miércoles, 26 de diciembre de 2007

UN PAR DE BALANDRISTAS


Un niño, con el oído pegado a los raíles, está escuchando el tren. Perdido en la omnipresente música, poco le importa si el tren viene o se va... Viaja. Viaja y se topa con algunas señales de que existen otros mundos. La primera consecuencia es que el monte Serantes deja de ser un gigante. En aquella época, la empinada subida desde el fuerte al castillo nos parecía que nos graduaba como alpinistas consumados. Todo es relativo y para nuestros ojos infantiles, muchos sábados y domingos, aquellos 445 metros de altura eran nuestro único y particular Everest. El descubrimiento de la diferencia es, en cierta manera, también la primera aproximación al sentimiento de identidad. Sin identidad nada tiene medida, todo es uniforme: una cuesta se cree una montaña. La anécdota que marca mi primer descubrimiento de esa diferencia que ilumina la identidad tiene que ver con unas simples zapatillas. Tenía nueve o diez años y era un recién llegado al Colegio Santa María de Portugalete. Un día, mientras nos cambiábamos de ropa para asistir a los ejercicios de gimnasia, al solicitar a los compañeros que me acercasen los balandristas -que era como en mi casa siempre se habían llamado a las zapatillas de lona con cordones y suela de goma- me di cuenta de que ninguno de ellos sabía qué les pedía. Era como si les hubiera hablado en chino mandarín. Las posteriores chanzas a las que dio pie -en aquel mayoritario grupo de compañeros portugalujos- que alguien llamase a las playeras balandristas, hizo que, espontáneamente, los tres o cuatro santurzanos que estábamos allí nos diéramos cuenta de que aquella microscópica variedad lingüística que representaba el término balandrista nos unía en un sentimiento solidario de pertenencia a algo, a lo que aún no dábamos el apelativo de identidad, pero que era profunda y singularmente sentido como propio por todos nosotros. De alguna forma acabábamos de descubrir que no existía un solo lugar en el mundo, que Santurtzi estaba pegando a Portugalete, pero no era Portugalete.
Sin identidad y sin comprender la diferencia que alienta la diversidad no se puede asimilar lo común y, aunque resulta paradójico, tampoco puede aprenderse el respeto por el otro, porque nada hay más irrespetuoso que la uniformidad.
Las gentes de Ráivola conocen que el percherón normando y el shine-horse frisón se utilizan para tirar de arados y carros; que el corcel árabe y el purasangre inglés se emplean para practicar la equitación y correr en el hipódromo, pero no encuentran explicación para esos potros islandeses que trotan libremente limitándose a mirar con indiferencia los coches que circulan por la carretera y, de vez en cuando, se animan unos a otros empujándose levemente con el hocico.
Para mí Islandia no fue un lugar concreto hasta cuando, en el verano de mis trece años, los periódicos repetían todos lo días la palabra Reykjavik para contarnos las partidas de aquel campeonato del mundo que enfrentaba a Bobby Fischer con Boris Spassky. Lo llamaban el “Match del siglo” y despertó en muchos de nosotros el interés por el tablero de ajedrez. Antes de aquello, Islandia era la denominación de algo demasiado lejano. Los conceptos de proximidad y lejanía también tienen que ver con la comprensión de lo diferente. En el universo de mi niñez ir a Bilbao era viajar, viajar a un lugar en el que uno se cansaba de recorrer tiendas y mirar escaparates, y algunas veces se terminaba obteniendo como recompensa por el cansancio de la caminata un bollo de mantequilla en alguna pastelería. He de reconocer que ese sentimiento de lejanía respecto a Bilbao sigue persistiendo en mí, por eso cuando alguien habla de Gran Bilbao me chirría un viejo resorte aldeano. Viajar a Bilbao en mi memoria infantil sigue siendo sinónimo de lejanía. Quizás por eso nunca he pedido un par de balandristas en ninguna zapatería de las Siete Calles.

Barcos de mármol y mares de vinagre



Desde la atalaya de la edad adulta la juventud casi siempre se observa con una fatua y falsa conmiseración. Casi siempre se destacan con exagerada autocondesdencia y apresurado alivio los defectos de las generaciones que vienen por detrás. Enseguida nos gusta confirmar que son peores que la nuestra. En nuestro tiempo esas cosas no pasaban. Éramos más respetuosos. Más listos. Más no se qué. Menos infantiles. Lo mismo decían nuestros padres comparándose con nosotros y nuestros abuelos respecto a nuestros padres. La secuencia es perenne y se remonta hasta antes de los romanos.
La falsa conclusión que cabría extrapolar de este común modo de pensar es que el crecimiento de la estupidez es exponencial. La juventud de hoy es siempre peor que la de ayer, adultos dixit. Es como si la desmemoria y la edad siempre tendieran a buscar una coartada para la revancha en otros que, siendo básicamente como nosotros, son jóvenes en otro tiempo y sencillamente poseen una juventud que nosotros hemos perdido por simple e inexorable determinismo vital.
Pocas cosas hay que compartamos más los adultos que la aceptación de la censura de lo defectos de los niños y los adolescentes y el apresuramiento a dictar un remedio que, supuestamente, los debe poner en la “buena vereda”. Alguien pregunta ¿cuánto pesa el mármol en vinagre? Y al otro día alguien receta un nuevo cambio de plan educativo, con una propuesta de un puñado más de horas lectivas que siempre resultan insuficientes.
Es un enorme autoconsuelo achacar los males de los mayores a la mala educación de la infancia. Los pinchazos de la vacuna y los malos tragos de la cucharada de jarabe los alejamos de nosotros. La primera constante es que todos los males sociales se los adjudicamos a la infancia. La segunda que a la pregunta del mármol y el vinagre siempre contestan más acertadamente los escolares en Noruega y en Finlandia.Los profesores dicen que los alumnos ahora leen menos, pero no sabemos cuánto leen ellos. Es igualmente probable que a la pregunta de cuánto pesa el mármol en vinagre también los docentes contesten mejor en el Helsinki. Lo que es seguro es que hace tiempo que en sus aulas han universalizado el uso del ordenador e internet desde el primer curso. Como diría Robert Louis Stevenson, siempre tendemos a reconocer que nos hemos equivocado antes, y de ello sacamos la asombrosa conclusión de que ahora, por fin, sí que estamos en lo cierto.

Si es que Islandia existe


Islandia es uno de esos países que casi no existen, uno de esos lugares del que casi nunca –en ningún tiempo- llegan noticias. Esta perpetua desaparición se rompió fugazmente, sin que probablemente casi nadie lo notara, hace unos días, cuando en las páginas de deportes de algunos periódicos se recogía el breve apunte de una noticia, proveniente de Reykiavik, que no tenía nada de deportiva y que iba encabezada por un titular que decía: “Bobby Fisher ingresado con ‘signos de paranoia”.
Debajo del titular, en un pequeño encabezamiento que bien pudiera servir para el comienzo de una novela negra de John Le Carré, se añadía: “A sus 64 años, vive recluido y de la caridad con el temor de un complot de la CIA para llevarlo a Estados Unidos”. Pero de la misma manera que suele decirse que el Guggenheim ha puesto a Bilbao en el mapa, se podría afirmar que Bobby Fisher lo hizo, hace ya la friolera de 35 años, con Reykiavik. Fisher es pues un Guggenheim islandés del que habría que decir que no vive de la caridad sino del pago a unos impagables servicios prestados.
Bobby Fisher y Boris Spassky -quien casualmente visitaba Bilbao el mes pasado- están mágicamente asociados en mi caso, como supongo que en el de muchos otros de mi generación, con la nostalgia de un lejano verano adolescente de pantalón corto y de una repentina fiebre por el juego del ajedrez, despertada por aquel duelo que se denominó el “match del siglo”.
Un match que alcanzó connotaciones mitológicas y, por encima de la lógica de los movimientos de las piezas sobre los escaques, se elevó a la categoría de máxima metáfora de la época de la “Guerra Fría”. La metáfora, como todas las metáforas resulta injusta y tiene bastante de exageración, pero convirtió a los dos personajes de aquel singular combate en una especie de reencarnados Aquiles y Héctor modernos.
Como en la historia mitológica, de nuevo el fiero Aquiles derrotó al caballeroso Héctor, y, como en esa misma historia, la antigua URSS terminó en ruinas como la antigua Troya. También como en aquella historia, los héroes finalmente han resultado más humanos que sus dioses, y todo parece indicar que este formidable Aquiles también tiene su frágil y trágico “talón”.
Lo que quizás también pudiera ser es que el Bobby Fisher actual, el temeroso de todo, el paranoico, el aterrado por posibles complots de la CIA, fuera una nueva metáfora de los victoriosos atenienses modernos.

El hijo de Enola Gay


Quizás literariamente podría decirse así: probablemente el deseo de la existencia de dios es proporcional al deseo de justicia. O, dicho de una manera más mundana, el deseo del remedio es proporcional al deseo de la necesidad. Quizás sí, quizás la enormidad de un deseo es proporcional a la de otro deseo, quizás también la enormidad de una insatisfacción sea proporcional a la de otra insatisfacción. Después de todo, los deseos son deseos, y cuanto más grandes son, más se encadenan y menos se cumplen. Dicho también literariamente, nadie imploraría al cielo si hubiera justicia en la tierra.
El pasado uno de noviembre, día de todos los santos –caprichoso sarcasmo en la efemérides elegida por el destino para entregar su cuerpo a las cenizas- moría apaciblemente en una cama de su casa en Columbus (Ohio), sin asomo de remordimientos y en asombrosa paz consigo mismo, a la considerable edad de 92 años, el ex-general de brigada Paul Warfield Tibbets, Jr. Según un no menos sarcástico apunte periodístico, digno de figurar en un lugar preferente en la antología más negra del humor más negro: “Dejó como sobrevivientes a su esposa y tres hijos”.
Según cuentan, el padre de Paul Warfield Tibbets Jr. quería que su hijo fuera médico pero su madre le apoyó en su deseo de ser piloto aéreo. Un deseo que –otra negra ironía- surgió cuando, a la edad de 12 años, fue invitado a subir a un biplano que estaba efectuando una campaña publicitaria para lanzar caramelos desde el aire sobre una multitud en el hipódromo de Hialeah en Florida.
Dieciocho años después, despegaba de madrugada de Tinián, en las islas Marianas, pilotando un Boeing de 43 metros de largo al que bautizo con el nombre de su querida madre, Enola Gay. En los prolegómenos del despegue, un fotógrafo, cámara en mano, le dijo: “vas a ser famoso, así que sonríe”.
Seis horas después, aquel aparato soltaba desde 9.632 metros de altura un artefacto que llevaba el macabro nombre de “Little Boy” (Niño pequeño), asesinando a 140.000 personas. La inmensa mayoría de los muertos, en medio de aquel hongo apocalíptico desatado por una sola bomba sobre la ciudad de Hiroshima, fueron ancianos mujeres y niños. Cerca de 90.000 personas más murieron en los años siguientes por enfermedades crónicas derivadas de la exposición a la radiación.
Si hubiera dios, Paul Warfield Tibbets Jr. y los que ordenaron aquella matanza pasarían la eternidad en el infierno.