miércoles, 2 de abril de 2008

Una visita de Saturno


Si alguien se preguntara qué lugar ocupa el fútbol en los designios del universo, con toda probabilidad perdería el tiempo, resultaría pretenciosamente superfluo, ni siquiera se le prestaría una mínima atención, sencillamente no se le tomaría en serio. Algo parecido ocurriría si se buscara alguna tesis sobre la transcendencia del llamado deporte rey para el devenir humano en las facultades de Ciencias Políticas o en los manuales de las cátedras de Historia. No figura o se resume a un comentario colateral en un apunte de un epígrafe.
Sin embargo, si un imaginario habitante de una luna de Saturno visitara por primera vez la Tierra con el hipotético encargo de discernir la importancia de los asuntos terrestres por el volumen de espacio mediático que ocupan, y aterrizara por estas latitudes, es también más que probable que el lunático extraterrestre volviera a su casa en el anillo de Saturno con la fundamentada impresión de que, por los metros cuadrados de páginas de periódicos diariamente ocupadas por las obviedades del balompié, los terrícolas somos una especie en la que las preocupaciones o el interés por una extraña actividad llamada fútbol ocupa un lugar preferente, por delante de otras –para él seguramente no menos extrañas-, como la economía, la política o la cultura.
También es probable que el “satúrnico” investigador, a la inevitable pregunta de sus coplanetarios acerca de qué demonios es eso, respondiera recurriendo a la fórmula terrestre de recrear la obviedad de lo obvio contestando que fútbol es fútbol. Como también es probable que, a nada observador que hubiera sido el visitante, éste, para dar aún mayor consistencia a sus conclusiones, expusiera -recreándose en anécdotas y recortes de papel couché- que en el hábitat terrestre los futbolistas junto a un político llamado Sarkozy, que sería la excepción que tiene toda regla, lideran el ranking de los iconos sociales y son los elegidos por misses y top models como objetos de devoción por encima incluso de actores de cine, estrellas de la canción o toreros. Los Julen Guerrero, Beckhan, Casillas, Fernando Torres o Kaká hace tiempo que ocupan en el imaginario social el lugar de los Rodolfo Valentino o los James Dean de otras épocas. La Beckhanmania no deja de parecerse a una especie de postmoderna y edulcorada Beatlemania de nuestro tiempo.
Podría incluso terminar ilustrando su incontestable argumentación con una memorable anécdota del jugador quizás más favorecido por la divinidad para practicar ese juego, aquel asombroso diblador del Manchester United, llamado George Best al que se apodaba el “quinto beatle “ y que sin duda fue el precursor, un precursor quizás algo más inocente y más trágico, de la notoriedad social que han alcanzado esos nuevos ídolos modernos. Un mañana de mediados de los años setenta del todavía recientemente terminado siglo XX, George Best se encontraba en la suite presidencial del hotel más lujoso de New York, tumbado en una cama llena de fajos de billetes de 100 dólares que la noche pasada acababa de ganar en el casino , acompañado de una llamativa miss Mundo, llamada Marjorie Wallace y una botella de Dom Perignom abierta sobre la mesilla, esperando que le subieran el desayuno a su habitación. El camarero encargado de acercar hasta aquella suite del Olimpo unos huevos benedictine y zumo de naranja, que resultó ser un señor mayor casualmente proveniente del mismo Belfast de George Best, se dirigió a éste y con cierto pesar le dijo: “George, ¿qué pasó? ¿Dónde comenzaron las cosas a ir mal?”. La anécdota más que valor de anécdota lo tiene de completa biografía.
Dicho todo esto, la pasada semana saltaba a las páginas de los periódicos un conocido jugador vasco que comenzó jugando en la Real Sociedad y ahora lo hace en el Liverpool inglés, porque contradiciendo a su entrenador, Rafa Benítez, que al parecer dictaminaba que “el futbol es lo primero”, se negó a viajar con su equipo a Milán para disputar un decisivo partido de octavos de final de la Liga de Campeones porque consideró prioritario estar junto a su compañera cuando le tocaba dar a luz a su primer hijo. Quizás el imaginario visitante de Saturno a su regreso a casa también pudiera contar que hay terrestres a los que las mitomanías no los han trastornado todavía.

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