martes, 29 de junio de 2010

Veinticuatro años después de la profecía de Orwell


El año de la invasión norteamericana de Irak fue también el del centenario del nacimiento de George Orwell, un centenario que pasó casi desapercibido entre nosotros y que conmemoraba la figuraba de un intelectual incómodo. Arquetipo del pensador inconforme que, como decía el propio Orwell, asume, en cualquier circunstancia, que “libertad significa el derecho a decirle a la gente lo que no quiere oír”.

Orwell se paseó por el frente de guerra en el que se desangraban las ilusiones republicanas ibéricas con un balazo en el cuello y un imperecedero desasosiego, extraído del lado oculto de aquel matadero, que le convencieron de que en el servicio a la verdad tan importante es invertir el valor en denunciar tiranos como en luchar contra las falsas esperanzas, aunque ello te abone permanentemente al banquillo de los perdedores.

Cualquier melancolía pertenece al pasado y el testimonio intelectual siempre ha de estar comprometido con las verdades del presente. Las lecturas del futuro pertenecen a otros, descansan en territorio ilusorio. En este sentido, aunque la obra de George Orwell normalmente aparece encuadrada dentro de las profecías sociales, sus escritos, incluida 1984 que a menudo aparece reseñada como un clásico de las novelas de anticipación, tienen mucho menos que ver con las visiones o los augurios de un profeta que con las observaciones de un testigo de la época que le tocó vivir. Una época trágica, en la que a menudo compartían taza de café verdugos y soñadores, y casi siempre mentían las palabras.

Aunque sus “profecías” fueron malinterpretadas y póstumamente manipuladas para emplearlas como panfletos al servicio de la contrapropaganda en la guerra fría, en ellas, además de la denuncia de la aberración estalinista, existía también una seria advertencia sobre un deseo de fascismo que a pesar de la derrota de Hitler seguía vivo en la trastienda democrática occidental. Y es que, terminada la última gran contienda, aunque los fabricantes no incluyeran el aviso en el paquete, los humos de los cigarrillos “de la victoria y de la libertad” también se liaban con sustancias cancerígenas. Orwell murió poco antes de que el McCarthysmo iniciara “la caza de brujas” o de que los EE.UU. comenzaran a bendecir el paso de oca de los dictadores militares que iban a copar el cono sur americano.


Escrito en 1949, el 1984 orweliano no era un relato de un tiempo venidero sino la negra crónica de una enfermedad existente antes de que a Orwell le cerrara los ojos ninguna tuberculosis, una crónica que si conserva valores paródicos de la realidad actual en este año 2008 que acabamos de comenzar, no obedece a ningún don profético sino a un testimonio en el que se ofrecen indicios ciertos de que las palabras mienten y de que hermosos augurios como aquel de Voltaire, en el que éste predecía con total seguridad la abolición final de la tortura judicial en Europa, están lejos de cumplirse.

Veinticuatro años después de ese 1984 en el que ubicara literariamente su profecía George Orwell, las consignas de los actuales Ministerios de la Verdad vuelven a redactarse en la misma neolengua de las pantallas de un renovado y cada vez más todopoderoso Gran Hermano. Las evidencias son sencillamente abrumadoras. Basta algo tan simple como repasar algunos recortes periodísticos de la pasada semana para evidenciar que la ucronía orweliana es más actual que nunca. En dichos recortes pueden encontrarse desde las intenciones del actual gobierno británico de guardar los expedientes académicos de los escolares en un banco de datos que pueden servir para posteriores consultas policiales y convierte poco menos que a la infancia en una edad sin redención, a la apología del presidente Bush de la tortura de la asfixia (waterbording ) made in Guantánamo y de la extensión del espionaje electrónico a todo bicho viviente, o al proyecto europeo de elaborar ficheros de inmigrantes con datos biométricos como un escáner de la cara, del iris de los ojos o de las huellas dactilares, así como la creación de un registro de viajeros habituales y "de buena fe" (hay categorías que ni siquiera abarcan imaginaciones como las de Orwell o Kafka).
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El mejor Orwell se vuelve a sentar en el banquillo de los perdedores: la verdad nunca caduca, tan sólo renueva los enemigos.

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