domingo, 10 de junio de 2007

EL GUARDIÁN DE LA TRISTEZA


"Abres los ojos y ves un rostro bello que te sonríe en el que el instinto trata de atrapar una curación, y dices un sí tímido y cobarde, porque te asustan las consecuencias de cualquier afirmación. Es una flor para deshojar entre las sábanas. La respuesta está dibujada en las alas de una mariposa nocturna y tú sabes que te taparás los oídos para no escucharla cuando, después de recoger la mesa, Paula te la sussurre en voz baja... Y las caricias vuelvan a agitar la misma pregunta: ¿Eres feliz? Llevas cincuenta y dos años vivo y aún no has encontrado una respuesta. Estás cansado, cansado de tener razones, y hay sólo dos palabras que se repiten, dos palabras... 'Graelsia Isabellae, Graelsia Isabellae', para dar nombre a una insignificancia. Es largo e insonoro el beso, el aliento sabe a mujer... ¿Quién eres? El inconforme es el guardián de la tristeza... La rosa no huele pero tiene espinas, el dolor te delata."

EL DUELO


Hay instantes en que el universo parece que se detiene y juega sus dados. Joseph Conrad anotó, al menos, tres apreciables y uno invisible: nacimiento, vida, muerte y fantasía. Los testigos del desafío, ofertantes de los oficios, resumimos en dos nuestra inquebrantable simpleza: noche y día, muerte y misericordia. La defensa del honor o la razón no es más que una estratagema para atrapar la verdad: en el origen no hubo motivo. El agujero, el vientre o la mujer tan sólo fueron una puerta.
Duelo en Strasbourg, 1805, sol de junio y luna nueva. El teniente de húsares Gabriel Fedaud hiere con certera y rápida estocada de florete al teniente de húsares Armand D’Hubert. El inicio de la Tercera Guerra de Coalición obliga a suspender las investigaciones encaminadas a esclarecer la gravedad de la ofensa.
Duelo en Lübeck, 1807, sol de marzo y luna creciente. Los capitanes de caballería Gabriel Fedaud y Armand D’Hubert terminan malheridos tras un combate inconcluso con espadas, detenido solamente por la extrema extenuación de ambos contendientes. Aumenta la curiosidad por el enigmático agravio al que, el convencimiento general y los primeros análisis científicos, atribuyen una causa sobre la que es conveniente guardar silencio.
Duelo en Kovno, 1812, sol de diciembre y luna llena. El coronel Armand D’Hubert hiere gravemente en la cabeza con su sable al coronel Gabriel Fedaud en un combate a caballo. Nosotros nos olvidamos de los desconocidos precedentes que acaban de confirmar su gravedad y comenzamos a preocuparnos por sus consecuencias.
Duelo en Reims, 1815, sol de septiembre y luna menguante. Al general de campo Armand D’Hubert le queda una bala en la pistola que apunta al pecho del general Gabriel Fedaud que, a dos metros de distancia, espera desarmado. Su vida le pertenece.
Entonces es cuando un recién llegado pregunta por la ofensa y los padrinos nos miramos silenciosos. La imagen evoca la gravedad, la gravedad sombría del drama... Habitamos este planeta y compartimos atracción con nuestro satélite; juntos viajamos dando vueltas y vueltas al sol pretendiendo descubrir el porqué del origen. ¿Y si no existiera? Al menos ahora sabemos que, al igual que a la luna, la luz no nos pertenece.

LA PATA DE PALO




Buscaba un Génesis donde ubicar la fantasía e imaginé a Adán llenando un cesto con manzanas del árbol prohibido. Quería colocar ese paraíso en un mapa y, dándole carta de latitud, concretarlo. El dedo se paró en las costas de Malabar. Recordé haber leído en algún sitio, que de aquel lugar escaparon unos hombres en un esbelto navío lleno de perdición llamado Cassandra. Los aullidos de su tripulación hacen de coro en las galernas al holandés errante. Lo relato de oído porque Pew, el viejo botarate, perdió los ojos con el cañonazo que barrió la cubierta del Walrus. El sólo le desveló al contador de cuentos la parte benigna de la historia: Flint era el espectro y Jim Hawkins los ojos que quieren aprender el mundo. El verdadero secreto permanece en el interior de un barril pudriéndose. No sé por qué Hermann Melville calló que las desgracias de los marineros del adusto ballenero “Jeroboam” comenzaron cuando el grumete mordió un fruto del mismo árbol. No sé por qué mintió sobre la ballena blanca si, como Job, fue el único que escapó para contarlo ¿Por qué le creímos? No debimos profesar fe tan injusta... Jonás el escupido afirma que el Leviatán aún vive... Habrá que rastrear de nuevo el océano... Así que, hasta no recibir la marca negra, ahoga las penas dejando que se encrespe el mar y el crepúsculo bostece escarlata sobre los fríos de la tarde. Tal vez los sufrimientos del alma sean pasajeros, tal vez tu nuevo navío tenga nombre de mujer turgente, o tal vez, vaciada la botella de ron en el Almirante Benbow, tu consuelo se halle en que todas las pérdidas valgan por una sola pierna, y al mirarte al espejo resulte que, como yo, eres John Silver “El Largo”.

SARGENTO YORK


Alvin York escribió estas líneas momentos antes de desaparecer: “Un hombre de la montaña comienza a perderse cuando ve la rugosa soledad azul de esa inmensa llanura llamada océano. Ya no te importa que el pobre maíz crezca alejado de los valles verdes. Ya no te importa que ladren los perros.” John Huston emborronó parte del guión con el bourbon y Howard Hawks accedió a que el joyero abrillantara su medalla de héroe de guerra. Tenía abierta la Biblia en una página donde la niebla impedía leer a Lucas 10,29 “¿Y quién es mi prójimo?” Daniel Boone murió en el Alamo sin que nadie mencionara el dolor grabado en la corteza de un árbol del valle de las Tres Patas del Lobo. Era el mismo Tennessee en el que un ternero vale cinco dianas y una bala dos muertes. “Quisiera hablaros de un hombre bueno”... Así comienza un bello sermón de Martín Luther King... A orillas del Somme hubiera servido como despedida. Dalton Trumbo dio fe de que Johnny cogió su fusil y su libertad chocó con el reglamento. Abraham es un buen nombre para una mula, y un porche sombrío un lugar excelente para pescar besos en el pozo de la luna mientras llora el zorro de lomo plateado. Lo que no llena la vida se abarrota de sueños. Alvin York no podía quedarse en casa. La nostalgia utiliza el olvido para curar la certeza de la muerte... Pero el mundo no es sólo humano y en el océano se propaga su incertidumbre...

LAS SEIS VECES




En el cruce de caminos entre Kiev y Novgorov, de espaldas a un punto cardinal en el que el sol apoya su cabeza de mediodía, acompañado por el vendaval y el aullido de los lobos, Yegnei, el boyardo del mechón ceniciento, lloró seis veces:
Una para que el pozo que daba de beber al serpenteante Dnieper no se secara.
Otra porque Vladimir, el esperado hijo de Irina, tuviera lágrimas en la primavera.
Otra porque Muntian el arquero no sintiera sed, sepultado debajo de las hojas del otoño.
Otra para llenar un balde con el que lavar las heridas de las piedras derruidas por la cólera del trueno.
Otra para que la pena tuviera su mar y el barco de la muerte pudiera alejarle el invierno.
Y otra para los que vivieran en aquella terrible y bella tierra en el futuro tuvieran llantos suficientes para poder llorar como él sus abundantes desgracias.

NOTA: Esto me fue contado en el bar del Hotel Nacional sito en una cercana plaza al Kremlin por Mijail Makanin, viejo ferroviario y poeta, como regalo por saber de memoria unos versos de Esenin.

MACEO


El viejo Maceo fue un buen profesor de lengua y un viajero impenitente de los rincones en los que aún pervive la fantasía. Escribía con pluma todas sus historias y, más que fueran leídas, le gustaba que fueran contadas al oído. Decía que muchos de sus relatos tenían que ver con su asombrosa capacidad de olvido, pero lo cierto era que los rescataba con esmero de arqueólogo de trozos de memoria abandonados por el azar o el descuido. Tenía, que yo supiera, solamente dos defectos conocidos. El primero consistía en andar haciéndose el distraído por detrás de la gente salpicándoles el agua de los charcos a los bajos de los pantalones en los días lluviosos. El segundo era su excesiva facilidad para pedir disculpas. Este exagerado celo por no molestar a los demás, que había heredado mitad de su carácter, mitad de su educación, lejos de reportarle felicidad, no hacía sino incomodarle profundamente. No quiero decir con esto que fuera totalmente un hombre bueno. En su sangre bullía también algún que otro mal sentimiento. Por ejemplo, se sentía un hombre feliz en los días que amanecían con lluvia y vendaval, le parecían hermosos. Ya se que esto no es nada extraordinario, le ocurre a otras gentes. Pero una vez me confesó que se debía a que su abuelo fue paragüero y le había traspasado su alegría por los inconvenientes que aquellos días de perros acarreaban al resto de los mortales. A él le hacía crecer el negocio. Pocas cosas más podría decir del viejo Maceo. Cuando yo lo conocí su vida era ya tan escasa que todas sus energías se gastaban en historias que entregar al papel, con una tibia esperanza puesta en que alguien, algún día, decidiera llevarlas a los oídos.

TESIS I




Páginas de un libro de Quiromancia.
“Los duendes se asemejan a los hombres en una sola cosa que, hasta ahora, nadie se atrevió a sostener en los libros de cuentos. Es más, estoy dispuesto a afirmar que esa leve semejanza es única, y además pasajera, por lo que muy bien se podría sostener que ni siquiera esa aparente similitud existe. Aunque algunas malas descripciones -casi todas repetidas de oídas- hablan de que estos seres tienen rasgos humanos; semejante afirmación supone una falsedad tan grande como el sustentar que un lobo se asemeja a una ardilla, porque tiene orejas; o una tortuga a una nuez, porque su caparazón hace de cáscara. Por supuesto que ruego se abstengan de efectuar ningún comentario los que no creen en el ensueño. Vivir en esa dimensión sólo es lícito para las piedras Los hombres cuando vienen al mundo lloran más o menos según su capacidad de fantasía, este efecto pasajero desaparece con el tiempo; según algunos, debido a la buena educación y la sociabilidad plena. ¡Cuánta patraña! Esto ocurre porque son hombres En cambio, los duendes continúan llorando y llorando hasta el fin de sus días, que por lo general son prontos, porque en su infinita capacidad de tristeza hallan rápidamente la felicidad del mundo. A pesar de todo es de disculpar que personas de corto ingenio y ligereza de juicio confundan esa efímera capacidad de la infancia para el llanto con un parentesco natural con los duendes. Dientes tiene el ciervo y el tigre ¿Pero la pregunta sobre el azul la responde el mar o el firmamento? Hay quien busca la luz en la luminosidad que ciega todo cuanto toca y hay quien busca la luz en la profunda oscuridad que resalta todo aquello que brilla. En nuestro mundo las distintas especies siguen caminos inversos. Racionalidad e irracionalidad son nuestras piernas, pezuñas en las patas del caballo, plumas en las alas del cernícalo, sueños en nuestros cuentos irreales, ¿Pero qué puede ser fantasía donde toda la realidad es cuento? Hombres y duendes, especies separadas por mundos que sólo se pueden divisar mutuamente a través de la engañosa proximidad de la más absoluta de las lejanías, la de la imagen y el espejo”.

APUNTE TEATRAL


Había descorrido el telón para que el drakkar entrara en el encuadre. Lo veía en el papel y me salía de la rompiente. Mucha gente me dirá que tan vasto oleaje no va a caber en el escenario. Los observaba a ellos, mis personajes, y pensaba que es tan preciosa y corta la vida que Shakespeare o Chejov hubieran retratado el momento fugaz, eso es el teatro. ¿A quién irán a buscar? Tanta era su ansia que bautizaron a una tierra blanca País Verde. ¿Acaso uno no viaja también al infierno buscando esperanzas? Odín siempre está presente, no haría falta nombrarlo. Su cruel ironía se disfraza de carcajada o de público. Es, desde todo punto de vista, creíble que un proscrito preste atención a historias que mentan nuevos y lejanos parajes. Podría parodiar al colono Gunnbjörn hablando de que en la tempestad todos los litorales son desconocidos. Podría jugar con la verdad, y presentarle con la certeza del inocente y la lengua suelta del borracho; pero no debo caer en la tentación de contar demasiados cosas y aburrirles. Al fin y al cabo todas las historias encierran la misma historia; al fin y al cabo lo sencillo es lo que más sorprende. Es cierto que es lícito jugar con los nombres. Las palabras encierran sonidos mágicos que condicionan su significado; por eso los idiomas son los primeros hilos que cosen el espíritu. Partirán de Gardarholm o Schneeland o Thule o Islandia y estas músicas, tan diferentes, verán salir el sol por el mismo sitio. Tal vez lo adecuado sea alumbrar el grandioso espectáculo de una epopeya y pintar en el foro una roca, entre gris y negra, que simbolice el cabo de Farewell. Quizás no fuera demasiada osadía representar la furibunda estatura de Erik Thorvaldsson, entremezclándola con la cólera del destino y la caída de los dioses, y dar a la obra un título confuso, como “Osterbygden”, para señalar como comienzo lo que termina, para mentir nombrando oriente a lo que es occidente, mares a los llantos, calma a la muerte. Pero las leyendas tienen dueños y un escandinavo no iba a entender que yo me apropiara del navegante rojo con el solo pretexto de lucir un bigote cobrizo. No hay risas y es que la ironía es una especie demasiado delicada como para dejar que mi intento se desparrame en una comedia. ¿Qué bella canción de amor no es triste? Se puede afirmar que el ruido lo hace el viento y que lo que no se ve está velado por las nieblas. La acción, sin embargo, debe empezar muy dentro. En el bosque del corazón se perdió y nosotros hallamos a un hijo de vikingos que el bardo nombró Hamlet. Toda trama puede partir de la búsqueda del origen, todos lo desconocemos aunque lo hemos visitado por lo menos el soplo de un segundo. ¿Cómo hacer que enrede sin delatarse la artimaña? ¿Cómo hacer que atrape la trama sin desvelar la paradoja? El firmamento carecerá de estrellas, serán vuestros ojos. El tema fue escogido por la vida, el arte es tan sólo la recreación de un recuerdo. Yo lo atrapé leyendo páginas ajadas por la humedad en un libro vetusto. Se trata de una historia banal antes de ser historia, una historia en la que, como siempre, es la naturaleza la que se ríe jugando con la inquietud de los hombres. Un joven deseaba volver a ver a su padre y se adentró en el inmenso mar desconocido; guiándose por el instinto siguió el fiel de la brújula que persigue la estela del norte. Iba con otros, viajaban hacia el oeste, a un oeste particular y mágico que no dejaba de brotar de ellos mismos. Navegaban en el solitario navío vigésimo sexto, veinticinco habían salido mucho antes siguiendo a Erik el rojo. ¿Qué voces se necesitan para pronunciar sin traición sus apagados silencios? ¿Cuántos deben subir al escenario para que nada se olvide sin resultar obsceno, para simultáneamente iniciar y guardar el secreto? Es casi seguro que viajaban en un knorr de largos remos al que habrá que buscar un nombre adecuado. Tal vez cuatro rostros sean suficientes, como los puntos cardinales, para contar o callar una alucinación: Bjarne Herjulfsson, sol verídico; Gudni Olavssonj, viento sur de la ira y las tardes escarlatas; Baldur Smör, la quietud del fresno tumbado en la nieve; Birkir Sverrisson, la hoja solitaria de la duda y la melancolía. En manos del error o la verdad, la vida arrulla nuestra propia deriva; alejados por el tiempo acuoso, de nada sirven los fiordos en los que reposa la calma; hechos de tempestades, sólo la locura o la muerte pueden alejarnos de nosotros mismos. Cuando caiga el telón volveré a releer unos versos del más conocido de los poetas escaldos, Egill Skallagrimson: “Odín, el guerrero habituado al combate, me concedió un arte perfecto y sin tacha, que obliga al enemigo a descubrir sus tretas, tal es la fuerza de la poesía”. Luego colocaré un título: Grünnland. Buen nombre para un barco. Y, mal o bien, reconoceré que me estoy descubriendo a mí mismo.

ATTILA


Lo nuboso empañó el vidrio y la extraña hora de la tarde, mientras el olvido del color de la flor silvestre aún borraba el nombre escrito en negras letras sobre la superficie pulida de la lápida: Atila Irizu, como el belicoso o cruel bárbaro. ¡Debería citarse a quien pagó al escribiente! Se cuenta que “donde pisó la pezuña de su caballo no volvió a crecer la hierba”. Nada se dijo del lugar donde lo enterraron. Verde e inmortal como los malos brotes, junto al tallo y los pétalos de una amapola en aquel rectángulo liberado por el descuido. Atila Irizu, un nombre mágico y perturbado; como el de aquel hijo de Borcsa Pöcze, una menuda lavandera que en Budapest parió un poeta al que contaba historias del rey de los hunos. ¡Pesa, pesa el tiempo en el alma! Entre almidones, al otro lado de los espejos, en una habitación donde su madre le lavaba el rostro en una palangana desconchada, ocultó sus ilusiones. ¿Qué es uno sino el recuerdo que persiste? De niño, bajando cántaros de leche de un caserío del barrio santurzano de Cabieces, se dejó hipnotizar por las promesas del crepúsculo. Quería construir un aeroplano con alas de madera para llegar al sol y besar su rostro rojo. Recordaba la queja de Sabino, su abuelo paterno, cuando no había membrillo para acompañar al queso en la despensa. Queja de un hombre derrotado en Somorrostro por las huestes del General Concha; superviviente de la guerra de Cuba porque, antes de que lo reclutaran, se cortó dos dedos. Recordaba su mirada posada en la ventana bebiendo una nueva pesadilla y aquel lienzo con un carruaje enlutado tirado por dos bellos caballos blancos a los que dirigía un conductor vestido de azul entre la luz tenue. Breve agonía recogida en su resumen: un anhelo, una queja y un cuadro... Trinidad regada por un cuartillo de vino tinto y una pausa marcada para siempre en el vaivén de las olas que azotan las rocas de Punta Lucero. Tres tesoros ocultos por el náufrago en la quilla de aquel Barbadún, nombre de barco que transportó carbón y ahora vela el fondo marino. Leo en voz alta los versos del homónimo poeta húngaro: “¡Y los días no comprenden que son pálidos y tontos y que sus luces no pueden ser de tus ojos!” Unicamente contesta ese grito que las uñas arañan en el lomo de la tapia del cementerio: “Si lucha, muere de su lucha, si se reconcilia, su reconciliación es su fin” Attila, Attila, Atila Irizu, el bárbaro, el poeta, el pétalo huidizo de la flor en la que, al otro lado de la sombra, se deshojan nuestras verdades...

MILAGROS MORÁN


¡Milagros! Añoro las cosas imposibles. Nunca soñé con un unicornio en tierra de autrigones... Desvarío tanto... Presto demasiada atención a las fantasías y los sueños... ¡Milagros! Es una exclamación extraña para andar por los pasillos, y a la escarcha le gusta bañarse en el trigo verde... El horizonte de sábanas blancas y el corazón en el réquiem del horno; sin noticias, sin noticias... Detrás del Hindu Khus un nombre de amo de los cielos para el dedo en la tecla del piano... Y suena... Milagros Morán, mi abuela.

PREMIOS

Anhelas el premio porque sabes que tu obra será efímera. Keops o Kefrén de las culturas, aunque gritéis vuestro persistente silencio, las gentes no podemos comprender que tan sólo quedarán las anónimas piedras para que las desgasten los vientos.

1937


Esta historia es estrictamente cierta. Cierta como que existe un lugar donde se queja el musgo en las faldas del Lekanda. Lo literario sería decir que fue escrita por el rocío, pero era tarde de San Juan y lo derritieron las brasas. Mari llamó a Anttón para coger las redes, pero no estaba. Era Lekeitio... 1937... Derecha, izquierda,... Se me cuela Maiakovski... Es su voz de trueno... Batallón Haritza tirando con piedras a un cóndor disfrazado de Luftwaffe... Tarde de San Juan, el dolor expandiendo ascuas entre los árboles... Y Ahmed, nacido en Fez, con la cara reflejada en un pozo... Batallón moro de regulares, alfombras de mezquitas ajedrezadas en el Sáhara... Dos hombres cara a cara, citados por la muerte, añorando el mar azul y el desierto pardo... Territorios encantados donde el destino juega borrando rastros que no existen... ¿Cómo verificar lo imposible? Al futuro, juez olvidadizo, puedo presentar tres testigos que expliquen estas palabras:
· El escritor, no muy fiable, miente tanto...
· El monigote, condensado en la ceniza...
· Y el coloso de piedra, inmutable en su silencio... Escucho a Mikel Laboa: Arrano Beltza... Con dos gritos melodiosos que sumo a un cuadro titulado Gernika.

JUDAS Y OTRO


Hay una luz que vive en el prisma opaco. Vive, sí, aunque también duerme y agoniza. Su candil, reflejado por la realidad, está en el fondo plano de una imagen escondida en todos los espejos... He abierto la ventana de este sueño y he visto a Lizardi resignado en su soledad, vestido de duende. Un monje sube la cuesta hacia Oñate en busca de las dos piernas del catorceavo apóstol del friso de la basílica de Aránzazu, para renovar el camino. Desde Ojo Atxular, contemplando el viento que ha ornado la pupila del cíclope en la roca, ha mugido el último bisonte. Hay una canción de Mikel Laboa que habla de la niebla escondida en nuestros rincones. Mojándose en el libreto del padre Donostia un réquiem solar y plenilunio estampa su sombra en una loma del Aguiña. Y han tirado a nuestro mar una botella vacía ¿Dónde están los mensajes? Necesitábamos el oxígeno... Versos de Bernardo y Gabriel bajando la cuesta de la casa del anciano... Por qué no reconocer que el futuro es más utópico que encontrar un Dios al noroeste... Campanas arpegiadas por Kandinsky, esmalte y piedra de unas gafas sutiles para contemplar el horizonte... Después de tantos fracasos, habrá listos que -señalando a Oteiza con el dedo- dirán que sobraban dos apóstoles en nuestras vidas...

PLEGARIA DE UN MARTES 12


Hoy es martes 12 de febrero de 1991 y hace 28 años, tres meses y diecinueve días en Dayton, un pueblo del estado americano de Wyoming, donde es intenso el azul del cielo y aún es posible observar el vuelo de los pájaros, nació Andy Rosburgh. A unos cien kilómetros al norte del pórtico de su casa, en el estado de Montana, se encuentra el valle de la Hierba Verde; el lugar en el que, a pesar de Errol Flynn, los sioux y cheyennes de Tatanka Yotanka y Tsahunka Witko cortaron los rizos ondulados del engreído general George Amstrong Custer. Desde la mesa de la cocina de su casa se puede escuchar el aullido del viento entre los arces y en un plato de la marca Panasonic ha sonado 1397 veces la música de Wagner que, para lavar la vergüenza y las infamias, Frank Ford Coppola colocó en un helicóptero artillado. Su bisabuelo Arthur, pescador escocés de pelo blanco como la nieve, fue el primer miembro de la familia que a lo largo de los siglos abandonó el pequeño puerto de Tarbert, en la mayor de las islas Hébridas. Con él viajó por siempre un viejo dicho de familia: “Aunque golpee el hacha afilada del vikingo, volveré a pintar mi cerca de madera”. Trabajó de estibador en Newport y Bristol, Massachusetts. Su hijo Eduard fue a parar a Montana, reparando vías de una compañía ferroviaria de la ruta del norte del Pacífico. Casado con Clara St. Paul, una muchacha de las faldas del Bighorn, terminó sesteando la gran depresión muy cerca de territorio indio, al norte de Wyoming. Su único vástago, Peter, se enroló en el ejército. Aún es posible leer el apellido Rosburg en alguna tumba cercana a Nha Trang, en el Vietnam que siguió a la guerra de Korea. Andy, cuarta generación de emigrante escocés, fue educado por los abuelos en el mencionado Dayton por el que transitó el alazán de Wakantanka -el Gran Espíritu- y sonó el clarín perdido por el séptimo de caballería que tantas veces salvó a Hollywood -Meca que aún no ha visitado el espíritu de Alá por llevar tan solo una L-. Educado por la generación que ha lavado su amargura en una medalla al valor que no puede sustituir el recuerdo del ausente, buscó desde niño los célicos horizontes, donde una leyenda india dice que un muchacho puede convertirse en pájaro y caminar pisando entre las nubes. Y hoy, 12 de febrero, cruzado el puente que lleva a la realidad desde el umbral de los sueños Andy Rosburg corre más rápido que el halcón sobre la bóveda celeste de una mezquita, Alá misericordioso, en la ciudad irakí de Karbala... Oh Dios magno, ¿por qué derribas el pájaro de fuego? En vano huye la muerte de las llamas del F-111 US. Navy que, igual que el rayo, se abalanza sobre su presa. Por algo alguien grita: “¡Aunque golpee el hacha afilada del vikingo, volveré a pintar mi cerca de madera!” Por algo su voz se apaga contra el ronquido del mar del Norte, sobre los arrecifes de las Nuevas Hébridas...

KULTUR ETXEA


Hay un Chagall en cada aldea y un Esenin en cada campanario. Los abedules siguen tristes y solos en los bosques, y lloran lluvia los ángeles que han huido del infierno... Apunto al dorso de esta estampa una marca para reivindicar el otoño. No me importa que en el antiguo litoral el cemento se haya comido la nieve. Arteta no podrá alimentar a su buey amarillo, alguien ha descubierto que el carro de hierba puede ser un efímero negocio... Gure Artea... Rebaños de ovejas pastando en Aitzgorri sin escuchar a los menhires del Adarra implorar al cielo... Los lenguajes que vacilan entre el éxito y la muchedumbre saben que los murmullos no cotizan en pesetas... Heroico y falso pedestal para un Van Goch muerto de hambre... El musgo húmedo y corrosivo es lo mejor de la estatua que decora la tumba de Lizardi... Lizardi, por algo Etxepare decía que saliéramos a la plaza, por algo lo dejó escrito... Traduciré de tus versos: “Nos acosa otra vez el temor de llegar a deshora”. Traduciré para nosotros: rebaño de ovejas

ESTAMPA Y NÚMERO 5


Coso los puntos de una tos crónica... El cinco extiende los brazos para abrazar la mala suerte. Sobre el tapete Mallarmé rima los dedos de una mano con la felicidad, con la otra agita el aire saludando a Rimbaud cuando se despide... Françesca ya no manda postales de mayo... La noche pliega la risa del etíope que se tragaron las dunas, la noche apaga las luces del árbol, la noche oculta las alas del ángel caído que desciende en copo de nieve... El diablo traduce la pantomima... El Golem, el Golem guiña un ojo bajo la arcada del puente... Edith, “La tierra que No es” murmura todavía... Orfeo vela sobre su estela funeraria... El gigante bobo sonríe... Luce sin miedo el atuendo del sol que brilla sobre la frente de un Holan que no sale de casa...
Cinco, cinco púas cabecean en la estrella efímera, cinco meses y cuatro días, antes de que se inicie la cuenta atrás y abril, siempre abril, fotografíe la cara oculta de los dados a los que Dios truco con plúmbeo contrapeso...
... ... ... ... ...
... ... ... ... ...
En esta estampa sólo el número y el orden me corresponde.
Los puntos son afilados como la punta de un cuchillo.
Para leer...
Hay que ver...

OTEIZA


En el salado trago de la espuma, la ola desnuda tapa el agujero de la playa; y el cincel, tirado en el último cajón de madera, se ha olvidado de la queja de la piedra ¡Oteiza, mira cómo lloran los menhires! El peso del cuerpo rocoso les anuda a la tierra. Añoran la mano del sembrador de huecos para, livianos, levantar vuelo y besar la magia oscura que oculta en la mentira del reflejo la luz de las estrellas.

NOCTURNO


Hay un cuento nunca contado que habla de un caballo rojo que cuando cabalga el atardecer, anochece... Lo monta Bolmir el duende. Yo he visto muchas veces sus ojos y he soñado su historia. El final, a la fuerza, será triste. Hoy que comienza noviembre y es tiempo de añoranzas busco refugio en el asombro que pertenece a la poesía y, con cada lágrima, fabrico una llave para abrir las ocultas puertas de los nuevos cuentos. Hay una torre de Enoch fantasmal y liviana en medio del áspero desierto, un vencejo de ojos plateados que hila el aire, un cometa que partió del arco de fuego de Auyam, un viaje heroico a través de los ojos de avellana de una mujer de cabellos verdes que escoge las letras, flores vigilantes en una lápida de mármol, una campana que toca Esenin, un puente de madera, un laberinto en el que Odín se coló de improviso, y tú y yo y aquél, un accidente, un silencio emborrachado de palabras con ganas de hallar belleza en los horizontes grises... A los que odian la lluvia, a los que incomodan los suelos mojados, les es lícito buscar otros personajes... Aquí cabalga un caballo rojo el atardecer e inevitable anochece, anochece...

ICARO


Y el círculo hizo la memoria en el vacío natural que delimitaron sus aristas. Y el olvido hizo su propio vacío. Y en vacío espacio y periferia tiempo, trazó su alarido más doloroso el penúltimo gudari. Hombre concreto, entre azul cielo y azul mar, perdido en la intensidad verde de un paisaje masculino -menhir de Erasun- y otro femenino -cromlechs de Ezkain-, para mostrar al envidiado pájaro sus alas.

GÉNESIS


El primer escribiente escribió en el libro de hojas blancas y creó los cuentos. Aburrido y solo como estaba, decidió enseñar el oficio a varios de sus personajes y los introdujo en las entrañas de las fábulas. Estos, con el paso del tiempo, quisieron crear su propio mundo. Pensaron que era correcto comenzar por el principio: idearon a Dios y el Génesis, dijeron que éste era el primer libro. Luego vino la torre de Babel y los lenguajes multiplicaron más mundos que escribientes. El primer escribiente, añorando su antigua soledad, inevitablemente se suicidó y repartió sus pedazos. Un vigía de la bruma gritó entonces: “¡Dios existe al noroeste!”. Yo, agotado por tantas lecturas, decidí destrozar mi mundo y luego recuperar sus pedazos. He de advertir a los agoreros sembradores de Apocalipsis que esto no quiere decir que abandone. Contra las incomprensiones y las injurias, levantaré, para envidia, fugaces momentos felices y esta recolección de pedazos que he decidido llamar estampas.

sábado, 9 de junio de 2007

UNA HISTORIA DEL UNIVERSO



“Ya ni siquiera presentimos
y luego nos quedamos asombrados…”
VLADIMIR HOLAN

Según se decía en el volumen de la manoseada enciclopedia que sobresalía por encima de los escombros que acababa de depositar en el container la pala de la excavadora, Emmanuel no salió nunca de Königsberg. Malpías apenas del umbral de su casa. Una pequeña casa de fachada azulada, semioculta por el ramaje de una higuera que ladeaba su sombra sobre la pendiente de aquel cueto rocoso al que el olvido, extrañamente, había concedido el papel de testigo inmutable de los cambios urbanísticos de una aldea devenida, demasiado precipitadamente, en ciudad.
Emmanuel daba largos paseos persiguiendo el atardecer y criticando la razón pura. Malpías contemplaba, inmóvil, la higuera desde la ventana y construía un universo a partir de nada o de casi nada. Y es que, del mismo modo que Emmanuel, si pudiera hablar, desmentiría a la vieja enciclopedia rememorando una feliz excursión juvenil a la ciudad de Amsdorf; si Malpías hablara podría rebelar que en los inmóviles pilares de su construcción latía el recuerdo de un inmenso viaje. Tan inmenso, al menos, como pueda serlo para un niño de cinco años un viaje desde Santurtzi a Bilbao. Un viaje efímero. El primero y el último por el itinerario de la canción. Y eterno. Después de todo, la inmensidad no deja de ser una añoranza.
Según la vieja enciclopedia, Emmanuel habría vivido ochenta años sin salir de Königsberg. Malpías llevaba, año arriba año abajo, sesenta y tantos sin poner el pie más allá de la penumbra que proyectaba la higuera. ¿O era el tiempo? La higuera llevaba más tiempo creciendo, pero no para Malpías; para Malpías comenzó a crecer el mismo día en que, imaginando lejanías, se escurrió por la barandilla del paso elevado que cruzaba las vías del tren. Incomprensiblemente no sé rompió ningún hueso, pero el golpe le arrebató el habla de manera no, por triste, menos sorprendente que aquella en que anteriormente la naturaleza se la había concedido.
Emmanuel, en este punto, podría hacer un discurso sobre la causalidad, pero lleva dos siglos muerto; Malpías vive, pero es mudo. Tenía cinco años cuando dejó de hablar y también tenía cinco años cuando hizo aquel viaje y aún hablaba. Un viaje -como se ha señalado, por el itinerario de la canción- con el rostro pegado al cristal de la cabina de la draga en la que faenaba su padre Maceo extrayendo fangos del lecho fluvial para abrir paso a las corrientes que bebe el Abra.
Emmanuel, en el aula, les habría dicho a los alumnos que “percibir el mundo es cambiarlo”. Malpías podría haber añadido que en los ojos de un niño descubrir es soñar. En aquel itinerario aguas arriba, las agujas de su imaginación habían enhebrado visiones y fantasmagorías para coser su propio sendero mágico. Visiones y fantasmagorías que contenían arboledas de chimeneas humeantes y misteriosos nombres como Erandio, Lutxana, Olaveaga, susurrados al oído junto a chapoteos de gasolinos que viajan eternamente de una orilla a otra. Visiones culminadas por un puente con sus dos enormes brazos de hierro elevados al cielo para dejar pasar un buque que –“mira, hijo, te saludan”- le advierte su padre, mientras una mujer con una pañoleta en la cabeza y un marinero con un pequeño acordeón sonríen y agitan las manos por encima de un rótulo:”Ponary” Kaliningrado que se aleja empequeñeciéndose miles y miles de veces en una imagen que permanece perenne en el cristal de sus ojos.
Emmanuel, aquí, habría recordado aquello de que “la felicidad no es un ideal de la razón, sino de la imaginación”. Malpías no necesita recordar nada, ese es el barro con el que sus manos esculpen el universo. Un universo no construido como un país o una patria sino como algo más definitivo, como un rincón. Algo por lo que no se puede perder lo que no se tiene. Algo que no posee otro pasado y otro futuro que el infinito que proyecta un viaje de apenas quince kilómetros desde Santurtzi a Bilbao en el círculo que cobija la sombra de una higuera.
Emmanuel podría haber cambiado Könisberg por una cátedra de poesía en Colonia o Berlín sin modificar el discurso sobre su finalidad. Malpías, sin embargo, no tiene retirada. Un dios sin hijos a los que mandar al sacrifico posee un único espacio para el todo y la nada, está condenado a sucumbir con su universo.
-“Faltan pisos, faltan pisos y hay cientos vacíos”.
Las palabras vienen con una taza de café humeante, vienen pero no hay nadie que las traiga, son de ayer. Hoy, su hermana Ricarda está en la calle. Se la ve desde la ventana, veinte pasos por detrás del hombre con un casco blanco que grita frente a la pequeña casa azulada. Su silenciosa silueta es la del adiós. La ciudad necesita terreno para edificar más ciudad. Un pequeño grupo de curiosos observa al pie de la ladera el combate entre la quietud de la higuera y la embestida de la excavadora. Una mujer a su lado dice:
-“Es sordomudo”.
Ellos no son sordos pero no lo oyen. Es igual, todos los dioses lo son.
Por dos veces suena un estruendo y el ruido de la excavadora. Un estruendo como el de una escopeta de dos cartuchos y el ruido de la excavadora permanece. En la manoseada enciclopedia dice que Emmanuel nunca salió de Könisberg, Malpías apenas…
Un casco blanco gira en el suelo junto al árbol derribado, gira y gira como el agua en un desagüe por el que se pierde un universo.

UN TRAPECIO SOBRE ADIS ABEBA


Aquel no era un miércoles igual a otros miércoles, no era otro día vulgar varado en mitad de una insignificante semana. No lo era aunque la sensación que sostenía esta afirmación fuera tan fuerte como inexplicable. Lo supo en cuanto puso la mano sobre el interruptor para apagar la radio-despertador y abandonó la cama, dejando al locutor con la palabra Adïs Abeba en la boca anunciando alguna nueva calamidad en un rincón lejano del mundo. Lo supo sin más porque llevaba media vida aguardando que amaneciera aquel día que durante años había alimentado su imaginación y el afán por llenar de garabatos cientos de papeles. Cientos o miles, todo un océano de folios tecleados a doble espacio en una vieja máquina de escribir de caracteres turbios, pero singularmente elegantes, a base de enormes dosis de perseverancia y una irreductible fe a la que llamaba vocación. Una vocación demasiado apasionada, demasiado, sí , tanto como para entregarse en cuerpo y alma a ella con una especie de decidida determinación. Adïs Abeba... Tenía que anotar aquellos dos vocablos en su libreta. Su intuición le decía que allí había un cuento escondido.

Así llevaba toda la mañana, rememorando de forma obsesiva las sensaciones con las que había comenzado el día, unas sensaciones, pensaba, demasiado placenteras como para que no lo notasen las personas que se encontraban a su lado. Sin embargo, la imagen que se veía desde el ventanal del autobús en el que viajaba no reflejaba más que la cotidiana indiferencia del vaivén de gente y de paraguas que circulaba por una ciudad sobre la que caía la fina lluvia de siempre. Pero aquel era un miércoles diferente, muy diferente, y el intentaba encubrir con una leve sonrisa su profunda excitación. Un sonrisa que, seguramente, ahora también le daba el mismo aspecto de bobo que había reflejado el espejo del lavabo cuando había efectuado su rito matutino de refrescarse la cara antes del tazón de café negro y las bocanadas al cigarrillo que constituían su único desayuno. La contenida alegría, sin embargo, no pudo impedir que por un momento se acordara de Román, el único de sus amigos que había mantenido siempre las porciones de paciencia suficientes para soportar sus historias y que, desgraciadamente, había fallecido dos meses atrás en un terrible y desafortunado accidente de coche. Román le escuchaba, siempre le escuchaba el tiempo que hiciera falta, incluso cuando llevaba un fajo enorme de páginas para leerle. Y al despedirse solía decirle. – La escritura es una profesión peligrosa, muy peligrosa... Puede convertirte en un personaje de ficción. Se empieza con el nombre y luego... Claus ¿qué? Román nunca se habituó al seudónimo con el que él firmaba aquellos interminables papeles: Claus Quo o Klausquo según fueran manuscritos corregidos o simples borradores. Aquella era una manía como otra cualquiera, pero no le parecía que fuera parte de una profesión peligrosa. Peligroso era, por ejemplo, lo que hacía aquel trapecista húngaro llamado Arpád Kóródi al que le llevó a ver su padre cuando apenas contaba diez años. El ángel volador de los Carpatos que anunciaba el cartel del circo. Prodigioso acróbata que efectuaba un triple giro mortal sin red a quince metros de altura. Aún recordaba los gritos de pavor del público asistente y a su padre tapándole los ojos contra su abrigo de paño cuando cedió el trapecio y el pobre húngaro se estampó contra el suelo. En homenaje a él, en sus relatos siempre aparecía alguien que se llamaba Arpad. Arpad Blesa, Arpad Rocandio, Arpad del Vals...

Miró el reloj y descendió con cierta diligencia del autobús. Sabía que le estaban esperando y no quería impacientarles. ¡Aunque qué eran un par de minutos más o menos cuando él llevaba media vida aguardando aquel momento! Adis Abeba, Arpad ... Es una profesión peligrosa. Por unos segundos escuchó la voz de Román aconsejándole precaución, pero su ansiedad era demasiado grande como para detenerse ahora. Cruzó la calle y empujó la puerta del bar. Las mesas estaban repletas de gente puesta en pie que no hacía sino aplaudir su llegada. Daban la bienvenida a quien ahora ya formaba parte de los suyos. Él, nervioso, levantó la mirada y observó los rostros de los asistentes. Allí estaban Macbeth y Kurtz -el de El corazón de las tinieblas-, Jhon Silver "el Largo" y Shanti Andia, Alicia y Quirón -el centauro-, también Gregorio Samsa y el anticuario de Esmirna, Joseph Cartaphilus... Y todos eran como él, personajes de ficción, brillos de estrellas apagadas sobre la carpa del firmamento, en un lugar que bien podría ser Adïs Abeba después de que el trapecista volara hacia el suelo.

EL ESPECTADOR SILENCIOSO



No podía dejar de oír aquel estampido imaginario, pero los dedos pasaban temblorosos del cigarro a las teclas de la máquina de escribir sin apretar ningún gatillo. Fue un disparo certero. Según el forense la bala había impactado de lleno en el corazón, disparada a quemarropa, sosteniendo la pistola entre los dedos con pulso firme. Mal enemigo para encontrárselo emboscado en un callejón... Mal enemigo para encontrárselo también en una plaza a horizonte abierto... Mal enemigo fuera como fuese... Tendría que corregir las anotaciones de los últimos párrafos. El jefe había insistido en que desechara comentarios superfluos.
-Nada de retórica. Pim, pam, pum... Escuetamente certificar hora, día e incidente. Ten cuidado con las palabras, luego no hay quien quite las manchas de saliva.
Siempre repetía que había que dejárselas a esos tipejos encargados del protocolo que hasta para lavarse las manos se enfundan guantes de astracán.
-No existe exceso de celo en los tiempos que corren. El perro debe cuidarse de los mordiscos del amo.
Le habían encargado que iniciara la investigación tres meses antes, cuando en el teatro aún andaban con los preparativos de la escenificación de una nueva provocación. Apenas había comenzado el año nuevo y él acababa de romper con Lidia. Ninguna novedad, sólo en el pasado año había sucedido al menos cuatro veces. Podía haberla llevado a la función, seguro que le hubieran hecho gracia las ocurrencias de aquel circo bufo. Una mujer fosforescente y un soñador mortalmente ofendido calculando la cuadratura de los cerezos. ¡Pobre Chejov! Aunque ahora era aconsejable ser prudente. Mejor posponer los comentarios jocosos. A más de un idiota le iban a patear por permitirse emborronar con chistes de mal gusto el panegírico que las autoridades habían pergeñado para el difunto... La experiencia es un grado. El procedimiento consistía en colocar confidencias y difamaciones en un sobre con los documentos sensibles, abajo, en el tercer cajón del escritorio, y no abrir sin permiso expreso. Luego aguardar la orden de incluir en la carpeta el matasellos de asunto finiquitado y comenzar con el siguiente infeliz. El último trabajo había resultado breve, demasiado breve.
Hizo una pausa en la escritura para asomarse al pasillo y pedirle a Olga que le llevase un poco de té hirviendo.
-No prestes atención a esa banda de haraganes, los enviaron aquí porque no servían para otra cosa. Mejor habría hecho tu tío buscándote una plaza en un ministerio más saludable. No me mires así. Marcha de una vez, necesito beber algo caliente... ¿Nadie sabe cuándo arreglarán ese calefactor?
De regreso al despacho se volvió para comprobar que la muchacha había comenzado a bajar la escalera. Estaba seguro de que con algo de paciencia se podía extraer un buen diamante de aquella vivaz ingenuidad que se alejaba apresuradamente, oculta bajo una larga coleta. Había llegado allí quince días antes recomendada por un pariente funcionario de Correos, y el jefe le había encargado su instrucción.
-En este oficio, una mujer despierta vale más que una docena de hombres inteligentes. Así que espabílala. La sección apenas cuenta con veinte empleados en activo, la mayoría tan perspicaces como esta puerta.
Dio un par de caladas al cigarrillo antes de volver a sentarse al lado de la máquina de escribir. Sobre la mesa se hallaba extendido el periódico con una gran fotografía del cortejo fúnebre presidido por un montón de rostros conocidos. Tecleó abril. Desconocía por qué le produjo la sensación de que se trataba de una palabra infame. Se detuvo para plegar el periódico y guardarlo en un cajón. No soportaba las miradas de pesar que abarrotaban la página del periódico. Muchos de aquellos llorones eran los mismos merodeadores que se mofaban del muerto cuando recitaba versos sobre la tarima de un escenario. Los más jóvenes le lanzaban bolitas de papel llenas de idioteces a las que contestaba con gesto iracundo.
-Hemos pagado por ti y aún no sabemos si aúllas o ladras...
-Amigo, mejor sería que fuese a emborracharse a una cervecería, le saldría más barato.
¿Para qué iban a escucharle? La mayoría de las notas eran injuriosas. Lo usaban como una pared en la que pintorrear sus desahogos más obscenos. "La mierda es muy espesa todavía". Aquella frase estaba subrayada en el expediente junto a una curiosa recomendación: "En vez de dibujar un ángel por qué no dibujas una mosca. Hace mucho tiempo que no dibujas moscas". Las moscas estaban por todas partes, por todas... Incluso en la duermevela de la mayoría de sus negras pesadillas. Hay hombres que cuando las lagartijas se arrancan la cola para conservar la vida, ellos lo hacen con el corazón. Aún sin digerir del todo el último pensamiento, sacudió la ceniza del cigarrillo apartando el cenicero de cristal a un lado de la mesa, y colocó en su lugar una hoja de papel que acaba de extraer del cajón en el que había depositado el periódico. Se trataba de una pequeña hoja de mano en la que se invitaba al público a asistir a la representación de una obra anterior del autor. "Apresúrate...Hay colas en las taquillas, el teatro está lleno. Pero no te enfades con las bromas del insecto: no se trata de ti, sino de tu vecino". Aquel farfullador era un mal enemigo, un enemigo peligroso fuera como fuese.
A esa función fue con Lidia. Aún no trabajaba en el asunto. Tampoco en la sección. Clasificaba correspondencia encerrado en un sótano inmundo. La mayoría contenía intimidades sin ninguna importancia, material de escasa utilidad. Aunque había gente que con nada sabía hacer milagros. A Lidia y a su hermana les cautivaban los alardes de aquel artista extravagante que recitaba con zanahorias en el ojal: "Con desnuda impudicia o con temblor tímido dame el encanto inmarchito de tus labios: mi corazón y yo nunca arribamos a abril; en la vida vivida sólo contamos cien marzos". El tenía entradas para Romeo y Julieta y tuvo que tirarlas a la basura. No quiso revenderlas, pensaba pedirle a ella que se fuese a vivir con él. Vivía solo en un apartamento viejo pero espacioso. Ahora estaba mejor, había ido invirtiendo las bonificaciones de los ascensos en algunas mejoras. Tenía calefacción. En el despacho hacía frío, seguía estropeada, un frío gélido no apto para soportar almas inocentes. Se sonrío, no había ninguna en la sección. ¿Pero el infierno no era un lugar excesivamente tórrido? Monsergas, ¡monsergas infantiles! Él había hecho el papel de Romeo un par de veces en sus tiempos de estudiante en el Liceo, y pensaba reírse con Lidia parodiando algunos fraseos después de salir del teatro. Pero terminaron discutiendo. Fue la primera vez, la primera vez que las caricias no sirvieron de nada. Desnudos frente a frente, después de que él exhibiese el malestar que le había provocado el cambio de planes. Un desahogo artificioso e inútil, a ella le gustaba contradecirlo cuando se ofuscaba. No importaba nada de lo que dijo; era todo palabrería, orgullo varonil herido por un deseo incumplido y la sombra de un fantasma sosteniendo un espejo en el que, aunque cierres los ojos, la imagen refleja tu frágil desnudez, señalando un culpable con el dedo. Celos, simples celos de una felicidad inalcanzable... Recordaba que los muelles de la cama hacían un ruido espantoso y que se sentía enormemente fatigado.
Volvió a dejar la octavilla en el cajón. Pero todo su malestar no era imaginario. Le importunaron las mofas de la obra. Él también era un insecto, un despreciable parásito hematófago que hincaba su aguijón bajo los pliegues de sábanas aún calientes... Seres indefensos que un día amaron y otro se perdieron para siempre en algún lugar remoto, sin regreso posible a casa.
La llegada de Olga con la tetera humeante lo apartó, momentáneamente, de un desvarío que podía llevarle por otros remordimientos.
-Me he permitido traerle con el té algunas de las transcripciones que se han hecho de las declaraciones tomadas ayer a la tarde. Tenga cuidado, viene hirviendo.
No podía quejarse, al menos le había tocado una alumna sonriente.
-Olga, quédese. Me gusta servirme un té en compañía Lo que no puedo ofrecerle es azúcar. No soporto esos terrones morenos que tardan una eternidad en disolverse. Se puede hacer un chiste, pero es un síntoma, vivimos tiempos poco refinados.
Era el único en todo el departamento que practicaba aquella familiaridad con los novatos. Más de uno solía decir que los trataba como señoritas y luego se volvían demasiado delicados. Mantequilla, blanda mantequilla para trabajar a diario junto a enroñecidas navajas de malos barberos. Pero aquella licencia en el tratamiento era algo sopesado, un método eficaz para inducir vínculos de lealtad, dosis de afecto combinado con el rigor de un ejemplo basado en la eficiencia y un cumplimiento implacable del deber... Todo vocablo es arbitrario. ¡A ver cuántos de aquellos chismosos se atrevían a meter un dedo en la boca de uno sus cachorros para probar su dentadura! Mantequilla, mantequilla... Sandeces. Poner la espalda a cubierto evitando traiciones personales... Eso era asegurarse algún futuro. Hoy ordenas, mañana te arrastras por el suelo. Date por contento, si obedeces... El destino no era nada más que un nombre tachado en un papel desde un despacho tan mediocre como el suyo; una torpe broma hilvanada por el rencor y el azar a la que otorga oficialidad la rúbrica de un ser invisible y anónimo, mezcolanza de poder y de suerte. Aunque a la postre resulte absurdo, la impiedad no evita que ningún poder resulte efímero.
-Tampoco hay galletas, se terminaron hace dos días. Esto no hubiera pasado con mi antecesor en el cargo. Un mofletudo pisapapeles al que, pásmese, tumbaron unas fiebres de malta. Ninguna dicha es plena –añadió sonriente, sin apartar la vista de la muchacha seguro de que en su timidez se escondía también algún signo de admiración.
Abrió una de las carpetas que le había llevado con el té y le pidió que leyera alguna de las reseñas en voz alta. El difunto conocía la fuerza de las palabras. No de las palabras que aplauden a rabiar los falsos aduladores; no de esas, sino de aquellas otras que interrogan a los vivos, a los supervivientes que cometen el error de sentar la cabeza... Nunca se debe mezclar la profesión con causas personales, ni siquiera cuando se trabaja en la causa de las causas. Pero nadie con dos dedos de frente posee una fe tan ardiente. La joven estaba leyendo en voz alta, y él no podía controlar el desvarío. El testimonio se atribuía a un editorcillo de revistas literarias, un despilfarrador de papel. Aunque la versión estaba contaminada por un confidente, la había relatado un colaborador de una de las revistas, no importaba el nombre; alguien demasiado común como para dejar escapar la menor oportunidad de notoriedad. En la juvenil voz de Olga las palabras adquirían la sonoridad de una profanación.
-"¡Al diablo todo!... Estoy harto de que se me compare... La fama crecerá después de que muera. Mientras, la rasuro... ¿Quiénes son mis amigos? No los tengo ¡A veces me embarga una tristeza tan grande que me dan ganas de casarme! Fácil es decir que todo esto no vale un escupitajo... Pero si ya no escupo saliva, sino pura sangre. El efecto es nulo. Continúan importunándome...Dejaré de escribir versos...
Diez días después yacía con el pelo liso y los labios resecos en un féretro por el que asomaban sus toscas botas americanas".
-Es suficiente, Olga, vuelva al trabajo. Tengo que terminar el informe y oyendo tantas pesadumbres a mí también comienzan a entrarme ganas de casarme. Así que váyase antes de que intente vestirla de novia.
La joven abandonó el despacho con natural diligencia. Su rostro delataba que había leído en la gravedad de su semblante un repentino e inexplicable malestar que él, con aquella apresurada dosis de jovialidad forzada, no había conseguido ocultar. Probablemente se estuviera interrogando sobre su culpabilidad, pero ella no había influido en nada. Aquel era un malestar muy íntimo, un malestar antiguo, latente, invisible y sin cura. Conocía decenas de hombres a los que la cercanía de la verdad había conducido a la desesperación. Hizo ademán de comenzar a teclear una nueva línea en la máquina de escribir... Pero algo hizo que desistiera. Quizás la lectura de la palabra abril. Encendió un nuevo cigarrillo, el otro se había consumido sin que apenas fumara.Tomó el auricular y marcó el número de Lidia. De repente sentía unas enormes ganas de oír su voz, no importaba lo que dijera, sólo oír su voz para que ésta le trasmitiera algún sosiego.
-Me estoy convirtiendo en un neurótico. Hablo solo...Terminaré por autocompadecerme...
El teléfono consumió todos sus tonos sin que nadie respondiera a la llamada. ¿Cómo eran las últimas palabras de Romeo? "¡Vamos , amargo conductor, vamos repugnante guía! ¡Piloto desesperado, estrella contra las destructoras rocas tu barca fatigada! ¡Brindo por mi amor!¡ Ah veraz boticario! Tu droga es rápida : así muero con un beso". Buscó apresuradamente dentro de las anotaciones del expediente alguna referencia a las palabras de despedida... El mejor poeta, el mejor... Lo habían gritado desde las tribunas... Llenaba los titulares de los noticiarios radiofónicos y la totalidad de las cabeceras de prensa... El mejor ... Simples aduladores intentando que su muerte, como su vida, no tuviera ningún sentido... Sus dedos pasaban presurosos las hojas buscando aquel último apunte. En la sonoridad había algunas coincidencias. ¿También en el veneno? Un disparo a quemarropa. Hay quien desenfunda un arma para saberse vivo... Depositó el cigarrillo en el cenicero. Sacudió los papeles, que se habían manchando de ceniza, y recorrió algunos renglones con el dedo. Sabía que lo había leído... Daba igual. Los sentimientos originales no existen, varían los protagonistas y el plagio persiste. La desesperanza inagura la búsqueda de la búsqueda... Es tan difícil encontrarse. Quizás antes hay que perderse, perderse definitivamente. En aquel matiz no había ninguna diferencia... Podía haber dejado un sobre vacío, pero no, prefirió... Le costaba admitir la brutal fuerza de aquel sangriento gesto humilde... "No culpéis a nadie y, por favor, no chismeéis. El difunto lo odiaba terriblemente... El incidente está zanjado. La barca amorosa varó en lo vulgar". ¿Por qué resultaban tan dolorosas aquellas palabras ajenas? Miró la máquina de escribir. No había nada que añadir al informe. Mejor buscar protección en el silencio. Comenzar con un nuevo caso. En los ficheros había un montón de papeles con varias copias de la correspondencia de gente a la que se debía reanudar el seguimiento. Casi todo estaba en su memoria... "Habría hecho falta ser un héroe excepcional para estar callado durante años enteros; estar callado sin la esperanza de abrir un día la boca. Desgraciadamente, no soy ningún héroe". La verdad era una farsa, una representación de aparente éxito a tenor del número gratuito de vítores... Pero él sabía que el diablo es el único espectador silencioso. Por un segundo pensó en volver a llamar por teléfono... El muerto había iluminado el derrumbe del falso icono. Un creyente debería rezar... Mal enemigo para encontrárselo al otro lado de la línea infranqueable, mal enemigo para esquivarlo con aquellas débiles alas de insecto... Mal enemigo fuera como fuese. Se preguntaba por había terminado odiando aquello que deseaba imitar... Apagó el cigarrillo contra el borde de la mesa. Abrió el tercer cajón del escritorio y, con suavidad, extrajo un pequeño revolver. Puso el dedo en el gatillo, agachó la cabeza y besó el tambor del arma. Los ojos escudriñaban con fijeza en la penumbra del primer cajón. Desde una fotografía incrustada en una página de periódico, un montón de rostros impasibles le miraban mientras continuaba el desfile del cortejo fúnebre. Abril agonizando y el invierno aún adueñándose del corazón...

PRAGA, EL ENIGMA DE LA DAMA DE PIEDRA



Si hiciéramos caso a Max Brod, el río Moldava fluiría en Si mayor porque así lo quiso Bedrich Smetana cuando compuso los poemas sinfónicos de Má Vlast (mi país). Pero el amigo de Kafka era tan poco de fiar como cualquiera de nosotros, no en vano terminó traicionando la última voluntad de un pobre moribundo. Por eso, conviene dudar de todo y hacerse cuanto antes a la idea de que la clave sonora que pudiera darnos acceso al caudal por el que fluye el tiempo que guarda los secretos de la ciudad de Praga permanece oculta e indiferente a las miradas de los recién llegados, que enseguida se ven seducidos por la imagen inmutable de la vieja dama de piedra.
La mayoría de las ciudades son lugares de paso, campamentos de tránsito existencial en el que se entremezclan y se entrecruzan los vaivenes vitales, a veces apacibles, a veces más estruendosos, de las gentes que las habitamos a lomos de existencias nómadas, formando generaciones de caravanas que persiguen el rastro improbable y enormemente difuso de esa quimera a lo que algunos llaman felicidad. Ninguna ciudad pertenece a sus habitantes, los habitantes vivimos enajenados la ciudad. Los verdaderos dueños de la ciudad son sus fantasmas, espectros errantes que pululan, como almas en pena, por los fragmentos a los que los encadena la memoria, en un juego de eternidades pérdidas, diseminadas en restos que le recuerdan al visitante la fugacidad de la vida frente a la permanencia y el cambio, aparentemente inmóvil, de la ciudad.
Praga, sin embargo, representa el logro arquitectónico de un enigma perpetuo. Es una ciudad de insomnios, donde la ensoñación permanece siempre en vela acechando en cualquier rincón las pisadas de los transeúntes. Nada es anónimo, todo habla. Hasta las casas tienen nombre: casa del león de oro, casa de la campana de piedra, casa del unicornio blanco. Todo en esta ciudad de cien torres envuelve al viajero que la visita en la atmósfera de un círculo mágico, entre triste y asombrosamente hermoso, del que nadie regresa indemne.
A los recién llegados que se detienen a observar las bellas fachadas del conjunto de edificios que conforman el antiguo ayuntamiento de Staré Mêsto, el esqueleto de la muerte -que vuelca el reloj de arena en el momento en el que dan las horas en el carillón de la Ciudad Vieja- les anuncia que el tiempo es breve para desperdiciarlo y que con una sola vida no se puede abarcar lo que se esconde tras el umbral (prah) en el que, según la leyenda, una princesa llamada Libuse profetizó la belleza de la ciudad.
Desde que se dejan atrás las agujas doradas que coronan el gótico primitivo de Nuestra Señora del Tyn, bajo la mirada atenta de la negra estatua de Jan Hus, para bordear luego los muros que guardan la grandiosa biblioteca del Clementinum y cruzar el Moldava caminando junto a las esculturas que decoran el puente Carlos, el caminante intuye que está siendo cautivado por un misterio. La visión no puede ser más espléndida. Malá Strana -el encantador barrio pequeño- y la cúpula barroca de la iglesia de San Nicolás; por encima de ellos, la magnífica imagen de Hradcany (El castillo), coronado por la esbelta estampa gótica de la hermosa catedral de San Vito. Da igual hacia donde dirijas la mirada, da igual que hayas depositado unas monedas en el platillo del intérprete bohemio que toca a John Lennon al final del puente, da igual que no seas generoso, ya tu corazón le pertenece a la vieja dama de piedra, ya su susurrante música nunca dejará de sonar dentro de ti.
Ni siquiera un experto en fugas como Rilke, que no se consideraba ligado a ningún otro país que al de la infancia, pudo eludir el encantamiento. Lo prueba que nos recordara que en sus calles “entonces se construían largas historias románticas, los puñales relucían en los fuegos de artificio y los príncipes más demoniacos de los cuentos infantiles adquirían la posibilidad de existir”.
Y es que Praga es, como la infancia, la ciudad del eterno retorno; un retorno que contiene más fantasmas que ningún otro lugar. El de Mozart, por ejemplo, toca de vez en cuando el órgano de San Nicolás de Malá Strana para saldar las numerosas deudas que le granjeó su afición a los naipes y a las mesas de billar. Cerca de allí, en el pabellón del parque de Bertramka, compuso el aria Bella mia fiamma, addio en cumplimiento de una promesa para con una mujer y una ciudad. El músico murió en la más absoluta indigencia en Viena y solamente en Praga varios cientos de personas se reunieron alrededor del réquiem que aquella conocida cantante amiga suya entonó en su honor.
Hay quien dice que el alma inmortal de Praga es musical y se esconde en un rincón del recinto amurallado del castillo formado por una hilera de casas minúsculas a la que se conoce por El Callejón del Oro. En ese lugar, en el que más tarde vivirían Kafka y el poeta Jaroslav Seifert, trabajaban decenas de alquimistas en la fabricación de elixir de la vida y oro. No es pues de extrañar que fuera Praga, precisamente, la ciudad de las andanzas de Mefistófeles. De hecho, en el corazón de Nové Mêsto (Ciudad Nueva), existe un edificio restaurado en el periodo barroco que, se asegura, guarda relación con la casa del Doctor Fausto en la que éste entregó su alma al diablo a cambio de la posibilidad de volver a experimentar las vivencias de la juventud.
Pasternak, que, muerto Rilke, aún le escribió alguna carta y que se dedicó a la poesía porque carecía de un oído absoluto para la música, sostenía que la inimaginable experiencia por la que pasó Fausto sólo podía medirse mediante una paradoja matemática. Es decir, una especie de abstracta aserción inverosímil que bien pudiera relacionarse con las combinaciones y las armonías sonoras de los extraños vocablos que empleara el famoso rabino de la actual calle Siroká, el cabalista Jehuda Liwa ben Bezabel ben Chaïm, para crear el Golem: Un hombre artificial, fabricado con arcilla y barro, al que daba vida una inscripción mágica que, como narra Gustav Meyrink, atraía las ocultas fuerzas siderales del universo.
Pero a pesar de que las agujas del campanario del viejo ayuntamiento del barrio judío se mueven al revés, para el tiempo que se lleva el Moldava no se han encontrado las palabras que administren ningún remedio, y nuestros anhelos terminan, como nuestra despedida, junto a las esperanzas de los que yacen enterrados bajo las amontonadas lápidas del cementerio judío de Josefov, abrigando inútilmente el deseo de que la ciudad nos desvele el secreto de la eterna belleza. Llegamos pues al momento en el que hay que decir adiós y sin embargo, como dice Vladimir Holan, siempre quedarán por ahí algunos signos, en cierto modo, de más, con los que algún visitante especulará algún futuro: “Y en ellos, es verdad, no la perfección, aunque fuera el paraíso, sino la veracidad, aunque tuviera que ser ella el infierno...”

GROENLANDIA (LOS NORTES IMAGINARIOS)



Norte es una de esas palabras mágicas que trascienden su significado relativo y modifican la sustancia de aquello que ilustran. Son palabras que más que nombrar parecen crear su propia realidad. Quizás por eso, a pesar de que habitamos en la Europa meridional (compartimos más o menos paralelo con Florencia, Varna o Tbilisi), nuestro carácter sea norteño, quizás por eso la nostalgia de nuestros días de lluvia sea mucho más nórdica que mediterránea.
Todo Norte es una estancia imaginaria que permanece intacta tras una línea invisible que viaja con uno; lo mismo representa el Sur, aunque con la lateralidad alterada como la de una imagen observada en el espejo. El agua gira en distinta dirección en el desagüe de un lavabo antártico que en el de un lavabo ártico, lo explica el efecto de Coriolis. El Este y el Oeste, sin embargo, son nómadas y circulares como el alba y la luz del crepúsculo, como Attila y los bárbaros invadiendo las tierras del poniente, como Ulises embarcando para comenzar de nuevo la odisea, como el doctor Jekyll y mister Hyde. Los cíclicos reyes de los hunos siempre regresan con la misma ambición: llevar sus dominios hasta el último borde del mundo. Su sueño es galopar donde no crece la hierba ni humea el polvo, tocar con las pezuñas de su caballo el salitre del inmenso océano, dar un sorbo a la eternidad. Persiguen al sol, un astro fugaz. Buscan alcanzarlo y hacer que se detenga antes de su ocaso, idolatran el cénit.
De algún modo, la inmovilidad es el ideal de todas las quimeras. Un ideal brillante, lejano e inconmovible como el destello de la estrella polar que fija el Norte en el rabo de una constelación, con forma de pequeña osa, a la que cada día alzamos menos la mirada los ajetreados habitantes de la ciudad. El norte se ha hecho invisible, la hoja de la brújula resulta inútil para buscar en la calle una parcela de aparcamiento. Ese es el éxtasis actual que define una existencia de horizontes “domésticos”.
Sin embargo, en su origen, los puntos cardinales representaban el intento de las ilusiones humanas de ordenar el tiempo histórico y el basto desierto del espacio geográfico abarcando el infinito, que -como diría Valery- “es bien poca cosa, apenas una cuestión de escritura, porque el universo sólo existe sobre el papel”. En la mitología hindú los puntos cardinales se asociaban con cuatro reyes celestes que protegían de los demonios; en las eddas vikingas con cuatro enanos que sostenían el cráneo de un gigante llamado Ymir, al que asesinaron los hijos de Borr y construyeron con él la bóveda celeste. Bajo su manto habita Hamlet el danés, “el de la calavera, aquél de las parábolas” que señala Seamus Heaney en los versos de un hermoso poemario titulado escuetamente Norte. El cielo también se construye en la oscuridad y en las insolentes incursiones de nuestras ensoñaciones cotidianas. Aunque, como también advierte el poeta irlandés, hay que mantener el círculo que perfila el iris del ojo limpio como el carámbano para proseguir la búsqueda, confiando, eso sí, únicamente “en el tacto del trozo del tesoro que han conocido nuestras manos”.
Todas las historias encierran alguna búsqueda y el título de ésta es Groenlandia. En parte porque rememora las peripecias de unas almas en pena que partieron a buscar un país verde, en parte porque ese vocablo esconde un koán que incita a indagar en su pequeño misterio. Groenlandia evoca una infinidad de nortes imaginarios y, con ellos, la renovación de la posibilidad de aproar nuevamente el drakar antes de que –como diría aquel Volodia que ya casi nadie recuerda- el incidente de nuestra vida quede zanjado y la barca amorosa termine varada en lo vulgar.
El resumen podría ser, más o menos, el siguiente:
Tras verse condenado al destierro por infringir la ley, un vikingo llamado Erik “el rojo” partió de Islandia con rumbo norte y, tras varias jornadas de fatigosa navegación, desembarcó en una tierra desconocida a la que llamó Grünnland. Cuando se tuvo noticia de aquel hallazgo, éste despertó en algunas gentes la ilusión de encontrar una vida mejor en aquel sugerente lugar al que sus descubridores llamaban Tierra Verde. Varios de ellos –probablemente, entre los ilusionados, los más necesitados y los más inquietos- se embarcaron con sus familias en una travesía que unió su destino al del desterrado Erik.
Estudios arqueológicos posteriores han demostrado que la aventura de aquellos primeros colonizadores escandinavos de la actual Groenlandia, así como la de sus descendientes, terminaría alumbrando un drama con un terrible final. Aislados del mundo conocido, rotas las vías de comercio y la comunicación con la “metrópoli” islandesa de procedencia, se vieron abocados a una lucha por la supervivencia en la penumbra de una tierra mísera, dominada por hielos eternos. Su existencia podría resumirse en una penosa agonía en la que el raquitismo -producto de una permanente pobreza alimenticia- y la condena a una endémica consanguinidad reproductiva terminaron por llevarles a la extinción en una lenta degeneración que, como evidencian algunos restos encontrados, acabó transformándolos en una estirpe disminuida de seres monstruosos.
Pero, por encima de la compasión que pueda despertar esta terrible historia, inquietan los interrogantes que sugiere. ¿Cuál fue el impulso que alumbró el sueño que terminó por convertir a aquellos soñadores en seres deformes? ¿Por qué Erik ”el rojo” y sus acompañantes pusieron a aquel lugar tan inhóspito un nombre tan bello como Grünnland?
Quizás lo hicieran por precipitación o desconocimiento, quizás llegaron allí en alguna fecha del verano, quizás desembarcaron en una ensenada de tierra en la que durante la estación estival crece la hierba, quizás pensaron que el resto de aquel lugar sería como aquella pequeña franja costera. Quizás por eso le pusieron aquel nombre, quizás por eso le llamaron Tierra Verde.
También es posible que donde desembarcaran no hubiese hierba o que, aunque la hubiera, ésta escaseara, y que sin embargo sus sueños fueran más poderosos que la realidad que tenían delante, y que su imaginación, por encima de lo visible, sublimara hasta el ensueño sus deseos, y que por eso llamaran a aquel inmenso desierto blanco Tierra Verde.
Pero cabe también una posibilidad mucho más prosaica. Una posibilidad que no tiene que ver con el desconocimiento ni con la ensoñación. Quizás los desterrados vieron que aquella tierra no era más que un inmenso glaciar desapacible, quizás se dieran cuenta enseguida de que aquel era un lugar inhabitable en el que un pequeño puñado de desterrados no tenían ninguna posibilidad de sobrevivir. Quizás por eso mismo decidieran mentir y darle el nombre de Tierra Verde, quizás pensaran que otorgándole nombre de paraíso otros acudirían allí engañados, quizás pusieran su esperanza en que de ese modo, uniendo sus fuerzas a los engañados, el frío y la oscuridad de aquel paraje pudieran hacerse más llevaderos. No deja de resultar inquietante preguntarse cuál de estas posibles respuestas se corresponde con las utopías rotas del mundo en el que vivimos. Quizás habría que preguntarle a Odín, quizás él conozca la verdadera respuesta, él es el dios del Norte. Pero hace ya una eternidad que los dioses que se ocupaban de los asuntos terrestres han muerto y son tantas las heridas de la posibilidad, que incluso cabe también que el Norte únicamente sea una evidencia más de que la verdad no existe.

LA CAJA VACÍA


Remembranzas del cuaderno de K.
y los ladrones de cadáveres de seres nada indagables


Viajo todas las mañanas en un tren de cercanías y aunque el recorrido siempre es a término, tanto la huida como el regreso abarcan un tiempo insignificante que, paradójicamente, día a día va sumando con denodada terquedad alteraciones en la fisonomía de un itinerario en el que lo eterno se emparienta con una melancolía, sin aparente objeto, que apenas dura veinticinco minutos de ida y veinticinco minutos de vuelta, y se instala casi siempre cercana al mismo asiento, hacia la mitad del primer vagón, aprisionada entre el ruido de los otros viajeros y la soledad que muestran los retratos que la luz refleja en las ventanillas. Cuando el interventor emite la señal de puesta en marcha, siempre desvío la mirada hacia alguna vía vacía, me recuerda la amenaza inexorable de los caminos equivocados y la añoranza de un imaginario tren invisible poblado de fantasmas que se dirigen a algún lugar tan improbable como enigmático o remoto. Eso dura apenas un instante, el justo para que la esperanza eluda los preámbulos de cualquier conversación rutinaria y despierte la curiosidad por algo que quizás llame mi atención en las venideras estaciones intermedias, algo que desconozco. De alguna manera mi entretenimiento en el viaje consiste en practicar un juego en el que ejerzo de humilde cazador de asombros. Se trata de una especie de arqueología del olvido con la que uno se ejercita en descubrir lo invisible en lo que se ve. El que los hallazgos sean escasos convierte al juego en algo todavía más cautivador. El último se produjo hace ya algunos meses. Se incorporaba al tren en uno de los nuevos apeaderos. Era un hombre mayor, de edad indefinida y aspecto enjuto que se sentaba siempre en dirección contraria a la marcha, con la espalda recostada contra el respaldo adosado al tabique de la cabina en la que el conductor manipula los mandos del tren; un viajero sin duda semejante a tantos otros, con la única y escasa diferencia de que todos los días llevaba una caja en las manos. Una bella caja de madera adornada con un mosaico tricolor en ocres, cian y magentas formado por decenas de dibujos de unicornios alados entrelazados. Un estuche digno de servir de recipiente para cualquier prodigio: los dados con los que el penúltimo Dios perdió el universo, algún vestigio del primer alfabeto de Babel, un fragmento desconocido de aquel filósofo que en Efeso llamaban “el oscuro”, un poemario con versos superiores a los de Dante, los apuntes de una teoría física similar a la de Einstein, una receta medicinal para curar el cáncer o quizás el manuscrito del mejor relato que jamás se haya escrito. Cada día imaginaba un nuevo contenido, una nueva posibilidad a la maravilla que, estaba seguro, contenía aquella bella caja, con el inquietante temor de que aquel anciano fuera uno más de esos seres desconocidos en los que nada es indagable y que efectúan hallazgos que el azar o la precariedad de sus destinos ocultan o pierden para siempre. Expresado con un símil literario, por cada Max Brod que se guarda las cerillas podría haber un millar de individuos que terminan quemando los papeles de Kafka. A menudo me asalta la sensación de que la vida es lo queda cuando ya todo se ha olvidado y que por tanto hay sucesos de los que somos testigos que de alguna manera ni siquiera suceden, espejismos que ocurren delante de nuestros ojos protagonizados por fantasmas que, como nosotros, deambulan de aquí para allá, pisando entre los espacios que dividen lo imaginario y lo real, estableciendo una frontera confusa.
Aquel hombre enjuto hace más de un mes que no ha vuelto a subir al tren. Un buen día como hoy se esfumó llevándose con él todos aquellos tesoros. Y ahora yo, en su memoria, todas las mañanas salgo de casa en dirección a la estación con una caja vacía entre las manos, esperanzado en atraer la atención de algún otro cazador de asombros que sea capaz de prolongar las lecturas invisibles aunque el estuche no esté adornado con unicornios alados.

SANTURTZI, UN LUGAR EN UN PLANETA CON LUNA


“Quien nombra, llama. Y alguien acude, sin cita previa, sin explicaciones, al lugar donde su nombre dicho o pensado, lo está llamando. Cuando eso ocurre, uno tiene el derecho de creer que nadie se va del todo mientras no muera la palabra que llamando lo trae.”
Eduardo Galeano, (Ventanas sobre la memoria).

“Basta una milla de mar para tener una idea del infinito”
Charles Baudelaire, (Apunte de los cuadernos).

Contrariamente a lo que cualquiera de nosotros pudiera pensar de antemano, el lugar en el que se ubica esta historia es prácticamente desconocido; y eso que llevamos años caminando por él y son pocos los días en los que no nos detenemos, al menos unos segundos, para contemplarlo desde las ventanas de nuestra casa, oculto entre edificios que le han robado la línea de su antiguo horizonte marino y lo han convertido en una pequeña Babel de rostro urbano.
Lo seguimos llamando Santurtzi aunque su aspecto se parezca ya muy poco al de los Sant Yurdic, Santiorde, Santurye, Santurce o a cualquier otro nombre que llevara en otros tiempos, dentro de las 17 denominaciones diferentes que le han precedido. Pero es inevitable, los lugares, como las personas, cambian, son de naturaleza fugaz; sólo encuentran un sitio permanente en el mundo cuando son capaces de evocar recuerdos que perviven en la memoria y la imaginación de la gente. En esto, los seres y los lugares reales nos asemejamos a los seres y los lugares imaginarios, no existimos porque tengamos un nombre, sino que lo hacemos mientras resistimos al olvido; dependemos de la fascinación y la curiosidad ajenas.
Ser de Santurce es un hecho azaroso, no más ni menos importante que ser de Monrovia, Alburquerque o Baikonur. Pero, lo queramos o no, es también un hecho que conforma parte de lo que somos; nuestra identidad está hecha de trozos de memorias propias y ajenas que pululan por el aire que respiramos. Representamos al unísono continuación y novedad. Vemos el mundo aupados en los hombros de los que nos precedieron y experimentamos nuestro propio tiempo respondiendo a la renovación de algún asombro.
Acabamos de poner los dos pies en el tercer milenio navegando en esta pequeña nave terrestre que cada 365 días da una vuelta a un luminoso astro melenudo, al que miramos a la cara por el día y damos la espalda por las noches. Lo hacemos girando en una órbita elíptica que recorre un inmenso vacío entre el blanquecino Venus y el rojizo Marte, hacia el que probablemente, en este mismo siglo, se envíen las primeras naves tripuladas. Habitamos en un rincón perdido de una frágil esfera que, desde el espacio exterior, parece un bello zafiro azul; en un punto microscópico sobre el que habría que aplicar una lupa prodigiosa para que pudiera reconocernos algún astronauta. Somos algo demasiado pequeño, casi insignificante a la luz de esas grandes dimensiones que anuncian el futuro, Nuestra única importancia está en nuestra propia memoria, sin ella solamente somos una micra de polvo.
Quizás por eso los hombres han cultivado la memoria desde la antigüedad, contándose historias alrededor del fuego de padres a hijos. Por eso, desde siempre, se han ido trasmitiendo de unos a otros memorias, leyendas y mitos. Pero de un largo tiempo a esta parte, sometidos a las exigencias y las urgencias que dicta la vida moderna, hemos ido dejando de practicar esas sanas costumbres: el pasado se pierde, los abuelos ya no cuentan las historias del lugar a sus nietos, y los personajes reales o imaginarios que habitaban esas viejas historias desaparecen convertidos en espectros errantes, sin saber quiénes son. Se ponen delante del espejo y comprueban que ya no reflejan ninguna imagen en él; se vuelven desconocidos, condenándonos a pasear en soledad por un paisaje que se puebla de nombres que no nos dicen nada.
Decimos Santurtzi y lo mismo podríamos haber dicho Eirunepé o Jullundur. Nos hemos perdido en un lugar situado en algún punto aparentemente invisible de un planeta con luna.

ANGEL OF HOPE AND CALENDARS



Hay una cruz de fuego sobre la colina y crines de oro rozando la almohada en la que el bostezo interrumpe los redobles de los tambores que suenan sobre el campo de Gettisburg... Francis Ford Coppola recrimina al regidor que ha hecho sonar su plaqueta, cuando el general Lee daba la orden de disparar contra el espantapájaros, y jura que no filmará otra secuencia que trate de Vietnam... Mary lleva cintas negras y medias azules... Ha reservado el último baile para el hijo del dependiente de la tienda de electrodomésticos. Tiene pies pesados y vocabulario de siete palabras, pero es hábil desabrochando precintos... ¡Absalón, Absalón! Vendrá el catorceavo apóstol y nos contará la verdad. ¿Por qué el amor no nos corresponde? Dicen que Woody Allen va a rodar una biografía de los Rosemberg y busca actrices tetonas para sentar en la silla eléctrica.... What you ask is against regulations Who are you... Dijiste que nos volveríamos a ver y aún te aguardamos, Dalton Trumbo ¿A ti también te cortaron los brazos en la tierra de los libres y en la patria de los valientes? Kareen, Kareen, Kareen... Cuantas cosas se pueden obviar solamente con un nombre de mujer... Hijastros de Malcom X asistirán como manadas de perros callejeros a los oficios y preguntarán por Bod Dylan y Leonard Cohen... Sentados en el último banco de la capilla oirán decepcionados el sermón del presbítero... El FBI continúa tomándole huellas dactilares al cadáver... Y Tom Joad sigue viaje hacia la caliente California... Aunque hace una eternidad que abandonó la gris Oklahoma con su camión rojo...

CAFÉ EUROPA


La hormiga escaló varios centímetros la blancura de la taza como si caminara sobre la nieve, hasta que el dedo del hombre, al que había empujado a sentarse en aquel rincón la casualidad y el aburrimiento, la aplastó contra el borde del volcán de té humeante... Acababa de mirar su reloj, marcaba las ocho de la tarde, y nada le llevó a considerar el horror del insecto. Por su cabeza cruzaban solamente algunos pensamientos contrapuestos: Aunque acorten los días de agosto, sigue habiendo suficiente luz para el que no tiene un interés especial por ir a ninguna parte...
Sin aparente relación con aquellas voces sin sonido, en un cuadernillo que descansaba al lado de su brazo izquierdo, se podía leer: "El humanismo impenitente. Aproximación al mito de Caín y Abel como reflejo de un conflicto entre tribus nómadas y sedentarias. Ponencias sobre el Curso de Etica Social, Universidad de verano".
Al camarero que dejó el tiquet con la cuenta de pago sobre estas líneas, nada le desvelaban aquellos breves renglones sobre un hombre desconocido. Un cliente es un cliente. Y pasando por caja se leen automáticamente los códigos de barras que, para abreviar la semántica, traducen a números el sustantivo que acompaña a los artículos... Al otro lado de una amplia cristalera sobre la que recostaba ligeramente su hombro derecho, los ojos del hombre podían ver que comenzaban a caer las primeras gotas de un aguacero veraniego y el deambular presuroso de un montón de gente que, segundos antes, paseaba de aquí para allá.
- ¡Ya hace falta que llueva un poco para que limpie la atmósfera! ¡Tampoco son buenos tantos calores!
Aquellas frases, lanzadas al aire sin ningún destino, como el pitido de una locomotora a la que no se divisa y se la imaginan raíles y horizonte, provenían de la abultada garganta de un grasiento bebedor de cerveza que se columpiaba peligrosamente encima de un taburete, acompañado por una mujer de igual generosidad en la ocupación de espacios; a la que se debería cobrar una tasa especial de impuestos por la sobreacaparación de volumen de suelo y aire patrio.
Esta impiadosa ocurrencia pasó como un relámpago por los pliegues de la frente del hombre que, disimulando una mueca parecida a una sonrisa, aguantaba estoicamente el escrutinio idiota de aquella mujer, demasiado colmada de mundo para que le cupiera una onza de espíritu.
El hombre estaba a punto de comenzar a reírse, pero el ruido hecho por el paraguas que sacudía en la puerta un nuevo cliente , atrajo su atención momentáneamente. Una joven de corta melena morena y chamarra vaquera era la causante de aquel ligero estruendo... "O es una previsora extraordinaria o acaba de salir de casa. Era difícil imaginarse que hoy pudiera llover, con el hermoso día que ha despuntado esta mañana..."
- ¡Camarero, esto es una máquina de discos o un desintegrador de dinero!
- ¡Déle una patada! Los instrumentos finos funcionan con cariño.
El bebedor de cerveza había echado una moneda a la máquina de música ubicada a un lado de la barra, pero que había que zarandearla un poco para que funcionara, no venía detallado en las instrucciones.
El hombre volvió a fijar su interés en la cristalera. Detrás del cristal, el aguacero parecía querer demostrar que no era un fenómeno anónimo provocando un pequeño diluvio. En la acera desierta predominaban ahora los tonos grises. El hombre sonrió. Sobre el plano de aquel ventanal, que ejercía de lienzo, veía reflejada su abstracta existencia llena de vacíos y retornos... Lo que le hacía gracia era que, en fluorescente rojo y azul neón, brillara, rubricando el cuadro como una metáfora, el rótulo del local: "Europa Café".
Al fin el gordinflón debió de dar el empujón adecuado; el tocadiscos giraba monótono, liberando los sonidos de una canción conocida: "Lágrimas en el cielo" de Eric Claptón. Así tradujo, para sí, el hombre: "Tearns in Heaven".
"Son males de la edad, de la edad... La madurez es la tragedia del tiempo, la vejez solamente números en un reloj al que no se puede dar cuerda dos veces..." El hombre giró su cabeza hacia el interior del establecimiento. Un pequeño chaparrón en el mes de agosto no era suficiente motivo para ponerse transcendente. Su dubitativa mirada rastreó buscando el amparo de un alma gemela. La muchacha de chamarra vaquera estaba sentada a tres metros de él dando pequeños sorbos de una taza de café, con las pupilas reconcentradas en una inexpresiva fijeza, en la que era difícil imaginar alguna preocupación mundana. "Quizá su rostro estuviera en exceso tostado por el sol, quizá los labios contenían demasiado desdén, quizá en la línea sombría de los ojos sobraba algo de oriente, pero resultaba atractiva". Aquella especie de repentina y dulce perturbación contribuyó a avivar su curiosidad, era una facultad mágica que le encendían algunas mujeres. A él le gustaba jugar a un juego antiguo, una especie de solitario de imágenes, cuasi recuerdos-fotogramas superpuestos, para fantasear en el umbral del enamoramiento... Era una secuela incurada de su pasado adolescente, una secuela tan grata como ingenua. Le agradaba atrapar imágenes de rostros juveniles y enredarlas en su imaginación comparándolas con antiguos desengaños... ¿Amores o deseos? Era un eufemismo, el tiempo debería tomarse la eternidad para dar un veredicto sobre aquella aparente insignificancia: amores o deseos... Llevaba meses o años sintiéndose como un mero observador de su propia existencia, como un espectador de un televisor que se encendía pulsando levemente sobre el ombligo.
Eran demasiados pensamientos para encadenarlos de un golpe y la muchacha se había percatado de que estaba siendo observada. No parecía molesta. Debía tener un carácter templado, bastante menos salvaje del que insinuaban aquellos grandes pendientes de aros plateados. "El rostro es indulgente. Alicia sería un nombre bonito, al menos, serviría para rehabilitar el apelativo de un homónimo desengaño".
Aquella breve reflexión le turbó especialmente; desde niño había construido demasiados sueños con los ojos abiertos, demasiados duelos victoriosos de húsares y espadachines en los que, al final, siempre se llevaba la última dama.
La muchacha echó hacia atrás su silla, para dejar el suficiente espacio donde apoyar el bolso sobre unas piernas enigmáticamente largas, y extrajo un pequeño monedero. Luego se levantó vital y ligera y dijo un adiós leve, antes de dirigirse a la barra. Se alejaba con el encanto de su misterio y aquella escueta despedida, como si tuviera necesidad de decir: "lo siento, pero esta noche no asistiré al baile prometido..." Demasiadas alucinaciones... El hombre volvió a dirigir su mirada hacia la cristalera para ver si mermaba el aguacero. Dos jóvenes, ataviados con grandes botas de cordones cruzados y unas camisetas sacadas de una estampa de hazañas bélicas, totalmente empapadas por el bombardeo silencioso del agua, pasaron junto a la ventana como espectros resucitados en la calle abandonada.
La pareja de gordos se había esfumado, sorprendentemente, sin estruendos, y la visión del local resultaba ahora bastante más amplia.
El hombre volvió a dejarse llevar por los caprichos del inconsciente. La muchacha se dirigió hacia la puerta del establecimiento. En su mano derecha el paraguas sobresalía triste como una flor cerrada. "La heroína abandonaba la historia empujando a la horfandad al dueño del sueño y el lugar se queda sin alma". Se estaba volviendo a poner transcendente..
En el encuadre de la ventana el cristal se debatía entre la transparencia y el espejo. A los dos jóvenes de botas encordonadas no les debía de gustar aquel final mediocre y, sin ningún otro motivo aparente, se cruzaron en la huida de la muchacha con una violencia tan absurda como injustificada. Tal vez su estampa de espectros en pena del Africa Korps no podía admitir que ningún intruso atravesara su desierto, tal vez les molestaba que una piel morena les hubiera robado una cuota de sus rayos de sol, tal vez sea una estupidez el preguntarse porque jadean las hienas y aletean los buitres.
El hombre permaneció inmóvil como un imbécil los tres o cuatro minutos que los energúmenos dedicaron a humillar a aquella víctima inocente. La muchacha cruzó los ojos con los suyos. Había en ellos lágrimas de pavor e impotencia exigiendo silenciosamente auxilio. Un hilillo rojo le manaba de la nariz, acusando al héroe que seguía petrificado en la ventana. Por un instante, el hombre luchó con un sentimiento absurdo, algo le empujaba a culpabilizar a la joven, algo le decía que debía buscar una coartada que justificase su miedo. Iba a avergonzarse, pero se dio cuenta de que el paraguas, abandonado y roto sobre la acera como una flor recién arrancada, mostraba la evidencia de su autoengaño. La muchacha se alejaba avenida arriba, en la calle volvía a reinar una paz solitaria.
Apartó con una mano la taza de té y con la otra enrolló los papeles: "El humanismo impenitente. Aproximación al mito de Caín y Abel como reflejo de un conflicto entre tribus nómadas y sedentarias. Ponencias sobre el Curso de Etica Social, Universidad de verano". "Mienten las palabras de los discursos, igualmente que se traicionan los sueños que se construyen despierto". Aquel último pensamiento le hizo daño, pero el cuadro del ventanal había invertido el lienzo y, en él, tan sólo se reflejaba el retrato de un ser inerte con un enfebrecido horror a la muerte; a una muerte que, sin embargo, no quita ni da la vida a nadie, no hace otra cosa que enterrar a los que ya están muertos, resguardados en su vacua y solemne pretensión de eternidad...