miércoles, 26 de diciembre de 2007

UN PAR DE BALANDRISTAS


Un niño, con el oído pegado a los raíles, está escuchando el tren. Perdido en la omnipresente música, poco le importa si el tren viene o se va... Viaja. Viaja y se topa con algunas señales de que existen otros mundos. La primera consecuencia es que el monte Serantes deja de ser un gigante. En aquella época, la empinada subida desde el fuerte al castillo nos parecía que nos graduaba como alpinistas consumados. Todo es relativo y para nuestros ojos infantiles, muchos sábados y domingos, aquellos 445 metros de altura eran nuestro único y particular Everest. El descubrimiento de la diferencia es, en cierta manera, también la primera aproximación al sentimiento de identidad. Sin identidad nada tiene medida, todo es uniforme: una cuesta se cree una montaña. La anécdota que marca mi primer descubrimiento de esa diferencia que ilumina la identidad tiene que ver con unas simples zapatillas. Tenía nueve o diez años y era un recién llegado al Colegio Santa María de Portugalete. Un día, mientras nos cambiábamos de ropa para asistir a los ejercicios de gimnasia, al solicitar a los compañeros que me acercasen los balandristas -que era como en mi casa siempre se habían llamado a las zapatillas de lona con cordones y suela de goma- me di cuenta de que ninguno de ellos sabía qué les pedía. Era como si les hubiera hablado en chino mandarín. Las posteriores chanzas a las que dio pie -en aquel mayoritario grupo de compañeros portugalujos- que alguien llamase a las playeras balandristas, hizo que, espontáneamente, los tres o cuatro santurzanos que estábamos allí nos diéramos cuenta de que aquella microscópica variedad lingüística que representaba el término balandrista nos unía en un sentimiento solidario de pertenencia a algo, a lo que aún no dábamos el apelativo de identidad, pero que era profunda y singularmente sentido como propio por todos nosotros. De alguna forma acabábamos de descubrir que no existía un solo lugar en el mundo, que Santurtzi estaba pegando a Portugalete, pero no era Portugalete.
Sin identidad y sin comprender la diferencia que alienta la diversidad no se puede asimilar lo común y, aunque resulta paradójico, tampoco puede aprenderse el respeto por el otro, porque nada hay más irrespetuoso que la uniformidad.
Las gentes de Ráivola conocen que el percherón normando y el shine-horse frisón se utilizan para tirar de arados y carros; que el corcel árabe y el purasangre inglés se emplean para practicar la equitación y correr en el hipódromo, pero no encuentran explicación para esos potros islandeses que trotan libremente limitándose a mirar con indiferencia los coches que circulan por la carretera y, de vez en cuando, se animan unos a otros empujándose levemente con el hocico.
Para mí Islandia no fue un lugar concreto hasta cuando, en el verano de mis trece años, los periódicos repetían todos lo días la palabra Reykjavik para contarnos las partidas de aquel campeonato del mundo que enfrentaba a Bobby Fischer con Boris Spassky. Lo llamaban el “Match del siglo” y despertó en muchos de nosotros el interés por el tablero de ajedrez. Antes de aquello, Islandia era la denominación de algo demasiado lejano. Los conceptos de proximidad y lejanía también tienen que ver con la comprensión de lo diferente. En el universo de mi niñez ir a Bilbao era viajar, viajar a un lugar en el que uno se cansaba de recorrer tiendas y mirar escaparates, y algunas veces se terminaba obteniendo como recompensa por el cansancio de la caminata un bollo de mantequilla en alguna pastelería. He de reconocer que ese sentimiento de lejanía respecto a Bilbao sigue persistiendo en mí, por eso cuando alguien habla de Gran Bilbao me chirría un viejo resorte aldeano. Viajar a Bilbao en mi memoria infantil sigue siendo sinónimo de lejanía. Quizás por eso nunca he pedido un par de balandristas en ninguna zapatería de las Siete Calles.

Barcos de mármol y mares de vinagre



Desde la atalaya de la edad adulta la juventud casi siempre se observa con una fatua y falsa conmiseración. Casi siempre se destacan con exagerada autocondesdencia y apresurado alivio los defectos de las generaciones que vienen por detrás. Enseguida nos gusta confirmar que son peores que la nuestra. En nuestro tiempo esas cosas no pasaban. Éramos más respetuosos. Más listos. Más no se qué. Menos infantiles. Lo mismo decían nuestros padres comparándose con nosotros y nuestros abuelos respecto a nuestros padres. La secuencia es perenne y se remonta hasta antes de los romanos.
La falsa conclusión que cabría extrapolar de este común modo de pensar es que el crecimiento de la estupidez es exponencial. La juventud de hoy es siempre peor que la de ayer, adultos dixit. Es como si la desmemoria y la edad siempre tendieran a buscar una coartada para la revancha en otros que, siendo básicamente como nosotros, son jóvenes en otro tiempo y sencillamente poseen una juventud que nosotros hemos perdido por simple e inexorable determinismo vital.
Pocas cosas hay que compartamos más los adultos que la aceptación de la censura de lo defectos de los niños y los adolescentes y el apresuramiento a dictar un remedio que, supuestamente, los debe poner en la “buena vereda”. Alguien pregunta ¿cuánto pesa el mármol en vinagre? Y al otro día alguien receta un nuevo cambio de plan educativo, con una propuesta de un puñado más de horas lectivas que siempre resultan insuficientes.
Es un enorme autoconsuelo achacar los males de los mayores a la mala educación de la infancia. Los pinchazos de la vacuna y los malos tragos de la cucharada de jarabe los alejamos de nosotros. La primera constante es que todos los males sociales se los adjudicamos a la infancia. La segunda que a la pregunta del mármol y el vinagre siempre contestan más acertadamente los escolares en Noruega y en Finlandia.Los profesores dicen que los alumnos ahora leen menos, pero no sabemos cuánto leen ellos. Es igualmente probable que a la pregunta de cuánto pesa el mármol en vinagre también los docentes contesten mejor en el Helsinki. Lo que es seguro es que hace tiempo que en sus aulas han universalizado el uso del ordenador e internet desde el primer curso. Como diría Robert Louis Stevenson, siempre tendemos a reconocer que nos hemos equivocado antes, y de ello sacamos la asombrosa conclusión de que ahora, por fin, sí que estamos en lo cierto.

Si es que Islandia existe


Islandia es uno de esos países que casi no existen, uno de esos lugares del que casi nunca –en ningún tiempo- llegan noticias. Esta perpetua desaparición se rompió fugazmente, sin que probablemente casi nadie lo notara, hace unos días, cuando en las páginas de deportes de algunos periódicos se recogía el breve apunte de una noticia, proveniente de Reykiavik, que no tenía nada de deportiva y que iba encabezada por un titular que decía: “Bobby Fisher ingresado con ‘signos de paranoia”.
Debajo del titular, en un pequeño encabezamiento que bien pudiera servir para el comienzo de una novela negra de John Le Carré, se añadía: “A sus 64 años, vive recluido y de la caridad con el temor de un complot de la CIA para llevarlo a Estados Unidos”. Pero de la misma manera que suele decirse que el Guggenheim ha puesto a Bilbao en el mapa, se podría afirmar que Bobby Fisher lo hizo, hace ya la friolera de 35 años, con Reykiavik. Fisher es pues un Guggenheim islandés del que habría que decir que no vive de la caridad sino del pago a unos impagables servicios prestados.
Bobby Fisher y Boris Spassky -quien casualmente visitaba Bilbao el mes pasado- están mágicamente asociados en mi caso, como supongo que en el de muchos otros de mi generación, con la nostalgia de un lejano verano adolescente de pantalón corto y de una repentina fiebre por el juego del ajedrez, despertada por aquel duelo que se denominó el “match del siglo”.
Un match que alcanzó connotaciones mitológicas y, por encima de la lógica de los movimientos de las piezas sobre los escaques, se elevó a la categoría de máxima metáfora de la época de la “Guerra Fría”. La metáfora, como todas las metáforas resulta injusta y tiene bastante de exageración, pero convirtió a los dos personajes de aquel singular combate en una especie de reencarnados Aquiles y Héctor modernos.
Como en la historia mitológica, de nuevo el fiero Aquiles derrotó al caballeroso Héctor, y, como en esa misma historia, la antigua URSS terminó en ruinas como la antigua Troya. También como en aquella historia, los héroes finalmente han resultado más humanos que sus dioses, y todo parece indicar que este formidable Aquiles también tiene su frágil y trágico “talón”.
Lo que quizás también pudiera ser es que el Bobby Fisher actual, el temeroso de todo, el paranoico, el aterrado por posibles complots de la CIA, fuera una nueva metáfora de los victoriosos atenienses modernos.

El hijo de Enola Gay


Quizás literariamente podría decirse así: probablemente el deseo de la existencia de dios es proporcional al deseo de justicia. O, dicho de una manera más mundana, el deseo del remedio es proporcional al deseo de la necesidad. Quizás sí, quizás la enormidad de un deseo es proporcional a la de otro deseo, quizás también la enormidad de una insatisfacción sea proporcional a la de otra insatisfacción. Después de todo, los deseos son deseos, y cuanto más grandes son, más se encadenan y menos se cumplen. Dicho también literariamente, nadie imploraría al cielo si hubiera justicia en la tierra.
El pasado uno de noviembre, día de todos los santos –caprichoso sarcasmo en la efemérides elegida por el destino para entregar su cuerpo a las cenizas- moría apaciblemente en una cama de su casa en Columbus (Ohio), sin asomo de remordimientos y en asombrosa paz consigo mismo, a la considerable edad de 92 años, el ex-general de brigada Paul Warfield Tibbets, Jr. Según un no menos sarcástico apunte periodístico, digno de figurar en un lugar preferente en la antología más negra del humor más negro: “Dejó como sobrevivientes a su esposa y tres hijos”.
Según cuentan, el padre de Paul Warfield Tibbets Jr. quería que su hijo fuera médico pero su madre le apoyó en su deseo de ser piloto aéreo. Un deseo que –otra negra ironía- surgió cuando, a la edad de 12 años, fue invitado a subir a un biplano que estaba efectuando una campaña publicitaria para lanzar caramelos desde el aire sobre una multitud en el hipódromo de Hialeah en Florida.
Dieciocho años después, despegaba de madrugada de Tinián, en las islas Marianas, pilotando un Boeing de 43 metros de largo al que bautizo con el nombre de su querida madre, Enola Gay. En los prolegómenos del despegue, un fotógrafo, cámara en mano, le dijo: “vas a ser famoso, así que sonríe”.
Seis horas después, aquel aparato soltaba desde 9.632 metros de altura un artefacto que llevaba el macabro nombre de “Little Boy” (Niño pequeño), asesinando a 140.000 personas. La inmensa mayoría de los muertos, en medio de aquel hongo apocalíptico desatado por una sola bomba sobre la ciudad de Hiroshima, fueron ancianos mujeres y niños. Cerca de 90.000 personas más murieron en los años siguientes por enfermedades crónicas derivadas de la exposición a la radiación.
Si hubiera dios, Paul Warfield Tibbets Jr. y los que ordenaron aquella matanza pasarían la eternidad en el infierno.

domingo, 4 de noviembre de 2007

HOCUS POCUS



El que algunos de nosotros sepamos leer
y escribir y un poco de matemáticas,
no significa que merezcamos
conquistar el universo.
Kurt Vonnegut, Hocus Pocus

Hocus Pocus no tiene traducción, es la expresión de un hechizo, un encantamiento, las palabras mágicas de un conjuro, también es el título de una de las obras de Kurt Vonnegut, un trabajo –son palabras suyas- de ficción pura dedicado a la memoria de Eugene Víctor Debs, un insobornable pacifista y líder sindical norteamericano cuyas palabras más famosas Vonnegut incluye en el dibujo de una lápida que figura al comienzo del libro: "Mientras exista una clase inferior, perteneceré a ella. Mientras haya un elemento criminal, estaré hecho de él. Mientras permanezca un alma en prisión, no seré libre."
Kurt Vonnegut, tristemente, nos dejó la pasada primavera; dejó este mundo, un mundo que le divertía y le entristecía de parecida manera, a la considerable edad de 84 años, tras una caída en su casa de Manhattan que le provocó importantes daños cerebrales, después de, entre otras suertes, – ironías finales de un humorista sarcástico- haber sobrevivido a los combates de la segunda guerra mundial y al criminal bombardeo aliado de Dresde escondido en el sótano de un matadero siendo prisionero de guerra, así como a décadas y décadas de inmensas humaredas consumidas por un empedernido impenitente fumador de tabaco.
Recién otorgado el premio Nobel de Literatura de este año a la también octogenaria escritora británica Doris Lessing, se puede asegurar, sin ningún temor a equivocarse, que la academia sueca, con su desaparición el pasado mes de abril, perdió para siempre la posibilidad de otorgar el mencionado galardón a un escritor que por su singularidad –y suponiendo, que es mucho suponer, que los Nobels deban ser siempre merecidos- merecía como pocos; un escritor que entre otros epitafios bien podría lucir en su tumba uno que recogiera el sencillo elogio de Gore Vidal: “Kurt nunca fue aburrido”.
Es cierto, Kurt Vonnegut nunca resulta aburrido. Ni cuando habla de cosas transcendentes: “¿Por qué estamos en este mundo? ¿Hay alguna figura preeminente que le dé sentido a todo esto, un dios que después de todo, a pesar de hacer sufrir a la gente, les quiera bien?”. Ni tampoco cuando habla de cosas mundanas: “No hay términos indecentes en este libro, excepto "infierno" y "Dios", por si alguien teme que algún niño inocente pueda ver 1. La expresión que utilizaré para referirme al final de la Guerra de Vietnam es la siguiente: "Cuando el excremento llegó al aire acondicionado." Quizá el único precepto que me enseñó el abuelo Wills y que he respetado durante toda mi vida adulta es aquél que reza que las palabrotas y las obscenidades autorizan a las personas que no quieren oír información desagradable a hacerse las sordas y ciegas”. Ni siquiera cuando habla de sí mismo: “He descubierto que un humanista es una persona que tiene un gran interés por los seres humanos. Mi perro es un humanista”.
Kurt Vonnegut se autodefinía como un escéptico religioso y un librepensador humanista, y fue tan consecuente con esa definición que, precisamente por ello, hubo un tiempo en el que sus libros fueron prohibidos y hasta quemados por su presunto “contenido obsceno”. Hubo incluso críticos que, molestos por ese ácido sentido del humor con el que agujereaba los argumentos de los bienpensantes oficiales, le tildaron de ser un filósofo de tebeo y un suministrador de aforismos vacíos. Él, sin embargo, se limitaba a sostener que, por esencia y por definición, la literatura está cargada de opiniones, y disparó, como pocos, sus dardos contra la estupidez humana. Quizás por eso la lectura de sus obras sigue resultando interesante. La estupidez es un tema inagotable y, da igual el siglo en el que nos encontremos, nunca pierde un ápice de rabiosa actualidad.
Vonnegut es un escritor difícil de encasillar, incluso hay quien sostiene que es el inventor de un nuevo género literario. En sus obras, donde combina el humor negro, la sátira, elementos fantásticos y ciencia-ficción, citas y chistes ingenuos, técnicas vanguardistas y filosofía, se denuncia las lacras de la guerra, la suicida degradación de un medio ambiente que amenaza con hipotecar el futuro terrestre, la podredumbre de los psicópatas que rigen actualmente el mundo, así como las angustias existenciales y los absurdos de la vida moderna; todo ello con un estilo intraducible, un estilo al que también se le podría aplicar la expresión Hocus Pocus porque funciona como un conjuro o un hechizo, con las palabras mágicas de un continuo encantamiento: “Éste es el único de los relatos cuya moraleja conozco. No creo que sea una moraleja extraordinaria. Sólo que en esta ocasión sé cuál es: somos lo que aparentamos ser, así que debemos tener cuidado con lo que aparentamos ser”. Kurt Vonnegut fue un extraordinario escritor y nos ha dejado sus libros para continuar el prodigio de seguir releyéndolos. Así es. Hocus Pocus.

sábado, 6 de octubre de 2007

LA POSIBILIDAD PERFECTA


Pero un día, lo sé / será, de otra manera”.
Jane Kenyon, De otra manera


Hay poetas, pocos, uno o dos tal vez, que no escriben poemas sino que hablan de ti; que viven en el portal de al lado; que a menudo comparten contigo colgador o pinzas o funda de almohada o viento o tazón de café humante o no se qué. Hay poetas que conocen tu penúltimo temblor y a la mujer de la pañoleta azul, y el sabor dulzón de ese último beso que traerá el futuro, y las palabras que nunca dirás, y el silencio que sellará tu última despedida. Hay poetas que son mucho más tú que tú mismo; sus dudas son tus dudas; sus miedos tus pesadillas; sus dolores tus gritos. Hay poetas sin los que, una vez abierto un libro, no se puede vivir; se instalan para siempre en la mirada. Hay poetas que son la puerta por la que Alicia atraviesa el espejo hacia al país en el que Peter Pan nunca muere y el reloj se trasforma en playa y la ausencia en océano. Hay poetas a los que dios ha de expulsar del paraíso para que no le hagan sombra y otros a los que ha de expulsar el diablo si quiere guardar para el postre alguna manzana del árbol prohibido. Hay poetas que son voz en un universo en el que el principio y el fin son las dos caras de la más absoluta nada. Hay poetas que ayudan a vivir a los que nunca aprendemos a vivir. Hay poetas, pocos, quizás uno o dos, en los que el azar te regala una tarde como otras muchas, en la que te sientas junto a la luz de la ventana para leer y la primera página del libro recién abierto anuncia una posibilidad perfecta. Hay poetas que conocen la verdad en todas las lenguas de Babel y, como tú, a menudo, también mienten. Y también hay poetas que están a punto de volver a morir hoy y ayer eran inmortales, porque a veces ocurre que “lo que parece un desastre es un desastre, al fin llega el día y los hombres mueven penosamente el ataúd que pasa con dificultad entre los bancos de la iglesia”. Hay poetas que no son ni claros ni oscuros, simplemente escriben poemas que se pueden deshojar con los dedos: me quiere, no me quiere, y cada Sí y cada No te contienen. Hay poetas que te advierten de que “el futuro no es lo que solía ser” y que “las cosas que podrías necesitar en la próxima vida te rodean: tu peine y tus gafas, agua, un libro y una pluma”. Hay poetas que saben que el dolor es más inmenso que el universo y cabe en un solo corazón, y que a veces también ocurre que la poesía es el único lugar seguro, el refugio en el que lo ordinario se transforma en sacramental y por unos instantes leer se convierte en sinónimo de resucitar antes de que el reloj reanude el tic tac de la danza de los dados en el cubilete. Hay poetas, pocos, quizás uno o dos, -aunque sea repetirse- con los que te sientas junto a la luz de la ventana para leer y allí, donde nadie la esperaba, termina surgiendo una posibilidad perfecta.
Dice el premio Pulitzer de Poesía, Ted Kooser, que “tenemos que volver a la época en la que los poemas sean de nuevo útiles, entretenidos y puedan añadir algo a nuestras vidas”. Y yo pienso que todas las épocas, en cierto modo, son la misma época, y que nada vuelve aunque el presente sea permanentemente eterno retorno y la tesis más probable siga siendo que la verdad no exista, y que hay poetas, uno o dos tal vez, como Jane Kenyon a los que se puede amar por algo de lo dicho anteriormente o por –usando sus propias palabras- “el olvido, nada, o alguna condición aún más extrema que adivino pero no sé nombrar”.

lunes, 3 de septiembre de 2007

"LOS MANUSCRITOS NO ARDEN"


"El problema es el siguiente: aunque no podamos descubrir,
por lo menos ahora, a sus admiradores,
no hay garantía de que no existan.
"
Mijail Bulgakov, El maestro y Margarita

El último y voluminoso libro (ésta es una novedad, en un autor acostumbrado a brillar en relatos de alientos más cortos) del gallego Manuel Rivas, libro que está cosechando críticas enormemente elogiosas, lleva el antiflamígero y moderadamente optimista título de Los libros arden mal. Un título en el que resuena el eco de aquella premonitoria frase de El maestro y Margarita de Mijail Bulgakov en la que Voland –palabra del mismísimo Diablo- decía: “Los manuscritos no arden”. A Mijail Bulgakov, los agentes de la temida OGPU le quitaron todos los manuscritos que encontraron en su casa en un nocturno registro policial, incluyendo dos ejemplares de su novela Corazón de Perro y varios cuadernos que contenían su Diario personal. Manuscritos que consiguió recuperar después de varios años de instancias y peticiones exigiendo que le fueran devueltos, y que, apenas recuperados, quemó en la chimenea de su casa, desesperado por el ambiente irrespirable en que vivía y por el ninguneo y la censura a la que estaban sometidas sus obras.
Bulgakov murió un 10 de marzo de 1940, apenas unos días después de terminar una última corrección al manuscrito de El maestro y Margarita, novela que su mujer escondió de las garras de los censores durante veinticinco años. En el manuscrito dejó escrito de su puño y letra esta autoadvertencia: “¡Terminar antes de morir!”. Varias décadas después, la conocida frase, incluida en la última y más conocida de sus obras, que aseguraba que “Los manuscritos no arden”, se hacía irónicamente realidad con la recuperación de las copias policiales que, de su Diario y de algunos otros de aquellos escritos que el propio Bulgakov tiró al fuego, conservó la KGB en los archivos de los sótanos de la Lubianka. El propio Bulgakov había elegido esta no menos premonitoria cita del Fausto de Goethe para el prefacio de El maestro y Margarita:
“- Aún así, dime quién eres.
- Una parte de aquella fuerza que siempre quiere el mal y que siempre practica el bien.”
Y es que, de alguna manera, sostener que “los manuscritos nunca arden” es confiar en la bondad del Diablo. Se pueden incluso acumular en vano varios ejemplos, intentando justificar dicha bondad. Entre ellos, el de la traición de Mad Brox a su mejor amigo: Franz Kafka mandó quemar sus escritos, pero los manuscritos no arden, y hoy podemos releer las andanzas de Joseph K y Gregorio Samsa.
En una entrevista concedida a Paris Review, George Steiner, argumentando acerca de la extraordinaria suerte que consideraba haber tenido al nacer y de la afortunada herencia cultural que había recibido de unos progenitores ilustrados y poliglotas, contaba que un tío abuelo de su madre, que, al parecer, también fue en otro tiempo un reconocido escritor, fue el hombre que descubrió el manuscrito del Woyzeck de Georg Büchner en casa de un boticario. En este caso, los manuscritos no se pierden podría ser una variante sin llamas de los manuscritos no arden. Pero esto sólo sería aparentemente cierto si pusiéramos aquí el punto final y no se contara que, asustada ante la idea de contravenir tabúes sexuales, la novia de Büchner arrojó al fuego el manuscrito de su Aretino (probablemente la obra maestra de alguien que murió a los 24 años de edad y ya había escrito obras como La muerte de Danton o Woyzeck).
Lamentablemente, “Los manuscritos no arden” a pesar de ser una frase sorprendentemente premonitoria para El maestro y Margarita y otros muchos de los textos de su autor, es un afirmación encuadrable en un archivo de eternas ilusiones humanas junto a predicciones como la de –por citar a un irónico ilustrado, como Bulgakov- Voltaire, quien predijo con una total e infundada seguridad la abolición de la tortura judicial en Europa. Sin embargo, hoy sabemos que aquella otra premonición que hizo en Alemania en un lejano 1821, un escritor no menos famoso -coetáneo de Georg Büchner- llamado Heinrich Heine: “Donde hoy se queman libros, mañana se quemará a seres humanos”, ha sido horriblemente cierta. Los manuscritos no arden o Los libros arden mal son, por todo ello, frases que pertenecen a una ilusa y perenne Gramática de la Esperanza, una Gramática de la Esperanza que carece de valor para los muertos pero cobra sentido y a veces, incluso, hasta se convierte en feliz premonición en los labios de los supervivientes.

PALABRAS DE AGUA



El presente se nos escapa y desaparece como el agua entre los dedos. Nunca se aprende a vivir, nunca encontramos esa línea que separa lo importante de lo superfluo, no está a la vista, no existe. Las palabras ven y hablan de nosotros en el lenguaje del que las lee como las imágenes lo hacen en la impresión visual de aquél que las mira. Cada instantánea condensa un pudo ser y un olvido. Por eso las palabras parten de la arbitraria consideración de que, sea cual sea el enfoque elegido para apretar el obturador que fije la fotografía del agua, su transparencia ejerce de espejo. Un espejo fácilmente resquebrajable como todos los espejos; simple cristal azogado con trozos de memoria e imaginación que reflejan en la metáfora del agua la constancia de lo que somos: frágiles seres hechos de tiempo y fugacidad.
Da igual que el valle se llame Valdegobia o Fergana, da igual que sea apacible o abrupto; el valle lo talla el agua y el hombre talla las piedras que lo hacen habitable. Cada uno a su manera no hace otra cosa que emplear su energía en esculpir el transcurrir. Ella vaciando lo que se ha perdido, arrastrándolo hacia las profundidades del océano, hacia esas capas abisales donde es posible detectar el matiz del azul. Nosotros recordándolo, dando una vuelta más al reloj de arena que recogemos de playas y meandros, donde varan las voces de los náufragos... Lo que fuimos, lo que soñamos, lo que escriben en los sonidos de las caracolas las mareas.
Nuestra primera amistad, por tanto, es para la piedra. Su aparente solidez contiene nuestro deseo de permanencia, esa nostalgia de la memoria que llamamos eternidad. Con ella edificamos el refugio hogareño en el que ponemos a salvo nuestros recuerdos, esos que, aun haciéndonos vulnerables, garantizan que nuestra existencia no sea ilusoria. Con ella edificamos el puente que permite hacerse la ilusión de que caminamos sobre la corriente de agua. Ningún puente a pesar de su belleza precede al río, pero todos, como el recuerdo, parecen eternos en su apariencia, velando a sus caminantes aunque los pies no estén.
Nuestros nombres están hechos de agua, no es necesario zambullirse para sentir nuestra pertenencia a la humedad. Reconocernos nos obliga a contemplar. Este es un verbo antiguo, exige lentitud y distancia; actitudes que no permite la prisa y la angustiosa persecución del éxtasis que impone la vida moderna.
Con todo, no hay nadie que no posea al menos un recuerdo placentero cuya imagen no tenga que ver con la contemplación del agua. Da lo mismo que sea una ensimismada línea de horizonte marino, el caer del caño de una fuente, la formación de un simple charco o la silbante cortina de un aguacero. Quizás esto sea porque, como sugería Heráclito, una simple gota de agua tiene el maravilloso poder de evocar la sencillez del devenir y los sonidos de lo remoto, o porque contiene cierta añoranza de nuestro origen.
Dicen que el agua no admite caminos de regreso y que por eso es inodora e insípida. Pero el salmón y la anguila vuelven a desovar a la misma fuente; su odisea nos permite abrigar una esperanza. El nadador no viaja, bracea y juega con el agua. Ni la calma ni la tempestad tienen que ver con la piedad o la crueldad del océano.
Puede que la felicidad solamente sea una emoción pasajera, una imagen que apenas se alcanza por un instante con las puntas de los dedos: Un niño, con la toalla bajo el brazo, se dirige a bañarse en el remanso. Es un día de verano. Sin embargo, llueve. La hierba huele a lluvia y su aroma se dibuja en un tímido arco iris a lo lejos... Los interrogantes continúan y sigue sin desvelarse el misterio de la transparencia del agua. No parece relevante que Lavoisier la definiese como un compuesto de hidrógeno y oxígeno. Sólo sabemos que ella fue mucho antes que la sed.

EN LA INFANCIA TODO ES ABSOLUTO




Hace falta una suerte infinita para que al lanzar al aire un dado de infinitas caras sea precisamente la tuya la que quede boca arriba encima del tapete. Una suerte tan inmensa como ésa nos trajo a este mundo. Procedemos de la acumulación de una serie infinita de hechos improbables, que se resumen, finalmente, en la conjunción de un instante, un óvulo y un microscópico espermatozoide que nada entre millones de hermanos gemelos, cuyas caras también estaban en el dado que giraba en el cubilete pero no quedaron boca arriba encima de la mesa. Aunque las posibilidades geográficas no son infinitas, el lugar en el que el dado se para es, sin duda, también un suceso azaroso: una vez lo hace en Soria, Cochabamba, Ulán Bator, Murmansk, Nairobi o en un Santurtzi desconocido.
Pero estos son descubrimientos posteriores. El primer aterrizaje se hace en la infancia y en la infancia el lugar y el tiempo no importan, tienen valores absolutos. Como señala Eduardo Apodaca en Introducción a la Tierra: La infancia es la eternidad. Uno no se pregunta entonces cómo ha nacido o cómo ha venido. Simplemente cree que siempre ha estado aquí, que sólo existe un lugar, y el futuro tiene tantas posibilidades que el tiempo es infinito. Aunque vividos de forma inconsciente, en la infancia, paisaje, personaje y suceso integran la misma cosa, forman un todo indisoluble con nosotros. Quizás por eso lo que acontece entonces parece tan denso y las emociones perduran a través de una voz que nos habla al oído y me recuerda que no hace mucho existía un Santurtzi diferente. Un Santurtzi cruzado por caminillos de hierba, salpicado por pequeñas campas en las que se jugaba al hinque cuando el agua de lluvia ablandaba la tierra, y donde a falta de consolas eléctricas se aplicaban tecnologías manuales como las del güito del alberchigo para tirar desde una raya a meter en un hoyo gritando arriba la güesada y, aunque hoy parezca mentira, se podían hacer dos porterías con piedras en medio de la calle sin que el tráfico interrumpiera apenas el partido. La palabra goro era de uso habitual en los regatos en los que se jugaban los cromos a las canicas. El más apreciado era Iribar. Los llamábamos santos, aunque eran de papel y no tenían nada que ver con los de las iglesias. Entre ellos estaban Vava en el Elche, Lapetra en el Zaragoza, un negro exótico llamado Waldo en el Valencia, un calvo eterno, que se llamaba Irulegui y jugaba en el Pontevedra y un jovencísimo Lavín en el Athletic al que truncó la mala suerte. Todas estas pequeñas cosas también formaban parte de aquel Santurce al que la memoria tiende a idealizar y en el que, seguramente, los santurzanos de hoy encontraríamos muy incómodo vivir. Y sin embargo al evocarlo descubrimos que cuando nos tocó vivirlo sembró en nosotros un notable encanto. Mi abuela a veces cuando hablaba del Santurce de su niñez, un Santurce mucho más necesitado que el mío, solía decir con auténtica convicción : “¡Qué bonita vida era aquella!” Esto último me sugiere que el paso del tiempo cambia de gusto en los nombres de las mujeres. Todos recordamos a quienes nos ayudaron a dar los primeros pasos por ese lugar en el que el dado mostró nuestra cara en el tapete. Los nombres de las mujeres ahora son más suaves, alguien dirá que más bonitos, pero los que yo añoró son: María Dolores, Ernestina, Milagros, Lola y Ricarda. Tú lector, tendrás otros con los que nombrar el lugar de una fotografía en blanco y negro. Pero este fragmento se acaba, y en la infancia la nostalgia no existe, en la infancia todo es absoluto.

domingo, 10 de junio de 2007

EL GUARDIÁN DE LA TRISTEZA


"Abres los ojos y ves un rostro bello que te sonríe en el que el instinto trata de atrapar una curación, y dices un sí tímido y cobarde, porque te asustan las consecuencias de cualquier afirmación. Es una flor para deshojar entre las sábanas. La respuesta está dibujada en las alas de una mariposa nocturna y tú sabes que te taparás los oídos para no escucharla cuando, después de recoger la mesa, Paula te la sussurre en voz baja... Y las caricias vuelvan a agitar la misma pregunta: ¿Eres feliz? Llevas cincuenta y dos años vivo y aún no has encontrado una respuesta. Estás cansado, cansado de tener razones, y hay sólo dos palabras que se repiten, dos palabras... 'Graelsia Isabellae, Graelsia Isabellae', para dar nombre a una insignificancia. Es largo e insonoro el beso, el aliento sabe a mujer... ¿Quién eres? El inconforme es el guardián de la tristeza... La rosa no huele pero tiene espinas, el dolor te delata."

EL DUELO


Hay instantes en que el universo parece que se detiene y juega sus dados. Joseph Conrad anotó, al menos, tres apreciables y uno invisible: nacimiento, vida, muerte y fantasía. Los testigos del desafío, ofertantes de los oficios, resumimos en dos nuestra inquebrantable simpleza: noche y día, muerte y misericordia. La defensa del honor o la razón no es más que una estratagema para atrapar la verdad: en el origen no hubo motivo. El agujero, el vientre o la mujer tan sólo fueron una puerta.
Duelo en Strasbourg, 1805, sol de junio y luna nueva. El teniente de húsares Gabriel Fedaud hiere con certera y rápida estocada de florete al teniente de húsares Armand D’Hubert. El inicio de la Tercera Guerra de Coalición obliga a suspender las investigaciones encaminadas a esclarecer la gravedad de la ofensa.
Duelo en Lübeck, 1807, sol de marzo y luna creciente. Los capitanes de caballería Gabriel Fedaud y Armand D’Hubert terminan malheridos tras un combate inconcluso con espadas, detenido solamente por la extrema extenuación de ambos contendientes. Aumenta la curiosidad por el enigmático agravio al que, el convencimiento general y los primeros análisis científicos, atribuyen una causa sobre la que es conveniente guardar silencio.
Duelo en Kovno, 1812, sol de diciembre y luna llena. El coronel Armand D’Hubert hiere gravemente en la cabeza con su sable al coronel Gabriel Fedaud en un combate a caballo. Nosotros nos olvidamos de los desconocidos precedentes que acaban de confirmar su gravedad y comenzamos a preocuparnos por sus consecuencias.
Duelo en Reims, 1815, sol de septiembre y luna menguante. Al general de campo Armand D’Hubert le queda una bala en la pistola que apunta al pecho del general Gabriel Fedaud que, a dos metros de distancia, espera desarmado. Su vida le pertenece.
Entonces es cuando un recién llegado pregunta por la ofensa y los padrinos nos miramos silenciosos. La imagen evoca la gravedad, la gravedad sombría del drama... Habitamos este planeta y compartimos atracción con nuestro satélite; juntos viajamos dando vueltas y vueltas al sol pretendiendo descubrir el porqué del origen. ¿Y si no existiera? Al menos ahora sabemos que, al igual que a la luna, la luz no nos pertenece.

LA PATA DE PALO




Buscaba un Génesis donde ubicar la fantasía e imaginé a Adán llenando un cesto con manzanas del árbol prohibido. Quería colocar ese paraíso en un mapa y, dándole carta de latitud, concretarlo. El dedo se paró en las costas de Malabar. Recordé haber leído en algún sitio, que de aquel lugar escaparon unos hombres en un esbelto navío lleno de perdición llamado Cassandra. Los aullidos de su tripulación hacen de coro en las galernas al holandés errante. Lo relato de oído porque Pew, el viejo botarate, perdió los ojos con el cañonazo que barrió la cubierta del Walrus. El sólo le desveló al contador de cuentos la parte benigna de la historia: Flint era el espectro y Jim Hawkins los ojos que quieren aprender el mundo. El verdadero secreto permanece en el interior de un barril pudriéndose. No sé por qué Hermann Melville calló que las desgracias de los marineros del adusto ballenero “Jeroboam” comenzaron cuando el grumete mordió un fruto del mismo árbol. No sé por qué mintió sobre la ballena blanca si, como Job, fue el único que escapó para contarlo ¿Por qué le creímos? No debimos profesar fe tan injusta... Jonás el escupido afirma que el Leviatán aún vive... Habrá que rastrear de nuevo el océano... Así que, hasta no recibir la marca negra, ahoga las penas dejando que se encrespe el mar y el crepúsculo bostece escarlata sobre los fríos de la tarde. Tal vez los sufrimientos del alma sean pasajeros, tal vez tu nuevo navío tenga nombre de mujer turgente, o tal vez, vaciada la botella de ron en el Almirante Benbow, tu consuelo se halle en que todas las pérdidas valgan por una sola pierna, y al mirarte al espejo resulte que, como yo, eres John Silver “El Largo”.

SARGENTO YORK


Alvin York escribió estas líneas momentos antes de desaparecer: “Un hombre de la montaña comienza a perderse cuando ve la rugosa soledad azul de esa inmensa llanura llamada océano. Ya no te importa que el pobre maíz crezca alejado de los valles verdes. Ya no te importa que ladren los perros.” John Huston emborronó parte del guión con el bourbon y Howard Hawks accedió a que el joyero abrillantara su medalla de héroe de guerra. Tenía abierta la Biblia en una página donde la niebla impedía leer a Lucas 10,29 “¿Y quién es mi prójimo?” Daniel Boone murió en el Alamo sin que nadie mencionara el dolor grabado en la corteza de un árbol del valle de las Tres Patas del Lobo. Era el mismo Tennessee en el que un ternero vale cinco dianas y una bala dos muertes. “Quisiera hablaros de un hombre bueno”... Así comienza un bello sermón de Martín Luther King... A orillas del Somme hubiera servido como despedida. Dalton Trumbo dio fe de que Johnny cogió su fusil y su libertad chocó con el reglamento. Abraham es un buen nombre para una mula, y un porche sombrío un lugar excelente para pescar besos en el pozo de la luna mientras llora el zorro de lomo plateado. Lo que no llena la vida se abarrota de sueños. Alvin York no podía quedarse en casa. La nostalgia utiliza el olvido para curar la certeza de la muerte... Pero el mundo no es sólo humano y en el océano se propaga su incertidumbre...

LAS SEIS VECES




En el cruce de caminos entre Kiev y Novgorov, de espaldas a un punto cardinal en el que el sol apoya su cabeza de mediodía, acompañado por el vendaval y el aullido de los lobos, Yegnei, el boyardo del mechón ceniciento, lloró seis veces:
Una para que el pozo que daba de beber al serpenteante Dnieper no se secara.
Otra porque Vladimir, el esperado hijo de Irina, tuviera lágrimas en la primavera.
Otra porque Muntian el arquero no sintiera sed, sepultado debajo de las hojas del otoño.
Otra para llenar un balde con el que lavar las heridas de las piedras derruidas por la cólera del trueno.
Otra para que la pena tuviera su mar y el barco de la muerte pudiera alejarle el invierno.
Y otra para los que vivieran en aquella terrible y bella tierra en el futuro tuvieran llantos suficientes para poder llorar como él sus abundantes desgracias.

NOTA: Esto me fue contado en el bar del Hotel Nacional sito en una cercana plaza al Kremlin por Mijail Makanin, viejo ferroviario y poeta, como regalo por saber de memoria unos versos de Esenin.

MACEO


El viejo Maceo fue un buen profesor de lengua y un viajero impenitente de los rincones en los que aún pervive la fantasía. Escribía con pluma todas sus historias y, más que fueran leídas, le gustaba que fueran contadas al oído. Decía que muchos de sus relatos tenían que ver con su asombrosa capacidad de olvido, pero lo cierto era que los rescataba con esmero de arqueólogo de trozos de memoria abandonados por el azar o el descuido. Tenía, que yo supiera, solamente dos defectos conocidos. El primero consistía en andar haciéndose el distraído por detrás de la gente salpicándoles el agua de los charcos a los bajos de los pantalones en los días lluviosos. El segundo era su excesiva facilidad para pedir disculpas. Este exagerado celo por no molestar a los demás, que había heredado mitad de su carácter, mitad de su educación, lejos de reportarle felicidad, no hacía sino incomodarle profundamente. No quiero decir con esto que fuera totalmente un hombre bueno. En su sangre bullía también algún que otro mal sentimiento. Por ejemplo, se sentía un hombre feliz en los días que amanecían con lluvia y vendaval, le parecían hermosos. Ya se que esto no es nada extraordinario, le ocurre a otras gentes. Pero una vez me confesó que se debía a que su abuelo fue paragüero y le había traspasado su alegría por los inconvenientes que aquellos días de perros acarreaban al resto de los mortales. A él le hacía crecer el negocio. Pocas cosas más podría decir del viejo Maceo. Cuando yo lo conocí su vida era ya tan escasa que todas sus energías se gastaban en historias que entregar al papel, con una tibia esperanza puesta en que alguien, algún día, decidiera llevarlas a los oídos.

TESIS I




Páginas de un libro de Quiromancia.
“Los duendes se asemejan a los hombres en una sola cosa que, hasta ahora, nadie se atrevió a sostener en los libros de cuentos. Es más, estoy dispuesto a afirmar que esa leve semejanza es única, y además pasajera, por lo que muy bien se podría sostener que ni siquiera esa aparente similitud existe. Aunque algunas malas descripciones -casi todas repetidas de oídas- hablan de que estos seres tienen rasgos humanos; semejante afirmación supone una falsedad tan grande como el sustentar que un lobo se asemeja a una ardilla, porque tiene orejas; o una tortuga a una nuez, porque su caparazón hace de cáscara. Por supuesto que ruego se abstengan de efectuar ningún comentario los que no creen en el ensueño. Vivir en esa dimensión sólo es lícito para las piedras Los hombres cuando vienen al mundo lloran más o menos según su capacidad de fantasía, este efecto pasajero desaparece con el tiempo; según algunos, debido a la buena educación y la sociabilidad plena. ¡Cuánta patraña! Esto ocurre porque son hombres En cambio, los duendes continúan llorando y llorando hasta el fin de sus días, que por lo general son prontos, porque en su infinita capacidad de tristeza hallan rápidamente la felicidad del mundo. A pesar de todo es de disculpar que personas de corto ingenio y ligereza de juicio confundan esa efímera capacidad de la infancia para el llanto con un parentesco natural con los duendes. Dientes tiene el ciervo y el tigre ¿Pero la pregunta sobre el azul la responde el mar o el firmamento? Hay quien busca la luz en la luminosidad que ciega todo cuanto toca y hay quien busca la luz en la profunda oscuridad que resalta todo aquello que brilla. En nuestro mundo las distintas especies siguen caminos inversos. Racionalidad e irracionalidad son nuestras piernas, pezuñas en las patas del caballo, plumas en las alas del cernícalo, sueños en nuestros cuentos irreales, ¿Pero qué puede ser fantasía donde toda la realidad es cuento? Hombres y duendes, especies separadas por mundos que sólo se pueden divisar mutuamente a través de la engañosa proximidad de la más absoluta de las lejanías, la de la imagen y el espejo”.

APUNTE TEATRAL


Había descorrido el telón para que el drakkar entrara en el encuadre. Lo veía en el papel y me salía de la rompiente. Mucha gente me dirá que tan vasto oleaje no va a caber en el escenario. Los observaba a ellos, mis personajes, y pensaba que es tan preciosa y corta la vida que Shakespeare o Chejov hubieran retratado el momento fugaz, eso es el teatro. ¿A quién irán a buscar? Tanta era su ansia que bautizaron a una tierra blanca País Verde. ¿Acaso uno no viaja también al infierno buscando esperanzas? Odín siempre está presente, no haría falta nombrarlo. Su cruel ironía se disfraza de carcajada o de público. Es, desde todo punto de vista, creíble que un proscrito preste atención a historias que mentan nuevos y lejanos parajes. Podría parodiar al colono Gunnbjörn hablando de que en la tempestad todos los litorales son desconocidos. Podría jugar con la verdad, y presentarle con la certeza del inocente y la lengua suelta del borracho; pero no debo caer en la tentación de contar demasiados cosas y aburrirles. Al fin y al cabo todas las historias encierran la misma historia; al fin y al cabo lo sencillo es lo que más sorprende. Es cierto que es lícito jugar con los nombres. Las palabras encierran sonidos mágicos que condicionan su significado; por eso los idiomas son los primeros hilos que cosen el espíritu. Partirán de Gardarholm o Schneeland o Thule o Islandia y estas músicas, tan diferentes, verán salir el sol por el mismo sitio. Tal vez lo adecuado sea alumbrar el grandioso espectáculo de una epopeya y pintar en el foro una roca, entre gris y negra, que simbolice el cabo de Farewell. Quizás no fuera demasiada osadía representar la furibunda estatura de Erik Thorvaldsson, entremezclándola con la cólera del destino y la caída de los dioses, y dar a la obra un título confuso, como “Osterbygden”, para señalar como comienzo lo que termina, para mentir nombrando oriente a lo que es occidente, mares a los llantos, calma a la muerte. Pero las leyendas tienen dueños y un escandinavo no iba a entender que yo me apropiara del navegante rojo con el solo pretexto de lucir un bigote cobrizo. No hay risas y es que la ironía es una especie demasiado delicada como para dejar que mi intento se desparrame en una comedia. ¿Qué bella canción de amor no es triste? Se puede afirmar que el ruido lo hace el viento y que lo que no se ve está velado por las nieblas. La acción, sin embargo, debe empezar muy dentro. En el bosque del corazón se perdió y nosotros hallamos a un hijo de vikingos que el bardo nombró Hamlet. Toda trama puede partir de la búsqueda del origen, todos lo desconocemos aunque lo hemos visitado por lo menos el soplo de un segundo. ¿Cómo hacer que enrede sin delatarse la artimaña? ¿Cómo hacer que atrape la trama sin desvelar la paradoja? El firmamento carecerá de estrellas, serán vuestros ojos. El tema fue escogido por la vida, el arte es tan sólo la recreación de un recuerdo. Yo lo atrapé leyendo páginas ajadas por la humedad en un libro vetusto. Se trata de una historia banal antes de ser historia, una historia en la que, como siempre, es la naturaleza la que se ríe jugando con la inquietud de los hombres. Un joven deseaba volver a ver a su padre y se adentró en el inmenso mar desconocido; guiándose por el instinto siguió el fiel de la brújula que persigue la estela del norte. Iba con otros, viajaban hacia el oeste, a un oeste particular y mágico que no dejaba de brotar de ellos mismos. Navegaban en el solitario navío vigésimo sexto, veinticinco habían salido mucho antes siguiendo a Erik el rojo. ¿Qué voces se necesitan para pronunciar sin traición sus apagados silencios? ¿Cuántos deben subir al escenario para que nada se olvide sin resultar obsceno, para simultáneamente iniciar y guardar el secreto? Es casi seguro que viajaban en un knorr de largos remos al que habrá que buscar un nombre adecuado. Tal vez cuatro rostros sean suficientes, como los puntos cardinales, para contar o callar una alucinación: Bjarne Herjulfsson, sol verídico; Gudni Olavssonj, viento sur de la ira y las tardes escarlatas; Baldur Smör, la quietud del fresno tumbado en la nieve; Birkir Sverrisson, la hoja solitaria de la duda y la melancolía. En manos del error o la verdad, la vida arrulla nuestra propia deriva; alejados por el tiempo acuoso, de nada sirven los fiordos en los que reposa la calma; hechos de tempestades, sólo la locura o la muerte pueden alejarnos de nosotros mismos. Cuando caiga el telón volveré a releer unos versos del más conocido de los poetas escaldos, Egill Skallagrimson: “Odín, el guerrero habituado al combate, me concedió un arte perfecto y sin tacha, que obliga al enemigo a descubrir sus tretas, tal es la fuerza de la poesía”. Luego colocaré un título: Grünnland. Buen nombre para un barco. Y, mal o bien, reconoceré que me estoy descubriendo a mí mismo.

ATTILA


Lo nuboso empañó el vidrio y la extraña hora de la tarde, mientras el olvido del color de la flor silvestre aún borraba el nombre escrito en negras letras sobre la superficie pulida de la lápida: Atila Irizu, como el belicoso o cruel bárbaro. ¡Debería citarse a quien pagó al escribiente! Se cuenta que “donde pisó la pezuña de su caballo no volvió a crecer la hierba”. Nada se dijo del lugar donde lo enterraron. Verde e inmortal como los malos brotes, junto al tallo y los pétalos de una amapola en aquel rectángulo liberado por el descuido. Atila Irizu, un nombre mágico y perturbado; como el de aquel hijo de Borcsa Pöcze, una menuda lavandera que en Budapest parió un poeta al que contaba historias del rey de los hunos. ¡Pesa, pesa el tiempo en el alma! Entre almidones, al otro lado de los espejos, en una habitación donde su madre le lavaba el rostro en una palangana desconchada, ocultó sus ilusiones. ¿Qué es uno sino el recuerdo que persiste? De niño, bajando cántaros de leche de un caserío del barrio santurzano de Cabieces, se dejó hipnotizar por las promesas del crepúsculo. Quería construir un aeroplano con alas de madera para llegar al sol y besar su rostro rojo. Recordaba la queja de Sabino, su abuelo paterno, cuando no había membrillo para acompañar al queso en la despensa. Queja de un hombre derrotado en Somorrostro por las huestes del General Concha; superviviente de la guerra de Cuba porque, antes de que lo reclutaran, se cortó dos dedos. Recordaba su mirada posada en la ventana bebiendo una nueva pesadilla y aquel lienzo con un carruaje enlutado tirado por dos bellos caballos blancos a los que dirigía un conductor vestido de azul entre la luz tenue. Breve agonía recogida en su resumen: un anhelo, una queja y un cuadro... Trinidad regada por un cuartillo de vino tinto y una pausa marcada para siempre en el vaivén de las olas que azotan las rocas de Punta Lucero. Tres tesoros ocultos por el náufrago en la quilla de aquel Barbadún, nombre de barco que transportó carbón y ahora vela el fondo marino. Leo en voz alta los versos del homónimo poeta húngaro: “¡Y los días no comprenden que son pálidos y tontos y que sus luces no pueden ser de tus ojos!” Unicamente contesta ese grito que las uñas arañan en el lomo de la tapia del cementerio: “Si lucha, muere de su lucha, si se reconcilia, su reconciliación es su fin” Attila, Attila, Atila Irizu, el bárbaro, el poeta, el pétalo huidizo de la flor en la que, al otro lado de la sombra, se deshojan nuestras verdades...

MILAGROS MORÁN


¡Milagros! Añoro las cosas imposibles. Nunca soñé con un unicornio en tierra de autrigones... Desvarío tanto... Presto demasiada atención a las fantasías y los sueños... ¡Milagros! Es una exclamación extraña para andar por los pasillos, y a la escarcha le gusta bañarse en el trigo verde... El horizonte de sábanas blancas y el corazón en el réquiem del horno; sin noticias, sin noticias... Detrás del Hindu Khus un nombre de amo de los cielos para el dedo en la tecla del piano... Y suena... Milagros Morán, mi abuela.

PREMIOS

Anhelas el premio porque sabes que tu obra será efímera. Keops o Kefrén de las culturas, aunque gritéis vuestro persistente silencio, las gentes no podemos comprender que tan sólo quedarán las anónimas piedras para que las desgasten los vientos.

1937


Esta historia es estrictamente cierta. Cierta como que existe un lugar donde se queja el musgo en las faldas del Lekanda. Lo literario sería decir que fue escrita por el rocío, pero era tarde de San Juan y lo derritieron las brasas. Mari llamó a Anttón para coger las redes, pero no estaba. Era Lekeitio... 1937... Derecha, izquierda,... Se me cuela Maiakovski... Es su voz de trueno... Batallón Haritza tirando con piedras a un cóndor disfrazado de Luftwaffe... Tarde de San Juan, el dolor expandiendo ascuas entre los árboles... Y Ahmed, nacido en Fez, con la cara reflejada en un pozo... Batallón moro de regulares, alfombras de mezquitas ajedrezadas en el Sáhara... Dos hombres cara a cara, citados por la muerte, añorando el mar azul y el desierto pardo... Territorios encantados donde el destino juega borrando rastros que no existen... ¿Cómo verificar lo imposible? Al futuro, juez olvidadizo, puedo presentar tres testigos que expliquen estas palabras:
· El escritor, no muy fiable, miente tanto...
· El monigote, condensado en la ceniza...
· Y el coloso de piedra, inmutable en su silencio... Escucho a Mikel Laboa: Arrano Beltza... Con dos gritos melodiosos que sumo a un cuadro titulado Gernika.

JUDAS Y OTRO


Hay una luz que vive en el prisma opaco. Vive, sí, aunque también duerme y agoniza. Su candil, reflejado por la realidad, está en el fondo plano de una imagen escondida en todos los espejos... He abierto la ventana de este sueño y he visto a Lizardi resignado en su soledad, vestido de duende. Un monje sube la cuesta hacia Oñate en busca de las dos piernas del catorceavo apóstol del friso de la basílica de Aránzazu, para renovar el camino. Desde Ojo Atxular, contemplando el viento que ha ornado la pupila del cíclope en la roca, ha mugido el último bisonte. Hay una canción de Mikel Laboa que habla de la niebla escondida en nuestros rincones. Mojándose en el libreto del padre Donostia un réquiem solar y plenilunio estampa su sombra en una loma del Aguiña. Y han tirado a nuestro mar una botella vacía ¿Dónde están los mensajes? Necesitábamos el oxígeno... Versos de Bernardo y Gabriel bajando la cuesta de la casa del anciano... Por qué no reconocer que el futuro es más utópico que encontrar un Dios al noroeste... Campanas arpegiadas por Kandinsky, esmalte y piedra de unas gafas sutiles para contemplar el horizonte... Después de tantos fracasos, habrá listos que -señalando a Oteiza con el dedo- dirán que sobraban dos apóstoles en nuestras vidas...

PLEGARIA DE UN MARTES 12


Hoy es martes 12 de febrero de 1991 y hace 28 años, tres meses y diecinueve días en Dayton, un pueblo del estado americano de Wyoming, donde es intenso el azul del cielo y aún es posible observar el vuelo de los pájaros, nació Andy Rosburgh. A unos cien kilómetros al norte del pórtico de su casa, en el estado de Montana, se encuentra el valle de la Hierba Verde; el lugar en el que, a pesar de Errol Flynn, los sioux y cheyennes de Tatanka Yotanka y Tsahunka Witko cortaron los rizos ondulados del engreído general George Amstrong Custer. Desde la mesa de la cocina de su casa se puede escuchar el aullido del viento entre los arces y en un plato de la marca Panasonic ha sonado 1397 veces la música de Wagner que, para lavar la vergüenza y las infamias, Frank Ford Coppola colocó en un helicóptero artillado. Su bisabuelo Arthur, pescador escocés de pelo blanco como la nieve, fue el primer miembro de la familia que a lo largo de los siglos abandonó el pequeño puerto de Tarbert, en la mayor de las islas Hébridas. Con él viajó por siempre un viejo dicho de familia: “Aunque golpee el hacha afilada del vikingo, volveré a pintar mi cerca de madera”. Trabajó de estibador en Newport y Bristol, Massachusetts. Su hijo Eduard fue a parar a Montana, reparando vías de una compañía ferroviaria de la ruta del norte del Pacífico. Casado con Clara St. Paul, una muchacha de las faldas del Bighorn, terminó sesteando la gran depresión muy cerca de territorio indio, al norte de Wyoming. Su único vástago, Peter, se enroló en el ejército. Aún es posible leer el apellido Rosburg en alguna tumba cercana a Nha Trang, en el Vietnam que siguió a la guerra de Korea. Andy, cuarta generación de emigrante escocés, fue educado por los abuelos en el mencionado Dayton por el que transitó el alazán de Wakantanka -el Gran Espíritu- y sonó el clarín perdido por el séptimo de caballería que tantas veces salvó a Hollywood -Meca que aún no ha visitado el espíritu de Alá por llevar tan solo una L-. Educado por la generación que ha lavado su amargura en una medalla al valor que no puede sustituir el recuerdo del ausente, buscó desde niño los célicos horizontes, donde una leyenda india dice que un muchacho puede convertirse en pájaro y caminar pisando entre las nubes. Y hoy, 12 de febrero, cruzado el puente que lleva a la realidad desde el umbral de los sueños Andy Rosburg corre más rápido que el halcón sobre la bóveda celeste de una mezquita, Alá misericordioso, en la ciudad irakí de Karbala... Oh Dios magno, ¿por qué derribas el pájaro de fuego? En vano huye la muerte de las llamas del F-111 US. Navy que, igual que el rayo, se abalanza sobre su presa. Por algo alguien grita: “¡Aunque golpee el hacha afilada del vikingo, volveré a pintar mi cerca de madera!” Por algo su voz se apaga contra el ronquido del mar del Norte, sobre los arrecifes de las Nuevas Hébridas...

KULTUR ETXEA


Hay un Chagall en cada aldea y un Esenin en cada campanario. Los abedules siguen tristes y solos en los bosques, y lloran lluvia los ángeles que han huido del infierno... Apunto al dorso de esta estampa una marca para reivindicar el otoño. No me importa que en el antiguo litoral el cemento se haya comido la nieve. Arteta no podrá alimentar a su buey amarillo, alguien ha descubierto que el carro de hierba puede ser un efímero negocio... Gure Artea... Rebaños de ovejas pastando en Aitzgorri sin escuchar a los menhires del Adarra implorar al cielo... Los lenguajes que vacilan entre el éxito y la muchedumbre saben que los murmullos no cotizan en pesetas... Heroico y falso pedestal para un Van Goch muerto de hambre... El musgo húmedo y corrosivo es lo mejor de la estatua que decora la tumba de Lizardi... Lizardi, por algo Etxepare decía que saliéramos a la plaza, por algo lo dejó escrito... Traduciré de tus versos: “Nos acosa otra vez el temor de llegar a deshora”. Traduciré para nosotros: rebaño de ovejas

ESTAMPA Y NÚMERO 5


Coso los puntos de una tos crónica... El cinco extiende los brazos para abrazar la mala suerte. Sobre el tapete Mallarmé rima los dedos de una mano con la felicidad, con la otra agita el aire saludando a Rimbaud cuando se despide... Françesca ya no manda postales de mayo... La noche pliega la risa del etíope que se tragaron las dunas, la noche apaga las luces del árbol, la noche oculta las alas del ángel caído que desciende en copo de nieve... El diablo traduce la pantomima... El Golem, el Golem guiña un ojo bajo la arcada del puente... Edith, “La tierra que No es” murmura todavía... Orfeo vela sobre su estela funeraria... El gigante bobo sonríe... Luce sin miedo el atuendo del sol que brilla sobre la frente de un Holan que no sale de casa...
Cinco, cinco púas cabecean en la estrella efímera, cinco meses y cuatro días, antes de que se inicie la cuenta atrás y abril, siempre abril, fotografíe la cara oculta de los dados a los que Dios truco con plúmbeo contrapeso...
... ... ... ... ...
... ... ... ... ...
En esta estampa sólo el número y el orden me corresponde.
Los puntos son afilados como la punta de un cuchillo.
Para leer...
Hay que ver...

OTEIZA


En el salado trago de la espuma, la ola desnuda tapa el agujero de la playa; y el cincel, tirado en el último cajón de madera, se ha olvidado de la queja de la piedra ¡Oteiza, mira cómo lloran los menhires! El peso del cuerpo rocoso les anuda a la tierra. Añoran la mano del sembrador de huecos para, livianos, levantar vuelo y besar la magia oscura que oculta en la mentira del reflejo la luz de las estrellas.

NOCTURNO


Hay un cuento nunca contado que habla de un caballo rojo que cuando cabalga el atardecer, anochece... Lo monta Bolmir el duende. Yo he visto muchas veces sus ojos y he soñado su historia. El final, a la fuerza, será triste. Hoy que comienza noviembre y es tiempo de añoranzas busco refugio en el asombro que pertenece a la poesía y, con cada lágrima, fabrico una llave para abrir las ocultas puertas de los nuevos cuentos. Hay una torre de Enoch fantasmal y liviana en medio del áspero desierto, un vencejo de ojos plateados que hila el aire, un cometa que partió del arco de fuego de Auyam, un viaje heroico a través de los ojos de avellana de una mujer de cabellos verdes que escoge las letras, flores vigilantes en una lápida de mármol, una campana que toca Esenin, un puente de madera, un laberinto en el que Odín se coló de improviso, y tú y yo y aquél, un accidente, un silencio emborrachado de palabras con ganas de hallar belleza en los horizontes grises... A los que odian la lluvia, a los que incomodan los suelos mojados, les es lícito buscar otros personajes... Aquí cabalga un caballo rojo el atardecer e inevitable anochece, anochece...

ICARO


Y el círculo hizo la memoria en el vacío natural que delimitaron sus aristas. Y el olvido hizo su propio vacío. Y en vacío espacio y periferia tiempo, trazó su alarido más doloroso el penúltimo gudari. Hombre concreto, entre azul cielo y azul mar, perdido en la intensidad verde de un paisaje masculino -menhir de Erasun- y otro femenino -cromlechs de Ezkain-, para mostrar al envidiado pájaro sus alas.

GÉNESIS


El primer escribiente escribió en el libro de hojas blancas y creó los cuentos. Aburrido y solo como estaba, decidió enseñar el oficio a varios de sus personajes y los introdujo en las entrañas de las fábulas. Estos, con el paso del tiempo, quisieron crear su propio mundo. Pensaron que era correcto comenzar por el principio: idearon a Dios y el Génesis, dijeron que éste era el primer libro. Luego vino la torre de Babel y los lenguajes multiplicaron más mundos que escribientes. El primer escribiente, añorando su antigua soledad, inevitablemente se suicidó y repartió sus pedazos. Un vigía de la bruma gritó entonces: “¡Dios existe al noroeste!”. Yo, agotado por tantas lecturas, decidí destrozar mi mundo y luego recuperar sus pedazos. He de advertir a los agoreros sembradores de Apocalipsis que esto no quiere decir que abandone. Contra las incomprensiones y las injurias, levantaré, para envidia, fugaces momentos felices y esta recolección de pedazos que he decidido llamar estampas.

sábado, 9 de junio de 2007

UNA HISTORIA DEL UNIVERSO



“Ya ni siquiera presentimos
y luego nos quedamos asombrados…”
VLADIMIR HOLAN

Según se decía en el volumen de la manoseada enciclopedia que sobresalía por encima de los escombros que acababa de depositar en el container la pala de la excavadora, Emmanuel no salió nunca de Königsberg. Malpías apenas del umbral de su casa. Una pequeña casa de fachada azulada, semioculta por el ramaje de una higuera que ladeaba su sombra sobre la pendiente de aquel cueto rocoso al que el olvido, extrañamente, había concedido el papel de testigo inmutable de los cambios urbanísticos de una aldea devenida, demasiado precipitadamente, en ciudad.
Emmanuel daba largos paseos persiguiendo el atardecer y criticando la razón pura. Malpías contemplaba, inmóvil, la higuera desde la ventana y construía un universo a partir de nada o de casi nada. Y es que, del mismo modo que Emmanuel, si pudiera hablar, desmentiría a la vieja enciclopedia rememorando una feliz excursión juvenil a la ciudad de Amsdorf; si Malpías hablara podría rebelar que en los inmóviles pilares de su construcción latía el recuerdo de un inmenso viaje. Tan inmenso, al menos, como pueda serlo para un niño de cinco años un viaje desde Santurtzi a Bilbao. Un viaje efímero. El primero y el último por el itinerario de la canción. Y eterno. Después de todo, la inmensidad no deja de ser una añoranza.
Según la vieja enciclopedia, Emmanuel habría vivido ochenta años sin salir de Königsberg. Malpías llevaba, año arriba año abajo, sesenta y tantos sin poner el pie más allá de la penumbra que proyectaba la higuera. ¿O era el tiempo? La higuera llevaba más tiempo creciendo, pero no para Malpías; para Malpías comenzó a crecer el mismo día en que, imaginando lejanías, se escurrió por la barandilla del paso elevado que cruzaba las vías del tren. Incomprensiblemente no sé rompió ningún hueso, pero el golpe le arrebató el habla de manera no, por triste, menos sorprendente que aquella en que anteriormente la naturaleza se la había concedido.
Emmanuel, en este punto, podría hacer un discurso sobre la causalidad, pero lleva dos siglos muerto; Malpías vive, pero es mudo. Tenía cinco años cuando dejó de hablar y también tenía cinco años cuando hizo aquel viaje y aún hablaba. Un viaje -como se ha señalado, por el itinerario de la canción- con el rostro pegado al cristal de la cabina de la draga en la que faenaba su padre Maceo extrayendo fangos del lecho fluvial para abrir paso a las corrientes que bebe el Abra.
Emmanuel, en el aula, les habría dicho a los alumnos que “percibir el mundo es cambiarlo”. Malpías podría haber añadido que en los ojos de un niño descubrir es soñar. En aquel itinerario aguas arriba, las agujas de su imaginación habían enhebrado visiones y fantasmagorías para coser su propio sendero mágico. Visiones y fantasmagorías que contenían arboledas de chimeneas humeantes y misteriosos nombres como Erandio, Lutxana, Olaveaga, susurrados al oído junto a chapoteos de gasolinos que viajan eternamente de una orilla a otra. Visiones culminadas por un puente con sus dos enormes brazos de hierro elevados al cielo para dejar pasar un buque que –“mira, hijo, te saludan”- le advierte su padre, mientras una mujer con una pañoleta en la cabeza y un marinero con un pequeño acordeón sonríen y agitan las manos por encima de un rótulo:”Ponary” Kaliningrado que se aleja empequeñeciéndose miles y miles de veces en una imagen que permanece perenne en el cristal de sus ojos.
Emmanuel, aquí, habría recordado aquello de que “la felicidad no es un ideal de la razón, sino de la imaginación”. Malpías no necesita recordar nada, ese es el barro con el que sus manos esculpen el universo. Un universo no construido como un país o una patria sino como algo más definitivo, como un rincón. Algo por lo que no se puede perder lo que no se tiene. Algo que no posee otro pasado y otro futuro que el infinito que proyecta un viaje de apenas quince kilómetros desde Santurtzi a Bilbao en el círculo que cobija la sombra de una higuera.
Emmanuel podría haber cambiado Könisberg por una cátedra de poesía en Colonia o Berlín sin modificar el discurso sobre su finalidad. Malpías, sin embargo, no tiene retirada. Un dios sin hijos a los que mandar al sacrifico posee un único espacio para el todo y la nada, está condenado a sucumbir con su universo.
-“Faltan pisos, faltan pisos y hay cientos vacíos”.
Las palabras vienen con una taza de café humeante, vienen pero no hay nadie que las traiga, son de ayer. Hoy, su hermana Ricarda está en la calle. Se la ve desde la ventana, veinte pasos por detrás del hombre con un casco blanco que grita frente a la pequeña casa azulada. Su silenciosa silueta es la del adiós. La ciudad necesita terreno para edificar más ciudad. Un pequeño grupo de curiosos observa al pie de la ladera el combate entre la quietud de la higuera y la embestida de la excavadora. Una mujer a su lado dice:
-“Es sordomudo”.
Ellos no son sordos pero no lo oyen. Es igual, todos los dioses lo son.
Por dos veces suena un estruendo y el ruido de la excavadora. Un estruendo como el de una escopeta de dos cartuchos y el ruido de la excavadora permanece. En la manoseada enciclopedia dice que Emmanuel nunca salió de Könisberg, Malpías apenas…
Un casco blanco gira en el suelo junto al árbol derribado, gira y gira como el agua en un desagüe por el que se pierde un universo.

UN TRAPECIO SOBRE ADIS ABEBA


Aquel no era un miércoles igual a otros miércoles, no era otro día vulgar varado en mitad de una insignificante semana. No lo era aunque la sensación que sostenía esta afirmación fuera tan fuerte como inexplicable. Lo supo en cuanto puso la mano sobre el interruptor para apagar la radio-despertador y abandonó la cama, dejando al locutor con la palabra Adïs Abeba en la boca anunciando alguna nueva calamidad en un rincón lejano del mundo. Lo supo sin más porque llevaba media vida aguardando que amaneciera aquel día que durante años había alimentado su imaginación y el afán por llenar de garabatos cientos de papeles. Cientos o miles, todo un océano de folios tecleados a doble espacio en una vieja máquina de escribir de caracteres turbios, pero singularmente elegantes, a base de enormes dosis de perseverancia y una irreductible fe a la que llamaba vocación. Una vocación demasiado apasionada, demasiado, sí , tanto como para entregarse en cuerpo y alma a ella con una especie de decidida determinación. Adïs Abeba... Tenía que anotar aquellos dos vocablos en su libreta. Su intuición le decía que allí había un cuento escondido.

Así llevaba toda la mañana, rememorando de forma obsesiva las sensaciones con las que había comenzado el día, unas sensaciones, pensaba, demasiado placenteras como para que no lo notasen las personas que se encontraban a su lado. Sin embargo, la imagen que se veía desde el ventanal del autobús en el que viajaba no reflejaba más que la cotidiana indiferencia del vaivén de gente y de paraguas que circulaba por una ciudad sobre la que caía la fina lluvia de siempre. Pero aquel era un miércoles diferente, muy diferente, y el intentaba encubrir con una leve sonrisa su profunda excitación. Un sonrisa que, seguramente, ahora también le daba el mismo aspecto de bobo que había reflejado el espejo del lavabo cuando había efectuado su rito matutino de refrescarse la cara antes del tazón de café negro y las bocanadas al cigarrillo que constituían su único desayuno. La contenida alegría, sin embargo, no pudo impedir que por un momento se acordara de Román, el único de sus amigos que había mantenido siempre las porciones de paciencia suficientes para soportar sus historias y que, desgraciadamente, había fallecido dos meses atrás en un terrible y desafortunado accidente de coche. Román le escuchaba, siempre le escuchaba el tiempo que hiciera falta, incluso cuando llevaba un fajo enorme de páginas para leerle. Y al despedirse solía decirle. – La escritura es una profesión peligrosa, muy peligrosa... Puede convertirte en un personaje de ficción. Se empieza con el nombre y luego... Claus ¿qué? Román nunca se habituó al seudónimo con el que él firmaba aquellos interminables papeles: Claus Quo o Klausquo según fueran manuscritos corregidos o simples borradores. Aquella era una manía como otra cualquiera, pero no le parecía que fuera parte de una profesión peligrosa. Peligroso era, por ejemplo, lo que hacía aquel trapecista húngaro llamado Arpád Kóródi al que le llevó a ver su padre cuando apenas contaba diez años. El ángel volador de los Carpatos que anunciaba el cartel del circo. Prodigioso acróbata que efectuaba un triple giro mortal sin red a quince metros de altura. Aún recordaba los gritos de pavor del público asistente y a su padre tapándole los ojos contra su abrigo de paño cuando cedió el trapecio y el pobre húngaro se estampó contra el suelo. En homenaje a él, en sus relatos siempre aparecía alguien que se llamaba Arpad. Arpad Blesa, Arpad Rocandio, Arpad del Vals...

Miró el reloj y descendió con cierta diligencia del autobús. Sabía que le estaban esperando y no quería impacientarles. ¡Aunque qué eran un par de minutos más o menos cuando él llevaba media vida aguardando aquel momento! Adis Abeba, Arpad ... Es una profesión peligrosa. Por unos segundos escuchó la voz de Román aconsejándole precaución, pero su ansiedad era demasiado grande como para detenerse ahora. Cruzó la calle y empujó la puerta del bar. Las mesas estaban repletas de gente puesta en pie que no hacía sino aplaudir su llegada. Daban la bienvenida a quien ahora ya formaba parte de los suyos. Él, nervioso, levantó la mirada y observó los rostros de los asistentes. Allí estaban Macbeth y Kurtz -el de El corazón de las tinieblas-, Jhon Silver "el Largo" y Shanti Andia, Alicia y Quirón -el centauro-, también Gregorio Samsa y el anticuario de Esmirna, Joseph Cartaphilus... Y todos eran como él, personajes de ficción, brillos de estrellas apagadas sobre la carpa del firmamento, en un lugar que bien podría ser Adïs Abeba después de que el trapecista volara hacia el suelo.

EL ESPECTADOR SILENCIOSO



No podía dejar de oír aquel estampido imaginario, pero los dedos pasaban temblorosos del cigarro a las teclas de la máquina de escribir sin apretar ningún gatillo. Fue un disparo certero. Según el forense la bala había impactado de lleno en el corazón, disparada a quemarropa, sosteniendo la pistola entre los dedos con pulso firme. Mal enemigo para encontrárselo emboscado en un callejón... Mal enemigo para encontrárselo también en una plaza a horizonte abierto... Mal enemigo fuera como fuese... Tendría que corregir las anotaciones de los últimos párrafos. El jefe había insistido en que desechara comentarios superfluos.
-Nada de retórica. Pim, pam, pum... Escuetamente certificar hora, día e incidente. Ten cuidado con las palabras, luego no hay quien quite las manchas de saliva.
Siempre repetía que había que dejárselas a esos tipejos encargados del protocolo que hasta para lavarse las manos se enfundan guantes de astracán.
-No existe exceso de celo en los tiempos que corren. El perro debe cuidarse de los mordiscos del amo.
Le habían encargado que iniciara la investigación tres meses antes, cuando en el teatro aún andaban con los preparativos de la escenificación de una nueva provocación. Apenas había comenzado el año nuevo y él acababa de romper con Lidia. Ninguna novedad, sólo en el pasado año había sucedido al menos cuatro veces. Podía haberla llevado a la función, seguro que le hubieran hecho gracia las ocurrencias de aquel circo bufo. Una mujer fosforescente y un soñador mortalmente ofendido calculando la cuadratura de los cerezos. ¡Pobre Chejov! Aunque ahora era aconsejable ser prudente. Mejor posponer los comentarios jocosos. A más de un idiota le iban a patear por permitirse emborronar con chistes de mal gusto el panegírico que las autoridades habían pergeñado para el difunto... La experiencia es un grado. El procedimiento consistía en colocar confidencias y difamaciones en un sobre con los documentos sensibles, abajo, en el tercer cajón del escritorio, y no abrir sin permiso expreso. Luego aguardar la orden de incluir en la carpeta el matasellos de asunto finiquitado y comenzar con el siguiente infeliz. El último trabajo había resultado breve, demasiado breve.
Hizo una pausa en la escritura para asomarse al pasillo y pedirle a Olga que le llevase un poco de té hirviendo.
-No prestes atención a esa banda de haraganes, los enviaron aquí porque no servían para otra cosa. Mejor habría hecho tu tío buscándote una plaza en un ministerio más saludable. No me mires así. Marcha de una vez, necesito beber algo caliente... ¿Nadie sabe cuándo arreglarán ese calefactor?
De regreso al despacho se volvió para comprobar que la muchacha había comenzado a bajar la escalera. Estaba seguro de que con algo de paciencia se podía extraer un buen diamante de aquella vivaz ingenuidad que se alejaba apresuradamente, oculta bajo una larga coleta. Había llegado allí quince días antes recomendada por un pariente funcionario de Correos, y el jefe le había encargado su instrucción.
-En este oficio, una mujer despierta vale más que una docena de hombres inteligentes. Así que espabílala. La sección apenas cuenta con veinte empleados en activo, la mayoría tan perspicaces como esta puerta.
Dio un par de caladas al cigarrillo antes de volver a sentarse al lado de la máquina de escribir. Sobre la mesa se hallaba extendido el periódico con una gran fotografía del cortejo fúnebre presidido por un montón de rostros conocidos. Tecleó abril. Desconocía por qué le produjo la sensación de que se trataba de una palabra infame. Se detuvo para plegar el periódico y guardarlo en un cajón. No soportaba las miradas de pesar que abarrotaban la página del periódico. Muchos de aquellos llorones eran los mismos merodeadores que se mofaban del muerto cuando recitaba versos sobre la tarima de un escenario. Los más jóvenes le lanzaban bolitas de papel llenas de idioteces a las que contestaba con gesto iracundo.
-Hemos pagado por ti y aún no sabemos si aúllas o ladras...
-Amigo, mejor sería que fuese a emborracharse a una cervecería, le saldría más barato.
¿Para qué iban a escucharle? La mayoría de las notas eran injuriosas. Lo usaban como una pared en la que pintorrear sus desahogos más obscenos. "La mierda es muy espesa todavía". Aquella frase estaba subrayada en el expediente junto a una curiosa recomendación: "En vez de dibujar un ángel por qué no dibujas una mosca. Hace mucho tiempo que no dibujas moscas". Las moscas estaban por todas partes, por todas... Incluso en la duermevela de la mayoría de sus negras pesadillas. Hay hombres que cuando las lagartijas se arrancan la cola para conservar la vida, ellos lo hacen con el corazón. Aún sin digerir del todo el último pensamiento, sacudió la ceniza del cigarrillo apartando el cenicero de cristal a un lado de la mesa, y colocó en su lugar una hoja de papel que acaba de extraer del cajón en el que había depositado el periódico. Se trataba de una pequeña hoja de mano en la que se invitaba al público a asistir a la representación de una obra anterior del autor. "Apresúrate...Hay colas en las taquillas, el teatro está lleno. Pero no te enfades con las bromas del insecto: no se trata de ti, sino de tu vecino". Aquel farfullador era un mal enemigo, un enemigo peligroso fuera como fuese.
A esa función fue con Lidia. Aún no trabajaba en el asunto. Tampoco en la sección. Clasificaba correspondencia encerrado en un sótano inmundo. La mayoría contenía intimidades sin ninguna importancia, material de escasa utilidad. Aunque había gente que con nada sabía hacer milagros. A Lidia y a su hermana les cautivaban los alardes de aquel artista extravagante que recitaba con zanahorias en el ojal: "Con desnuda impudicia o con temblor tímido dame el encanto inmarchito de tus labios: mi corazón y yo nunca arribamos a abril; en la vida vivida sólo contamos cien marzos". El tenía entradas para Romeo y Julieta y tuvo que tirarlas a la basura. No quiso revenderlas, pensaba pedirle a ella que se fuese a vivir con él. Vivía solo en un apartamento viejo pero espacioso. Ahora estaba mejor, había ido invirtiendo las bonificaciones de los ascensos en algunas mejoras. Tenía calefacción. En el despacho hacía frío, seguía estropeada, un frío gélido no apto para soportar almas inocentes. Se sonrío, no había ninguna en la sección. ¿Pero el infierno no era un lugar excesivamente tórrido? Monsergas, ¡monsergas infantiles! Él había hecho el papel de Romeo un par de veces en sus tiempos de estudiante en el Liceo, y pensaba reírse con Lidia parodiando algunos fraseos después de salir del teatro. Pero terminaron discutiendo. Fue la primera vez, la primera vez que las caricias no sirvieron de nada. Desnudos frente a frente, después de que él exhibiese el malestar que le había provocado el cambio de planes. Un desahogo artificioso e inútil, a ella le gustaba contradecirlo cuando se ofuscaba. No importaba nada de lo que dijo; era todo palabrería, orgullo varonil herido por un deseo incumplido y la sombra de un fantasma sosteniendo un espejo en el que, aunque cierres los ojos, la imagen refleja tu frágil desnudez, señalando un culpable con el dedo. Celos, simples celos de una felicidad inalcanzable... Recordaba que los muelles de la cama hacían un ruido espantoso y que se sentía enormemente fatigado.
Volvió a dejar la octavilla en el cajón. Pero todo su malestar no era imaginario. Le importunaron las mofas de la obra. Él también era un insecto, un despreciable parásito hematófago que hincaba su aguijón bajo los pliegues de sábanas aún calientes... Seres indefensos que un día amaron y otro se perdieron para siempre en algún lugar remoto, sin regreso posible a casa.
La llegada de Olga con la tetera humeante lo apartó, momentáneamente, de un desvarío que podía llevarle por otros remordimientos.
-Me he permitido traerle con el té algunas de las transcripciones que se han hecho de las declaraciones tomadas ayer a la tarde. Tenga cuidado, viene hirviendo.
No podía quejarse, al menos le había tocado una alumna sonriente.
-Olga, quédese. Me gusta servirme un té en compañía Lo que no puedo ofrecerle es azúcar. No soporto esos terrones morenos que tardan una eternidad en disolverse. Se puede hacer un chiste, pero es un síntoma, vivimos tiempos poco refinados.
Era el único en todo el departamento que practicaba aquella familiaridad con los novatos. Más de uno solía decir que los trataba como señoritas y luego se volvían demasiado delicados. Mantequilla, blanda mantequilla para trabajar a diario junto a enroñecidas navajas de malos barberos. Pero aquella licencia en el tratamiento era algo sopesado, un método eficaz para inducir vínculos de lealtad, dosis de afecto combinado con el rigor de un ejemplo basado en la eficiencia y un cumplimiento implacable del deber... Todo vocablo es arbitrario. ¡A ver cuántos de aquellos chismosos se atrevían a meter un dedo en la boca de uno sus cachorros para probar su dentadura! Mantequilla, mantequilla... Sandeces. Poner la espalda a cubierto evitando traiciones personales... Eso era asegurarse algún futuro. Hoy ordenas, mañana te arrastras por el suelo. Date por contento, si obedeces... El destino no era nada más que un nombre tachado en un papel desde un despacho tan mediocre como el suyo; una torpe broma hilvanada por el rencor y el azar a la que otorga oficialidad la rúbrica de un ser invisible y anónimo, mezcolanza de poder y de suerte. Aunque a la postre resulte absurdo, la impiedad no evita que ningún poder resulte efímero.
-Tampoco hay galletas, se terminaron hace dos días. Esto no hubiera pasado con mi antecesor en el cargo. Un mofletudo pisapapeles al que, pásmese, tumbaron unas fiebres de malta. Ninguna dicha es plena –añadió sonriente, sin apartar la vista de la muchacha seguro de que en su timidez se escondía también algún signo de admiración.
Abrió una de las carpetas que le había llevado con el té y le pidió que leyera alguna de las reseñas en voz alta. El difunto conocía la fuerza de las palabras. No de las palabras que aplauden a rabiar los falsos aduladores; no de esas, sino de aquellas otras que interrogan a los vivos, a los supervivientes que cometen el error de sentar la cabeza... Nunca se debe mezclar la profesión con causas personales, ni siquiera cuando se trabaja en la causa de las causas. Pero nadie con dos dedos de frente posee una fe tan ardiente. La joven estaba leyendo en voz alta, y él no podía controlar el desvarío. El testimonio se atribuía a un editorcillo de revistas literarias, un despilfarrador de papel. Aunque la versión estaba contaminada por un confidente, la había relatado un colaborador de una de las revistas, no importaba el nombre; alguien demasiado común como para dejar escapar la menor oportunidad de notoriedad. En la juvenil voz de Olga las palabras adquirían la sonoridad de una profanación.
-"¡Al diablo todo!... Estoy harto de que se me compare... La fama crecerá después de que muera. Mientras, la rasuro... ¿Quiénes son mis amigos? No los tengo ¡A veces me embarga una tristeza tan grande que me dan ganas de casarme! Fácil es decir que todo esto no vale un escupitajo... Pero si ya no escupo saliva, sino pura sangre. El efecto es nulo. Continúan importunándome...Dejaré de escribir versos...
Diez días después yacía con el pelo liso y los labios resecos en un féretro por el que asomaban sus toscas botas americanas".
-Es suficiente, Olga, vuelva al trabajo. Tengo que terminar el informe y oyendo tantas pesadumbres a mí también comienzan a entrarme ganas de casarme. Así que váyase antes de que intente vestirla de novia.
La joven abandonó el despacho con natural diligencia. Su rostro delataba que había leído en la gravedad de su semblante un repentino e inexplicable malestar que él, con aquella apresurada dosis de jovialidad forzada, no había conseguido ocultar. Probablemente se estuviera interrogando sobre su culpabilidad, pero ella no había influido en nada. Aquel era un malestar muy íntimo, un malestar antiguo, latente, invisible y sin cura. Conocía decenas de hombres a los que la cercanía de la verdad había conducido a la desesperación. Hizo ademán de comenzar a teclear una nueva línea en la máquina de escribir... Pero algo hizo que desistiera. Quizás la lectura de la palabra abril. Encendió un nuevo cigarrillo, el otro se había consumido sin que apenas fumara.Tomó el auricular y marcó el número de Lidia. De repente sentía unas enormes ganas de oír su voz, no importaba lo que dijera, sólo oír su voz para que ésta le trasmitiera algún sosiego.
-Me estoy convirtiendo en un neurótico. Hablo solo...Terminaré por autocompadecerme...
El teléfono consumió todos sus tonos sin que nadie respondiera a la llamada. ¿Cómo eran las últimas palabras de Romeo? "¡Vamos , amargo conductor, vamos repugnante guía! ¡Piloto desesperado, estrella contra las destructoras rocas tu barca fatigada! ¡Brindo por mi amor!¡ Ah veraz boticario! Tu droga es rápida : así muero con un beso". Buscó apresuradamente dentro de las anotaciones del expediente alguna referencia a las palabras de despedida... El mejor poeta, el mejor... Lo habían gritado desde las tribunas... Llenaba los titulares de los noticiarios radiofónicos y la totalidad de las cabeceras de prensa... El mejor ... Simples aduladores intentando que su muerte, como su vida, no tuviera ningún sentido... Sus dedos pasaban presurosos las hojas buscando aquel último apunte. En la sonoridad había algunas coincidencias. ¿También en el veneno? Un disparo a quemarropa. Hay quien desenfunda un arma para saberse vivo... Depositó el cigarrillo en el cenicero. Sacudió los papeles, que se habían manchando de ceniza, y recorrió algunos renglones con el dedo. Sabía que lo había leído... Daba igual. Los sentimientos originales no existen, varían los protagonistas y el plagio persiste. La desesperanza inagura la búsqueda de la búsqueda... Es tan difícil encontrarse. Quizás antes hay que perderse, perderse definitivamente. En aquel matiz no había ninguna diferencia... Podía haber dejado un sobre vacío, pero no, prefirió... Le costaba admitir la brutal fuerza de aquel sangriento gesto humilde... "No culpéis a nadie y, por favor, no chismeéis. El difunto lo odiaba terriblemente... El incidente está zanjado. La barca amorosa varó en lo vulgar". ¿Por qué resultaban tan dolorosas aquellas palabras ajenas? Miró la máquina de escribir. No había nada que añadir al informe. Mejor buscar protección en el silencio. Comenzar con un nuevo caso. En los ficheros había un montón de papeles con varias copias de la correspondencia de gente a la que se debía reanudar el seguimiento. Casi todo estaba en su memoria... "Habría hecho falta ser un héroe excepcional para estar callado durante años enteros; estar callado sin la esperanza de abrir un día la boca. Desgraciadamente, no soy ningún héroe". La verdad era una farsa, una representación de aparente éxito a tenor del número gratuito de vítores... Pero él sabía que el diablo es el único espectador silencioso. Por un segundo pensó en volver a llamar por teléfono... El muerto había iluminado el derrumbe del falso icono. Un creyente debería rezar... Mal enemigo para encontrárselo al otro lado de la línea infranqueable, mal enemigo para esquivarlo con aquellas débiles alas de insecto... Mal enemigo fuera como fuese. Se preguntaba por había terminado odiando aquello que deseaba imitar... Apagó el cigarrillo contra el borde de la mesa. Abrió el tercer cajón del escritorio y, con suavidad, extrajo un pequeño revolver. Puso el dedo en el gatillo, agachó la cabeza y besó el tambor del arma. Los ojos escudriñaban con fijeza en la penumbra del primer cajón. Desde una fotografía incrustada en una página de periódico, un montón de rostros impasibles le miraban mientras continuaba el desfile del cortejo fúnebre. Abril agonizando y el invierno aún adueñándose del corazón...