Vendajes
domingo, 28 de noviembre de 2010
La canción favorita
Vendajes
La canción de Bob Dylan
Hace ya casi cincuenta años -el tiempo pasa, y pasa también desmontando algunas esperanzas- que Bob Dylan cantó por primera vez aquello de “reuníos donde quiera que estéis, admitid que las aguas han crecido a vuestro alrededor, aceptad que pronto estaréis calados hasta los huesos…el perdedor de ahora será el ganador más tarde porque los tiempos están cambiando”. Los tiempos han pasado al compás de su inexorable tic tac, pero en algunos asuntos apenas han cambiado. Hay vencedores de mucho antes de ayer que siguen venciendo y perdedores de casi siempre que siguen acumulando derrotas.
A principios de los años setenta del pasado siglo, cuando algunos de nosotros nos preparábamos para transitar de la niñez a una adolescencia que iba a coincidir con los últimos estertores del franquismo y una traición enmascarada en forma de marcha verde, el cineasta norteamericano Ralph Nelson llevaba a las pantallas de los cines una película del oeste titulada “Soldado Azul”. Un film protagonizado por Candice Bergen y Peter Strauss, al que el paso del tiempo probablemente también habrá hecho envejecer, pero que por aquel entonces aportaba una novedosa rareza: por primera vez en un western se reflejaba el punto de vista de los indios.
En ese film, en el que se incluían unos planos de una violencia tan cruda que le valieron por aquel tiempo el apelativo de la película más violenta jamás filmada, se narraba el brutal ataque perpetrado por un destacamento del ejército de los EE.UU. mandado por el coronel John Chivington contra un indefenso campamento de indios cheyennes y arapahoes que se hallaba pacíficamente acampado en un lugar de Colorado llamado Sand Creek. En un mes de noviembre como éste de 1864 allí fueron descuartizados doscientos indios, tres cuartas partes de ellos mujeres y niños.
A pesar de que se trataba de un largometraje del oeste inspirado en un hecho real, su director, Ralph Nelson, nunca ocultó que aquel film era un alegato contra la guerra de Vietnam y un recordatorio con tono de denuncia de la masacre de la aldea de My Lai, en la que los marines norteamericanos, pocos meses antes, asesinaron a medio millar de civiles vietnamitas, la mayoría, como en Sand Creek viejos, mujeres y niños.
En el año 2006, después de casi cuarenta años de secreto, se supo que existía un informe de nueve mil páginas que contenía las conclusiones de las investigaciones efectuadas por el Pentágono en el que se demostraba que, de un modo u otro, todas las divisiones militares destinadas en Vietnam habían cometido crímenes de guerra contra la población civil.
Un sociólogo norteamericano, llamado George Bayley como el protagonista del film “¡Qué bello es vivir!”, efectuó un estudió muy preciso sobre el tratamiento que las tres principales cadenas de televisión de su país (ABC, CBS y NBC) dieron de aquella intervención americana. Y el resultado evidenció una parcialidad extremadamente concluyente: sólo un tres por ciento de los espacios se hizo eco del punto de vista del país invadido.
Como he dicho antes, hace casi cincuenta años que Bod Dylan cantó por primera vez esa hermosa canción de “Los tiempos están cambiando”, pero los tiempos, desgraciadamente, no parecen haber cambiado tanto como se anunciaba. No sé si algún cineasta rodará algún alegato por lo ocurrido en El Aaiún y por los vergonzosos silencios del gobierno de Rodríguez Zapatero y la llamada Comunidad internacional. No sé si habrá un informe en el ministerio de Rubalcaba que dé cuenta de las violaciones marroquíes y que se pueda conocer dentro de otros cuarenta años. Si por segunda semana repito indignación y denuncia es porque siento que debo reiterar mi modesta contribución para compensar el abrumador espacio ocupado por los hipócritas y solidarizarme con el invisible punto de vista de los agredidos.
miércoles, 20 de octubre de 2010
Trayectos aéreos (Lisboa - Copenhague)
El anónimo chasquido de la cerilla prende la vela del altar, en un gesto vacío que se traga el ronquido de las rompientes. Los marineros que erigieron aquel falo de piedra, como señal de dominio, reposan alimentando al océano en el lecho de un inmenso jardín de algas marinas. ¿Tu grandeza Lusitania?, pregunta el cantor de fado. Pasas la frontera y el alambique de Orfeo destila un superviviente. Pessoa. Basta un poeta y las estrellas vuelven a copular con los menhires de los tiempos remotos.Sed, Aladino
Te entregué un verso de Pessoa, como un regalo pagano para molestar tu divinidad, para decirte te quiero como el actor que, de tanto ensayar Hamlet, rumia la duda. Y tú, estatua de mármol, permaneciste inmóvil ante el plagiador que copia deseos ajenos.lunes, 27 de septiembre de 2010
Después del 29 viene el 30 de septiembre
miércoles, 22 de septiembre de 2010
Manchas de tinta

En la Ruta de la Seda
Un paisaje con dos tumbas y un perro asirio aullando la introducción a la muerte, y tú llevando un féretro sobre los hombros por una ciudad que escupe blancura.
El ombligo y el sur bajándose de su paralelo y el escribiente soplando las cenizas. ¿A quién pertenece lo que conmueve?
La poesía detenida en la frontera como la gallina ante la raya de tiza y el sol más luminoso sobre el azul del país de los apátridas.
jueves, 2 de septiembre de 2010
Parábolas
Llorarás, llorarás, como esas olas muertas que humedecen la costa al anochecer y los siglos anotan cuando hacen balance de los pedazos que le faltan al arrecife.
La ubre de la vaca
Aquel falso optimismo, aquella confianza en la premonición, aquella soledad, aquella amargura… Si ordeñas las ubres del instante también darás tragos al desconsuelo, también te alimentarás con la mala leche de la vaca, también culparás al que sembró el sabor de la hierba, también provocarás la coz; y, a pesar de todo ese furor, regresarás al establo a llenar el cántaro, hirviéndolo para alimentar con él a la prole, llorando en soledad, porque también así se sobrevive.
Si pierdes tu sombra y no alumbra el sol de mediodía, busca al grabador de lápidas. Pídele que recite en voz alta tu epitafio. Y, si es breve y te contiene, da gracias porque es superflua tu pérdida y has encontrado refugio en el corazón de los amigos.
¿Cuántas palabras encienden el motor del pájaro? ¿Cuántas el insomnio que corroe su sangre? ¿Cuántas el guiño que intuye su desgracia? ¿Cuántas el santuario y la profunda mentira que sepultan las letras de su primer nombre? ¿Cuántas palabras..., cuántas puedo borrar sin herirle? ¿Cuáles resultan superficiales? ¿Contiene un idioma en su silbido? ¿Aprenderé a volar? ¿Será mi silencio silencioso?
Autor giro
El girasol que mira a la luna anuncia soledad. El sol de la mañana retratará su muerte. Sentirá en la espalda la larga sombra de sus hermanos.
Las Memorias del Chamán
Si la pulmonía no hubiera matado al hijo de Cochise habrían sido menos los seguidores de Gerónimo. Si hubiéramos nacido inmortales habríamos soportado el sufrimiento. Al perdedor no le asusta la derrota. La victoria es el único habitante de lo desconocido.
Contad los supervivientes y la generosidad de la prudencia, y de rodillas sobre la frialdad de la lápida, orad por los inocentes que quedaron tendidos en Wounded Knee. Un velo cubre el rostro del gran espíritu... Es la vergüenza. Los guerreros que cabalgaban con Caballo Loco no hacen reverencias a los dioses. Como los marineros que doblan el Cabo de Hornos llevan su propio sol anudado al lóbulo de sus orejas.
Si aún vives... Llegará la noche y seguirá alumbrando la luna. A la muerte ¿qué le importa la calma? La verdadera existencia es salvaje como el alarido.
III
El lamento del anciano moribundo sobre la nieve y el rifle sin balas en las manos del sordo, hermanados con el búfalo en la hora de la matanza, aguardando a que el cuchillo del desollador se cobre el pellejo en el que agoniza el orgullo. Al lado las aguas del arroyo sin poder caminar por la rodilla rota. Y el árbol sagrado secándose, dándole la espalda a la pradera.
martes, 29 de junio de 2010
Tirando los dados
en algún punto último que lo consagra
Todo Pensamiento emite un Tirar de Dados"
Espermacetis
Testimonio
En penumbra, a lomos del jadeo, el pretendiente acaricia las crines del caballo. El relincho habla con el viento. Le pondrás brida y seguirá las costumbres domésticas: agonizará como el rugido del huracán encerrado en el vacío de un frasco.
Reencarnado en la ilusión, tallaré el ronquido de una maldición y te la escupiré en la cara. ¿Te ofende que reniegue de mi culpa? Lástima que el dolor del insulto sea la última palabra del condenado. Lástima que la compasión sea una blasfemia.
Observación
Biografía
Veinticuatro años después de la profecía de Orwell

El año de la invasión norteamericana de Irak fue también el del centenario del nacimiento de George Orwell, un centenario que pasó casi desapercibido entre nosotros y que conmemoraba la figuraba de un intelectual incómodo. Arquetipo del pensador inconforme que, como decía el propio Orwell, asume, en cualquier circunstancia, que “libertad significa el derecho a decirle a la gente lo que no quiere oír”.
Veinticuatro años después de ese 1984 en el que ubicara literariamente su profecía George Orwell, las consignas de los actuales Ministerios de la Verdad vuelven a redactarse en la misma neolengua de las pantallas de un renovado y cada vez más todopoderoso Gran Hermano. Las evidencias son sencillamente abrumadoras. Basta algo tan simple como repasar algunos recortes periodísticos de la pasada semana para evidenciar que la ucronía orweliana es más actual que nunca. En dichos recortes pueden encontrarse desde las intenciones del actual gobierno británico de guardar los expedientes académicos de los escolares en un banco de datos que pueden servir para posteriores consultas policiales y convierte poco menos que a la infancia en una edad sin redención, a la apología del presidente Bush de la tortura de la asfixia (waterbording ) made in Guantánamo y de la extensión del espionaje electrónico a todo bicho viviente, o al proyecto europeo de elaborar ficheros de inmigrantes con datos biométricos como un escáner de la cara, del iris de los ojos o de las huellas dactilares, así como la creación de un registro de viajeros habituales y "de buena fe" (hay categorías que ni siquiera abarcan imaginaciones como las de Orwell o Kafka).
domingo, 23 de mayo de 2010
El final de la Historia (Continuaciones)
Lágrimas por el hijo

El unicornio al fondo del desfiladero. El velo de la dama en la punta de la lanza. Y tus rizos, Roldán, atrayendo las piedras que lanzan todos los enemigos.
¡Tu hijo, Emperador, tu hijo...!
No tiene palabras el mensajero. Carlomagno no las necesita. El caudillo de un ejército invencible no llora.
Los paladines de la cruz partieron con la bendición del obispo.
Para ti, Roldán, también será un largo viaje. Pactarás un reencuentro en el infierno.
La batalla de la Salga
Te imaginas aquella batalla en la temporada de las naranjas...? Los disparos del arcabuz intentando parar a los toros salvajes y aquel vate, con un verso blanco entre los dedos, agonizando sin esperanza, sabedor de que el alarido y el miedo son los mensajeros del olvido que anuncia la despedida. Te imaginas…? Sin viento. Sin molinos. Sin planicie. Sin mancha...
Una coartada para Galileo
Galileo renegó de la verdad por temor a los buenos oficios del verdugo que cobijaban las faldas del Papa y porque Dédalo, cuando le visitó en sueños, le entregó el pergamino de las confesiones de Icaro, en las que se narra:
"Cuando se terminó el azul, posé mis alas sobre la piel de Dios. Y al hurgar sobre la superficie, manó un manantial de ardiente líquido rojo. Somos insectos. Tristes liendres a las que el vuelo emparienta con la familia de los molestos mosquitos."
El sabio anotó en los márgenes:”La oscuridad es la advertencia de la cercanía del manotazo de la divinidad que se defiende. La esperanza es el único pezón de algunos mamíferos”.
Bajo el gobierno de Morgan
-¿Sonríes, Hermano de la Costa? Sonríes y acabas de oír la sentencia…
-Sonrío, señor letrado. Ha sido hermoso su discurso.
-¿No quieres agotar tu única esperanza? ¿No vas a solicitar clemencia a los jueces?
- Me divierte su ingenuidad. No conoce la piedad de los que visten esas togas.
Antes de ejercer de alguaciles fueron bucaneros,
Mil novecientos veinticuatro
Desdoblado el equipaje debajo de la pata del insecto, Berlín, fue Berlín la ciudad que vomitó su tísico alarido en el sombrío lupanar... Asoma un amoratado tatuaje debajo de la falda donde tintinean tres monedas, dudando entre hundirse en el vaso de ginebra, financiar la estampación del sello o pagar el desahogo...
Max, Max, nadie reconoce tu misterio. Has oído la sentencia y delatarás a K. El no envió la carta... Ulianov, tal vez por eso elegiste aquel año para morir... Nadie te comunicó que ordenó quemar la verdad que escondía en el escritorio...
miércoles, 12 de mayo de 2010
Adiós a Bobby Fischer

Artículo publicado en prensa el 5 de febrero de 2008
En 1993, el guionista Steven Zaillian se estrenó como director con una película que tuvo un sorprendente éxito de taquilla si tomamos en cuenta que versaba sobre el ajedrez. El mencionado film se titulaba “Buscando a Bobby Fischer” aunque en realidad estaba basada en la historia real de Josh Waitzkin, un niño que a los siete años apuntaba un sorprendente talento para ese juego y que en el año 2004 conquistó un campeonato del mundo en las artes marciales del “Tai Chi”, pero que nunca llegó a aproximarse en el arte del tablero al genio de Brooklyn que figura en el título de la película.El verdadero Bobby Fischer, no sé si ese desaliñado barbudo de 64 años que nos ha dejado hace apenas unas semanas, en una clínica de Reykjavik ,afectado de una dolencia renal; o ese otro joven e impertinente barbilampiño que llegó por primera vez en el mes de julio de 1972 a esa misma ciudad, para romper la habitual paz del lugar y vencer a Boris Spassky en el match del siglo; o quizás un híbrido de ambos y de un tercero, eternamente oculto y desconocido; ése, el verdadero Bobby Fischer, hace mucho que se perdió en la inmensidad de un tablero ajedrezado de escaques blancos y negros, y ahora , como antes, es inútil intentar salir a buscarlo más allá de la mágica infinitud de esas 64 casillas.
Fuera, fuera del tablero y de los desafíos del gambito Evans o el desprecio por el gambito de rey, fuera de los sacrificios de piezas envenenadas y de los descubrimientos combinatorios de finales invisibles, quedan, para los coleccionistas de anécdotas y los ilustradores de las caras B de las leyendas, sus paranoias, sus desequilibrios y sus abundantes provocaciones. Paranoias que, por excéntricas que nos parezcan en algunos casos, no son mucho más descabelladas que la aparente superioridad con la que las juzgamos desde nuestra incuestionable cordura de presumidos ciudadanos prudentes y equilibrados.
Para ilustrarlo con un ejemplo, nos escandalizamos y le llamamos villano paranoico a Bobby Fischer cuando parece que celebra, más que lamenta, el ataque a las Torres Gemelas y sin embargo, otorgamos certificados de normalidad democrática a quienes mintieron para comenzar una guerra criminal en Irak que, según acaba de dar a conocer el instituto británico Opinion Research Business (ORB) y el Independent Institute for Administration and Civil Society Studies (IIACSS), ha provocado ya más de un millón de muertos.
Tartamudeos mitológicos
"Algo que ha caído
tintinea en lo infinito."

Fernando Pessoa
Hubo otros calendarios...
Tampoco en aquel universo antiguo la tierra era plana,
pero Dios -¡siempre Dios!-, como un funambulista sobre el alambre de Euclides, tensó las miradas en la línea recta.
Volverás a casa con una fotografía de lo exótico y el retrato de un insecto.
Existir
La sed del dolor es insaciable. Cada trago es un océano.
El óxido corroe los escudos de los vencedores. Alfombran las plumas del buitre el paseo del infinito saqueo. Y tú, Prometeo, ¿admites la derrota? Regresas con el virgo incólume de la diosa ¿y aún pretendes que calmemos nuestro odio? ¿Esa es tu propuesta, agradecer la paz del campo santo? ¿Deseas que admitamos nuestra culpa, arrebatándoles la gloria, condenándolos a la pasiva contemplación de nuestra desesperación?
Si fuéramos demonios tal vez claudicaría la piedad del cielo, tal vez nuestra vida hubiera sido diferente...
Enumerando la Odisea
domingo, 18 de abril de 2010
El oficio de vivir

y a los adultos las preguntas.
Vladimir Holan (Una noche con Hamlet)
De la misma manera que Luke alcanza su -digno de celebrar- número cien, hace apenas unas semanas se cumplía el primer centenario del nacimiento de Cesare Pavese, el autor de un bello y dramático diario del que, por éste y algún que otro motivo, se ha tomado prestado el título para este artículo.
Entre los motivos que van más allá de la celebración del recordatorio de este poeta piamontés que sigue vivo en sus poemas, a pesar de que en la aciaga noche de un lejano 26 de agosto de 1950 se quitara la vida en la soledad de una triste habitación de hotel, se encuentra, precisamente, el difícil interrogante sobre los vínculos y las abruptas disonancias que acontecen entre el lírico oficio de poeta y el dramático oficio de vivir. O lo que es lo mismo, las distorsiones entre la retórica de las palabras, el punto fronterizo de los gestos y la irreversibilidad de los hechos. Apenas una semana antes, en la última entrada de su diario, Cesare Pavese había dejado escrito: “Todo esto da asco. Basta de palabras. Un gesto. No escribiré más”. Tampoco cumplió su penúltima palabra. Cesare Pavese no fue un suicida sin notas de despedida.
Su despedida tiene algunos singulares paralelismos con la de otro poeta más vociferante y septentrional llamado Vladimir Maiakovski. Todos los gestos humanos, hasta los más trágicos o aparentemente inimaginables, están hechos de repetición. Anochecía. Era sábado. Pavese cerró sobre una mesilla de madera el folder que contenía los últimos poemas que había escrito y se dirigió al teléfono negro que colgaba de la pared. Hizo tres llamadas a tres mujeres. Las invitó a cenar. Ninguna aceptó. Tomó un bolígrafo y escribió: “Perdono a todos y a todos pido perdón. No murmuren demasiado”.
Veinte años antes, desde la habitación de un estudio donde reinaba una soledad parecida, Maiakovski le rogaba sin éxito a la actriz Veronika Polonskaia que subiera a su habitación. Según dicen hizo otra llamada a Lili Brik, pero nadie contestó al teléfono. El día anterior había escrito una breve carta, con este comienzo: “De que muero no culpéis a nadie y, por favor, no chismeéis. El difunto lo odiaba terriblemente”. El que el corazón de Cesare Pavese dejase de latir por la ingestión de unos botes de somníferos y el del autor de La nube en pantalones por una bala constituye únicamente un circunstancial detalle forense.Todo lo demás resulta intercambiable, es igual que sea Maiakovski o Pavese el que afirme que el incidente está zanjado y la barca amorosa ha varado en lo vulgar; es igual que uno u otro digan que uno no se mata por el amor de una mujer o que los suicidas son asesinos tímidos; es igual, porque, digan lo que digan, los poetas siempre tienen razón. Sí, incluso cuando afirman que hasta sacrificarse o renunciar es un problema de astucia. O cuando afirman que uno se mata porque un amor, cualquier amor, nos revela nuestra desnudez, nuestra miseria, nuestro desamparo, la nada. Sí, la poesía es un territorio en el que cualquier afirmación se hace verdad, sí, salvo probablemente cuando proclama que la muerte es la firma de la paz con la vida.
Un fragmento a modo de epílogo

Este es un fragmento breve e incorpora dos imágenes ajenas: una representa el occidente, y la otra el oriente de una elección.
En el occidente dice el americano Walt Whitman:
“No vaciles, pues oh Libro. Cumple tu destino.
No te limites a rememorar la tierra.
Vamos, hazte a la mar y canta; lleva por el azul ilimitado a todo el mar
Esta canción dedicada a todos los marineros y todos los navíos”
En el oriente dice el japonés Ki no Tsurayuki:
“Las nubes
parecen olas.
¡Quiero ver a un pescador
para preguntarle y saber
dónde está el mar!”
Tú, querido lector o querida lectora, recuerda que estás con el libro de tu vida abierto en la mitad que te toca, buscando el mar sobre un barco que abandonó el mar y ahora se halla varado en la cima de una verde colina.
-¿Te imaginas –dice el contador de cuentos- que llegara un día en que alguien narre un cuento en el que aparece un barco y al terminar, la gente de Santurtzi preguntase para qué sirven los barcos?
Este no es más que un fragmento a modo de epílogo para terminar un baldío intento por recomponer un puzzle de la memoria que comenzó en el ombligo.
Es sin duda significativo que los griegos empleasen la palabra omphalos para designar a la vez el ombligo y la piedra que indicaba el centro del mundo.
Para saber quiénes somos necesitamos tener un lugar de donde venir; la pérdida de la memoria conduce a que nos veamos atrapados en una existencia ilusoria que acarrea el vacío sentimental más absoluto. Eso no implica que tengamos que regodearnos en la nostalgia, ni reivindicar un pasado que no volverá.
Como dice el premio nóbel irlandés Seamus Heaney: Ya no somos inocentes, ya no somos simples parroquianos de lo local. Aprovechamos la Pascua para viajar a París, somos ciudadanos de un mundo cada vez más globalizado. Pero cuando intentamos descubrir la historia de nuestra sensibilidad, debemos buscar la continuidad en el elemento estable de la tierra en la que reside nuestra propia memoria.
El contador de cuentos se despide, se va con su mochila repleta de historias hacia el sur. Hacia ese sur por el que las caravanas de beduinos acampan junto a los oasis en los que se abastecen del agua que les permite cruzar los desiertos. Edith está sentada en la mecedora leyendo el cuaderno de pastas de hule y sueña con ser la bendita vencedora del pasado, pero sabe que su poesía nunca será más que un leve susurro. Y yo, simplemente, apago el ordenador y me asomo a la ventana para contemplar las calles de Santurtzi y ver si se oye en la lejanía el relincho de unos caballos que pastan en prados islandeses.
¿Para qué sirven los caballos islandeses?

Un niño cabalga sobre una almohada por el amplio valle que abarca la colcha de su cama. A veces se cree un miembro de la partida de Robín de los bosques, otras un guerrero apache de la tribu de Jerónimo. Su caballo es un caballo mágico, puede ser lo que quiera ser, incluso es capaz de abrir la puerta del espejo y viajar con Alicia al País de las maravillas. Lo que sucede es que aunque le llames no te oirá, no volverá la cabeza. El contador de cuentos dice:
- Ese niño vive sólo en tu imaginación. Hace ya mucho que creció y se fue lejos; ahora no es más que un niño de aire.
Estas palabras son de Robert L. Stevenson. No en vano recurrir a la imaginación para desvelar lo oculto se puede asemejar a la búsqueda de la isla del tesoro.
Hay que navegar por el inmenso océano del olvido para dar con el islote donde se hallan enterrados los restos del Santurtzi que fue, y luego excavar, conscientes de que los esfuerzos de los buscadores de tesoros no encuentran casi nunca recompensa.
Bastan sin embargo dos paladas para darse cuenta de que el Santurtzi oculto estaba más cerca del mar. Las fotografías del viejo puerto pesquero pegado al pórtico de la iglesia así lo atestiguan. A lo largo de este siglo, le hemos ido robando terreno al mar y, bloque de cemento a bloque de cemento, camión de escombro a camión de escombro, nos hemos ido convirtiendo -sin darnos cuenta- en gente de tierra adentro. De tan adentro que cada vez quedan menos rastros de quiénes somos.
El barco pesquero que adorna en Cabieces el parque de Ranzadi representa la sorprendente metáfora del navío que cambió la cresta azul de las olas por la cima verde de una colina. Esto enlaza con otra metáfora que también es aplicable a nuestra memoria: los pueblos antiguos enterraban a sus muertos muy cerca suyo, en el círculo que constituía el centro sagrado de su hábitat y su memoria. Curiosamente, el primer cementerio del pueblo en épocas remotas estuvo pegado a la iglesia de San Jorge. Los fantasmas que lo habitaban podían oír los rumores del mar. Luego se alejó un poco, subió un cuarto de colina, se ubicó cerca de donde están ahora las dependencias municipales de la calle Juan José Guruchaga. Más tarde, como el barco de Ranzadi, subió a la cima de la colina, subió hasta la zona alta de Cabieces donde se encuentra ahora, alejado del mar y del viejo recinto sagrado de la memoria, como una representación silenciosa de la metáfora de la lejanía y del perenne olvido.
Uno recorre Santurtzi y ¿dónde encuentra huellas de lo que fuimos? ¿Dónde están los restos de la Portalada, de la Chicharra, de Mamariga, de Las Viñas? Desconozco cuántos niños de hoy conocen la “cueva del ermitaño” o la “de las tres hermanas”, sobre las que circulaban leyendas que se han perdido. O cuántos han escuchado la historia de aquel capitán que, quizás tras haber asistido a un lance amoroso, regresando al fuerte en su montura, se precipitó con su caballo por una sima que, según nos decían, iba a dar al mar.
Desvelar lo oculto es ver más allá de lo que se ve, es admitir que para vivir hay que dejar espacios en los que uno lanza la piedra a la oscuridad del pozo y en su imaginación resuena la zambullida de la piedra en el agua aunque la cueva nunca llegara al mar. Tampoco el cielo es en realidad azul y nos trasmite alegría cuando lo vemos azul al mirar por la ventana.
Quien desvela lo oculto, oye las voces de los espíritus que habitan en el lugar donde vive y escuchándolas comprende que debe respetar la sombra de un árbol centenario o preservar, frente al negocio especulativo de un rascacielos, la vieja fachada de una casa en la que habita la sombra que nos recuerda lo que somos. Uno comienza por taponar la entrada de la “cueva de las tres hermanas” y la “sima del capitán”, porque los considera simples agujeros, y termina sepultándose a sí mismo.
El olvido es una tumba cubierta por un gran desierto de arena en el que el pasado se hace inaccesible y la promesa del futuro se convierte en un espejismo propenso a que, en nombre del progreso, el encanto de la vida sucumba a cualquier alucinación. ¿Para qué sirven los caballos islandeses?





























