad la abolición de la tortura judicial en Europa. Sin embargo, hoy sabemos que aquella otra premonición que hizo en Alemania en un lejano 1821, un escritor no menos famoso -coetáneo de Georg Büchner- llamado Heinrich Heine: “Donde hoy se queman libros, mañana se quemará a seres humanos”, ha sido horriblemente cierta. Los manuscritos no arden o Los libros arden mal son, por todo ello, frases que pertenecen a una ilusa y perenne Gramática de la Esperanza, una Gramática de la Esperanza que carece de valor para los muertos pero cobra sentido y a veces, incluso, hasta se convierte en feliz premonición en los labios de los supervivientes.

PALABRAS DE AGUA



El presente se nos escapa y desaparece como el agua entre los dedos. Nunca se aprende a vivir, nunca encontramos esa línea que separa lo importante de lo superfluo, no está a la vista, no existe. Las palabras ven y hablan de nosotros en el lenguaje del que las lee como las imágenes lo hacen en la impresión visual de aquél que las mira. Cada instantánea condensa un pudo ser y un olvido. Por eso las palabras parten de la arbitraria consideración de que, sea cual sea el enfoque elegido para apretar el obturador que fije la fotografía del agua, su transparencia ejerce de espejo. Un espejo fácilmente resquebrajable como todos los espejos; simple cristal azogado con trozos de memoria e imaginación que reflejan en la metáfora del agua la constancia de lo que somos: frágiles seres hechos de tiempo y fugacidad.
Da igual que el valle se llame Valdegobia o Fergana, da igual que sea apacible o abrupto; el valle lo talla el agua y el hombre talla las piedras que lo hacen habitable. Cada uno a su manera no hace otra cosa que emplear su energía en esculpir el transcurrir. Ella vaciando lo que se ha perdido, arrastrándolo hacia las profundidades del océano, hacia esas capas abisales donde es posible detectar el matiz del azul. Nosotros recordándolo, dando una vuelta más al reloj de arena que recogemos de playas y meandros, donde varan las voces de los náufragos... Lo que fuimos, lo que soñamos, lo que escriben en los sonidos de las caracolas las mareas.
Nuestra primera amistad, por tanto, es para la piedra. Su aparente solidez contiene nuestro deseo de permanencia, esa nostalgia de la memoria que llamamos eternidad. Con ella edificamos el refugio hogareño en el que ponemos a salvo nuestros recuerdos, esos que, aun haciéndonos vulnerables, garantizan que nuestra existencia no sea ilusoria. Con ella edificamos el puente que permite hacerse la ilusión de que caminamos sobre la corriente de agua. Ningún puente a pesar de su belleza precede al río, pero todos, como el recuerdo, parecen eternos en su apariencia, velando a sus caminantes aunque los pies no estén.
Nuestros nombres están hechos de agua, no es necesario zambullirse para sentir nuestra pertenencia a la humedad. Reconocernos nos obliga a contemplar. Este es un verbo antiguo, exige lentitud y distancia; actitudes que no permite la prisa y la angustiosa persecución del éxtasis que impone la vida moderna.
Con todo, no hay nadie que no posea al menos un recuerdo placentero cuya imagen no tenga que ver con la contemplación del agua. Da lo mismo que sea una ensimismada línea de horizonte marino, el caer del caño de una fuente, la formación de un simple charco o la silbante cortina de un aguacero. Quizás esto sea porque, como sugería Heráclito, una simple gota de agua tiene el maravilloso poder de evocar la sencillez del devenir y los sonidos de lo remoto, o porque contiene cierta añoranza de nuestro origen.
Dicen que el agua no admite caminos de regreso y que por eso es inodora e insípida. Pero el salmón y la anguila vuelven a desovar a la misma fuente; su odisea nos permite abrigar una esperanza. El nadador no viaja, bracea y juega con el agua. Ni la calma ni la tempestad tienen que ver con la piedad o la crueldad del océano.
Puede que la felicidad solamente sea una emoción pasajera, una imagen que apenas se alcanza por un instante con las puntas de los dedos: Un niño, con la toalla bajo el brazo, se dirige a bañarse en el remanso. Es un día de verano. Sin embargo, llueve. La hierba huele a lluvia y su aroma se dibuja en un tímido arco iris a lo lejos... Los interrogantes continúan y sigue sin desvelarse el misterio de la transparencia del agua. No parece relevante que Lavoisier la definiese como un compuesto de hidrógeno y oxígeno. Sólo sabemos que ella fue mucho antes que la sed.

EN LA INFANCIA TODO ES ABSOLUTO




Hace falta una suerte infinita para que al lanzar al aire un dado de infinitas caras sea precisamente la tuya la que quede boca arriba encima del tapete. Una suerte tan inmensa como ésa nos trajo a este mundo. Procedemos de la acumulación de una serie infinita de hechos improbables, que se resumen, finalmente, en la conjunción de un instante, un óvulo y un microscópico espermatozoide que nada entre millones de hermanos gemelos, cuyas caras también estaban en el dado que giraba en el cubilete pero no quedaron boca arriba encima de la mesa. Aunque las posibilidades geográficas no son infinitas, el lugar en el que el dado se para es, sin duda, también un suceso azaroso: una vez lo hace en Soria, Cochabamba, Ulán Bator, Murmansk, Nairobi o en un Santurtzi desconocido.
Pero estos son descubrimientos posteriores. El primer aterrizaje se hace en la infancia y en la infancia el lugar y el tiempo no importan, tienen valores absolutos. Como señala Eduardo Apodaca en Introducción a la Tierra: La infancia es la eternidad. Uno no se pregunta entonces cómo ha nacido o cómo ha venido. Simplemente cree que siempre ha estado aquí, que sólo existe un lugar, y el futuro tiene tantas posibilidades que el tiempo es infinito. Aunque vividos de forma inconsciente, en la infancia, paisaje, personaje y suceso integran la misma cosa, forman un todo indisoluble con nosotros. Quizás por eso lo que acontece entonces parece tan denso y las emociones perduran a través de una voz que nos habla al oído y me recuerda que no hace mucho existía un Santurtzi diferente. Un Santurtzi cruzado por caminillos de hierba, salpicado por pequeñas campas en las que se jugaba al hinque cuando el agua de lluvia ablandaba la tierra, y donde a falta de consolas eléctricas se aplicaban tecnologías manuales como las del güito del alberchigo para tirar desde una raya a meter en un hoyo gritando arriba la güesada y, aunque hoy parezca mentira, se podían hacer dos porterías con piedras en medio de la calle sin que el tráfico interrumpiera apenas el partido. La palabra goro era de uso habitual en los regatos en los que se jugaban los cromos a las canicas. El más apreciado era Iribar. Los llamábamos santos, aunque eran de papel y no tenían nada que ver con los de las iglesias. Entre ellos estaban Vava en el Elche, Lapetra en el Zaragoza, un negro exótico llamado Waldo en el Valencia, un calvo eterno, que se llamaba Irulegui y jugaba en el Pontevedra y un jovencísimo Lavín en el Athletic al que truncó la mala suerte. Todas estas pequeñas cosas también formaban parte de aquel Santurce al que la memoria tiende a idealizar y en el que, seguramente, los santurzanos de hoy encontraríamos muy incómodo vivir. Y sin embargo al evocarlo descubrimos que cuando nos tocó vivirlo sembró en nosotros un notable encanto. Mi abuela a veces cuando hablaba del Santurce de su niñez, un Santurce mucho más necesitado que el mío, solía decir con auténtica convicción : “¡Qué bonita vida era aquella!” Esto último me sugiere que el paso del tiempo cambia de gusto en los nombres de las mujeres. Todos recordamos a quienes nos ayudaron a dar los primeros pasos por ese lugar en el que el dado mostró nuestra cara en el tapete. Los nombres de las mujeres ahora son más suaves, alguien dirá que más bonitos, pero los que yo añoró son: María Dolores, Ernestina, Milagros, Lola y Ricarda. Tú lector, tendrás otros con los que nombrar el lugar de una fotografía en blanco y negro. Pero este fragmento se acaba, y en la infancia la nostalgia no existe, en la infancia todo es absoluto.