domingo, 18 de abril de 2010

El oficio de vivir




ya que no les bastan a los niños las respuestas
y a los adultos las preguntas.
Vladimir Holan (Una noche con Hamlet)

De la misma manera que Luke alcanza su -digno de celebrar- número cien, hace apenas unas semanas se cumplía el primer centenario del nacimiento de Cesare Pavese, el autor de un bello y dramático diario del que, por éste y algún que otro motivo, se ha tomado prestado el título para este artículo.
Entre los motivos que van más allá de la celebración del recordatorio de este poeta piamontés que sigue vivo en sus poemas, a pesar de que en la aciaga noche de un lejano 26 de agosto de 1950 se quitara la vida en la soledad de una triste habitación de hotel, se encuentra, precisamente, el difícil interrogante sobre los vínculos y las abruptas disonancias que acontecen entre el lírico oficio de poeta y el dramático oficio de vivir. O lo que es lo mismo, las distorsiones entre la retórica de las palabras, el punto fronterizo de los gestos y la irreversibilidad de los hechos. Apenas una semana antes, en la última entrada de su diario, Cesare Pavese había dejado escrito: “Todo esto da asco. Basta de palabras. Un gesto. No escribiré más”. Tampoco cumplió su penúltima palabra. Cesare Pavese no fue un suicida sin notas de despedida.
Su despedida tiene algunos singulares paralelismos con la de otro poeta más vociferante y septentrional llamado Vladimir Maiakovski. Todos los gestos humanos, hasta los más trágicos o aparentemente inimaginables, están hechos de repetición. Anochecía. Era sábado. Pavese cerró sobre una mesilla de madera el folder que contenía los últimos poemas que había escrito y se dirigió al teléfono negro que colgaba de la pared. Hizo tres llamadas a tres mujeres. Las invitó a cenar. Ninguna aceptó. Tomó un bolígrafo y escribió: “Perdono a todos y a todos pido perdón. No murmuren demasiado”.
Veinte años antes, desde la habitación de un estudio donde reinaba una soledad parecida, Maiakovski le rogaba sin éxito a la actriz Veronika Polonskaia que subiera a su habitación. Según dicen hizo otra llamada a Lili Brik, pero nadie contestó al teléfono. El día anterior había escrito una breve carta, con este comienzo: “De que muero no culpéis a nadie y, por favor, no chismeéis. El difunto lo odiaba terriblemente”. El que el corazón de Cesare Pavese dejase de latir por la ingestión de unos botes de somníferos y el del autor de La nube en pantalones por una bala constituye únicamente un circunstancial detalle forense.Todo lo demás resulta intercambiable, es igual que sea Maiakovski o Pavese el que afirme que el incidente está zanjado y la barca amorosa ha varado en lo vulgar; es igual que uno u otro digan que uno no se mata por el amor de una mujer o que los suicidas son asesinos tímidos; es igual, porque, digan lo que digan, los poetas siempre tienen razón. Sí, incluso cuando afirman que hasta sacrificarse o renunciar es un problema de astucia. O cuando afirman que uno se mata porque un amor, cualquier amor, nos revela nuestra desnudez, nuestra miseria, nuestro desamparo, la nada. Sí, la poesía es un territorio en el que cualquier afirmación se hace verdad, sí, salvo probablemente cuando proclama que la muerte es la firma de la paz con la vida.

Un fragmento a modo de epílogo


-No hay escapatoria –dice el contador de cuentos-. La realidad le da una nueva vuelta al reloj de arena e impone siempre el presente. Pero, aunque hayas dejado de ser niño, nunca se termina de aprender a vivir. El libro siempre se encuentra abierto por la mitad independientemente de que las páginas anteriores hayan sido arrancadas y las siguientes estén por escribir.

Este es un fragmento breve e incorpora dos imágenes ajenas: una representa el occidente, y la otra el oriente de una elección.

En el occidente dice el americano Walt Whitman:

“No vaciles, pues oh Libro. Cumple tu destino.
No te limites a rememorar la tierra.
Vamos, hazte a la mar y canta; lleva por el azul ilimitado a todo el mar
Esta canción dedicada a todos los marineros y todos los navíos”

En el oriente dice el japonés Ki no Tsurayuki:

“Las nubes
parecen olas.
¡Quiero ver a un pescador
para preguntarle y saber
dónde está el mar!”

Tú, querido lector o querida lectora, recuerda que estás con el libro de tu vida abierto en la mitad que te toca, buscando el mar sobre un barco que abandonó el mar y ahora se halla varado en la cima de una verde colina.

-¿Te imaginas –dice el contador de cuentos- que llegara un día en que alguien narre un cuento en el que aparece un barco y al terminar, la gente de Santurtzi preguntase para qué sirven los barcos?

Este no es más que un fragmento a modo de epílogo para terminar un baldío intento por recomponer un puzzle de la memoria que comenzó en el ombligo.

Es sin duda significativo que los griegos empleasen la palabra omphalos para designar a la vez el ombligo y la piedra que indicaba el centro del mundo.

Para saber quiénes somos necesitamos tener un lugar de donde venir; la pérdida de la memoria conduce a que nos veamos atrapados en una existencia ilusoria que acarrea el vacío sentimental más absoluto. Eso no implica que tengamos que regodearnos en la nostalgia, ni reivindicar un pasado que no volverá.

Como dice el premio nóbel irlandés Seamus Heaney: Ya no somos inocentes, ya no somos simples parroquianos de lo local. Aprovechamos la Pascua para viajar a París, somos ciudadanos de un mundo cada vez más globalizado. Pero cuando intentamos descubrir la historia de nuestra sensibilidad, debemos buscar la continuidad en el elemento estable de la tierra en la que reside nuestra propia memoria.

El contador de cuentos se despide, se va con su mochila repleta de historias hacia el sur. Hacia ese sur por el que las caravanas de beduinos acampan junto a los oasis en los que se abastecen del agua que les permite cruzar los desiertos. Edith está sentada en la mecedora leyendo el cuaderno de pastas de hule y sueña con ser la bendita vencedora del pasado, pero sabe que su poesía nunca será más que un leve susurro. Y yo, simplemente, apago el ordenador y me asomo a la ventana para contemplar las calles de Santurtzi y ver si se oye en la lejanía el relincho de unos caballos que pastan en prados islandeses.

¿Para qué sirven los caballos islandeses?


Lo oculto se relaciona con el olvido y, con ello, también con lo perdido.
Un niño cabalga sobre una almohada por el amplio valle que abarca la colcha de su cama. A veces se cree un miembro de la partida de Robín de los bosques, otras un guerrero apache de la tribu de Jerónimo. Su caballo es un caballo mágico, puede ser lo que quiera ser, incluso es capaz de abrir la puerta del espejo y viajar con Alicia al País de las maravillas. Lo que sucede es que aunque le llames no te oirá, no volverá la cabeza. El contador de cuentos dice:
- Ese niño vive sólo en tu imaginación. Hace ya mucho que creció y se fue lejos; ahora no es más que un niño de aire.
Estas palabras son de Robert L. Stevenson. No en vano recurrir a la imaginación para desvelar lo oculto se puede asemejar a la búsqueda de la isla del tesoro.
Hay que navegar por el inmenso océano del olvido para dar con el islote donde se hallan enterrados los restos del Santurtzi que fue, y luego excavar, conscientes de que los esfuerzos de los buscadores de tesoros no encuentran casi nunca recompensa.
Bastan sin embargo dos paladas para darse cuenta de que el Santurtzi oculto estaba más cerca del mar. Las fotografías del viejo puerto pesquero pegado al pórtico de la iglesia así lo atestiguan. A lo largo de este siglo, le hemos ido robando terreno al mar y, bloque de cemento a bloque de cemento, camión de escombro a camión de escombro, nos hemos ido convirtiendo -sin darnos cuenta- en gente de tierra adentro. De tan adentro que cada vez quedan menos rastros de quiénes somos.
El barco pesquero que adorna en Cabieces el parque de Ranzadi representa la sorprendente metáfora del navío que cambió la cresta azul de las olas por la cima verde de una colina. Esto enlaza con otra metáfora que también es aplicable a nuestra memoria: los pueblos antiguos enterraban a sus muertos muy cerca suyo, en el círculo que constituía el centro sagrado de su hábitat y su memoria. Curiosamente, el primer cementerio del pueblo en épocas remotas estuvo pegado a la iglesia de San Jorge. Los fantasmas que lo habitaban podían oír los rumores del mar. Luego se alejó un poco, subió un cuarto de colina, se ubicó cerca de donde están ahora las dependencias municipales de la calle Juan José Guruchaga. Más tarde, como el barco de Ranzadi, subió a la cima de la colina, subió hasta la zona alta de Cabieces donde se encuentra ahora, alejado del mar y del viejo recinto sagrado de la memoria, como una representación silenciosa de la metáfora de la lejanía y del perenne olvido.
Uno recorre Santurtzi y ¿dónde encuentra huellas de lo que fuimos? ¿Dónde están los restos de la Portalada, de la Chicharra, de Mamariga, de Las Viñas? Desconozco cuántos niños de hoy conocen la “cueva del ermitaño” o la “de las tres hermanas”, sobre las que circulaban leyendas que se han perdido. O cuántos han escuchado la historia de aquel capitán que, quizás tras haber asistido a un lance amoroso, regresando al fuerte en su montura, se precipitó con su caballo por una sima que, según nos decían, iba a dar al mar.
Desvelar lo oculto es ver más allá de lo que se ve, es admitir que para vivir hay que dejar espacios en los que uno lanza la piedra a la oscuridad del pozo y en su imaginación resuena la zambullida de la piedra en el agua aunque la cueva nunca llegara al mar. Tampoco el cielo es en realidad azul y nos trasmite alegría cuando lo vemos azul al mirar por la ventana.
Quien desvela lo oculto, oye las voces de los espíritus que habitan en el lugar donde vive y escuchándolas comprende que debe respetar la sombra de un árbol centenario o preservar, frente al negocio especulativo de un rascacielos, la vieja fachada de una casa en la que habita la sombra que nos recuerda lo que somos. Uno comienza por taponar la entrada de la “cueva de las tres hermanas” y la “sima del capitán”, porque los considera simples agujeros, y termina sepultándose a sí mismo.
El olvido es una tumba cubierta por un gran desierto de arena en el que el pasado se hace inaccesible y la promesa del futuro se convierte en un espejismo propenso a que, en nombre del progreso, el encanto de la vida sucumba a cualquier alucinación. ¿Para qué sirven los caballos islandeses?