miércoles, 2 de abril de 2008

Apuntes sobre un decálogo imposible


distinguir el dolor
de todo lo que no lo es;
Wislawa Szymborska (Apunte)




Al Moisés bíblico se le atribuye la paternidad de la eficaz fórmula del decálogo; no hay asunto, materia o doctrina -por complicada, extensa o rebuscada que sea- que desde entonces no parezca poder reducirse a diez eficaces principios.
A este primer apunte habría que hacerle un par de pequeñas correcciones. La primera es decir que esa supuesta paternidad es manifiestamente apócrifa por no decir nítidamente falsa. El Moises de las viejas escrituras, según se cuenta en el antiguo testamento, bajó del monte Sinai unas tablas de la ley que le entregó Yahveh, pero dichas tablas no contenían un número preciso de preceptos divididos en apartados concretos, los diez mandamientos, como tantas otras cosas aparentemente originarias, fueron adaptados por la Iglesia romana varios siglos más tarde. La segunda es que todo decálogo no constituye más que una fórmula propagandística que simplifica el contenido que fija la memoria y trasmite una falsa apariencia de totalidad. Dicho de otra forma, como las correcciones de esta introducción, las ampliaciones y excepciones que no se incluyen son siempre más extensas que la literalidad de su breve y taxativo enunciado.
Sea como sea, y dado que un escritor a veces compite con divinidades como el mencionado Yahveh en las tareas de hacedor de universos, son varios los escritores que han elaborado sus propia tablas de la ley para los Moisés que se quieren aventurar por el vasto desierto de la página en blanco en busca de un sendero seguro que les permita alcanzar la tierra prometida de un buen relato. Entre estos escritores, como entre las divinidades, hay sujetos de muy variado carácter y condición: los hay que se toman muy en serio a sí mismos y postulan mandamientos con vocación de dogma, y los hay también con propensión a reírse hasta de su sombra que elaboran decálogos mucho más lúdicos o irónicos. Así, por ejemplo, el conocido Manual del perfecto cuentista de Horacio Quiroga sería un decálogo con meditadas pretensiones didácticas, mientras el no menos citado decálogo de Augusto Monterroso, que nació, al menos en parte, como una respuesta irónica al de Quiroga, sería irreverente y desmitificador.
En los dos primeros mandamientos de su decálogo Quiroga aboga por la creencia: “I. Cree en el maestro –Poe, Maupassant, Kipling, Chejov- como en Dios mismo. II. Cree que tu arte es una cima inaccesible. No sueñes en dominarla. Cuando puedas hacerlo, lo conseguirás sin saberlo tú mismo”. Monterroso en su sexto y noveno mandamiento, sin embargo, utiliza la incredulidad como un jugador de cartas que aprovecha la ventaja de cada una de sus bazas: “VI. Aprovecha todas las desventajas, como el insomnio, la prisión, o la pobreza; el primero hizo a Baudelaire, la segunda a Pellico y la tercera a todos tus amigos escritores; evita pues, dormir como Homero, la vida tranquila de un Byron, o ganar tanto como Bloy. IX. Cree en ti, pero no tanto; duda de ti, pero no tanto. Cuando sientas duda, cree; cuando creas, duda. En esto estriba la única verdadera sabiduría que puede acompañar a un escritor”.
Quiroga, serio, casi sentencioso, dice: “No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra a dónde vas”. Monterroso, sonriente y licencioso, contesta : “Cuando tengas algo que decir, dilo; cuando no, también. Escribe siempre”.
Existen otros muchos decálogos como estos. Iba a decir que probablemente tantos como escritores, pero luego he pensado que seguramente muchos más, porque la afición a dictar normas se extiende, sin remedio, también entre esa ingente cantidad de individuos que no escriben. El húngaro Stephen Vizinczey , autor de -entre otras obras reconocidas- la novela En brazos de la mujer madura, comienza el suyo en la obertura de un interesante libro de ensayos que lleva el significativo título de Verdad y mentiras en la literatura, con un amenazador “No beberás ni fumarás ni te drogarás. Para ser escritor necesitas todo el cerebro que tienes”, al que algún discípulo del risueño autor de Movimiento perpetuo podría añadirle un iluminador “y parte del que no tienes”. Sí, porque, más allá de preceptos, decálogos y mandamientos, la vitalidad de la escritura reside en que las palabras son siempre infinitamente más sabías que quién las teclea en la pantalla de su ordenador o las dibuja con su pluma en las hojas cuadrículadas de un cuaderno vacío. No hay decálogo que enseñe a distinguir la literatura de todo lo que no lo es. Como dice, por ejemplo, Augusto Monterroso, de un encuentro con Borges siempre se derivan consecuencias. Entre ellas algunas maléficas y otras benéficas: “Creer en el infinito y la eternidad (maléfica)”. “Dejar de escribir (benéfica).

Una visita de Saturno


Si alguien se preguntara qué lugar ocupa el fútbol en los designios del universo, con toda probabilidad perdería el tiempo, resultaría pretenciosamente superfluo, ni siquiera se le prestaría una mínima atención, sencillamente no se le tomaría en serio. Algo parecido ocurriría si se buscara alguna tesis sobre la transcendencia del llamado deporte rey para el devenir humano en las facultades de Ciencias Políticas o en los manuales de las cátedras de Historia. No figura o se resume a un comentario colateral en un apunte de un epígrafe.
Sin embargo, si un imaginario habitante de una luna de Saturno visitara por primera vez la Tierra con el hipotético encargo de discernir la importancia de los asuntos terrestres por el volumen de espacio mediático que ocupan, y aterrizara por estas latitudes, es también más que probable que el lunático extraterrestre volviera a su casa en el anillo de Saturno con la fundamentada impresión de que, por los metros cuadrados de páginas de periódicos diariamente ocupadas por las obviedades del balompié, los terrícolas somos una especie en la que las preocupaciones o el interés por una extraña actividad llamada fútbol ocupa un lugar preferente, por delante de otras –para él seguramente no menos extrañas-, como la economía, la política o la cultura.
También es probable que el “satúrnico” investigador, a la inevitable pregunta de sus coplanetarios acerca de qué demonios es eso, respondiera recurriendo a la fórmula terrestre de recrear la obviedad de lo obvio contestando que fútbol es fútbol. Como también es probable que, a nada observador que hubiera sido el visitante, éste, para dar aún mayor consistencia a sus conclusiones, expusiera -recreándose en anécdotas y recortes de papel couché- que en el hábitat terrestre los futbolistas junto a un político llamado Sarkozy, que sería la excepción que tiene toda regla, lideran el ranking de los iconos sociales y son los elegidos por misses y top models como objetos de devoción por encima incluso de actores de cine, estrellas de la canción o toreros. Los Julen Guerrero, Beckhan, Casillas, Fernando Torres o Kaká hace tiempo que ocupan en el imaginario social el lugar de los Rodolfo Valentino o los James Dean de otras épocas. La Beckhanmania no deja de parecerse a una especie de postmoderna y edulcorada Beatlemania de nuestro tiempo.
Podría incluso terminar ilustrando su incontestable argumentación con una memorable anécdota del jugador quizás más favorecido por la divinidad para practicar ese juego, aquel asombroso diblador del Manchester United, llamado George Best al que se apodaba el “quinto beatle “ y que sin duda fue el precursor, un precursor quizás algo más inocente y más trágico, de la notoriedad social que han alcanzado esos nuevos ídolos modernos. Un mañana de mediados de los años setenta del todavía recientemente terminado siglo XX, George Best se encontraba en la suite presidencial del hotel más lujoso de New York, tumbado en una cama llena de fajos de billetes de 100 dólares que la noche pasada acababa de ganar en el casino , acompañado de una llamativa miss Mundo, llamada Marjorie Wallace y una botella de Dom Perignom abierta sobre la mesilla, esperando que le subieran el desayuno a su habitación. El camarero encargado de acercar hasta aquella suite del Olimpo unos huevos benedictine y zumo de naranja, que resultó ser un señor mayor casualmente proveniente del mismo Belfast de George Best, se dirigió a éste y con cierto pesar le dijo: “George, ¿qué pasó? ¿Dónde comenzaron las cosas a ir mal?”. La anécdota más que valor de anécdota lo tiene de completa biografía.
Dicho todo esto, la pasada semana saltaba a las páginas de los periódicos un conocido jugador vasco que comenzó jugando en la Real Sociedad y ahora lo hace en el Liverpool inglés, porque contradiciendo a su entrenador, Rafa Benítez, que al parecer dictaminaba que “el futbol es lo primero”, se negó a viajar con su equipo a Milán para disputar un decisivo partido de octavos de final de la Liga de Campeones porque consideró prioritario estar junto a su compañera cuando le tocaba dar a luz a su primer hijo. Quizás el imaginario visitante de Saturno a su regreso a casa también pudiera contar que hay terrestres a los que las mitomanías no los han trastornado todavía.