domingo, 28 de noviembre de 2010
La canción de Bob Dylan
Hace ya casi cincuenta años -el tiempo pasa, y pasa también desmontando algunas esperanzas- que Bob Dylan cantó por primera vez aquello de “reuníos donde quiera que estéis, admitid que las aguas han crecido a vuestro alrededor, aceptad que pronto estaréis calados hasta los huesos…el perdedor de ahora será el ganador más tarde porque los tiempos están cambiando”. Los tiempos han pasado al compás de su inexorable tic tac, pero en algunos asuntos apenas han cambiado. Hay vencedores de mucho antes de ayer que siguen venciendo y perdedores de casi siempre que siguen acumulando derrotas.
A principios de los años setenta del pasado siglo, cuando algunos de nosotros nos preparábamos para transitar de la niñez a una adolescencia que iba a coincidir con los últimos estertores del franquismo y una traición enmascarada en forma de marcha verde, el cineasta norteamericano Ralph Nelson llevaba a las pantallas de los cines una película del oeste titulada “Soldado Azul”. Un film protagonizado por Candice Bergen y Peter Strauss, al que el paso del tiempo probablemente también habrá hecho envejecer, pero que por aquel entonces aportaba una novedosa rareza: por primera vez en un western se reflejaba el punto de vista de los indios.
En ese film, en el que se incluían unos planos de una violencia tan cruda que le valieron por aquel tiempo el apelativo de la película más violenta jamás filmada, se narraba el brutal ataque perpetrado por un destacamento del ejército de los EE.UU. mandado por el coronel John Chivington contra un indefenso campamento de indios cheyennes y arapahoes que se hallaba pacíficamente acampado en un lugar de Colorado llamado Sand Creek. En un mes de noviembre como éste de 1864 allí fueron descuartizados doscientos indios, tres cuartas partes de ellos mujeres y niños.
A pesar de que se trataba de un largometraje del oeste inspirado en un hecho real, su director, Ralph Nelson, nunca ocultó que aquel film era un alegato contra la guerra de Vietnam y un recordatorio con tono de denuncia de la masacre de la aldea de My Lai, en la que los marines norteamericanos, pocos meses antes, asesinaron a medio millar de civiles vietnamitas, la mayoría, como en Sand Creek viejos, mujeres y niños.
En el año 2006, después de casi cuarenta años de secreto, se supo que existía un informe de nueve mil páginas que contenía las conclusiones de las investigaciones efectuadas por el Pentágono en el que se demostraba que, de un modo u otro, todas las divisiones militares destinadas en Vietnam habían cometido crímenes de guerra contra la población civil.
Un sociólogo norteamericano, llamado George Bayley como el protagonista del film “¡Qué bello es vivir!”, efectuó un estudió muy preciso sobre el tratamiento que las tres principales cadenas de televisión de su país (ABC, CBS y NBC) dieron de aquella intervención americana. Y el resultado evidenció una parcialidad extremadamente concluyente: sólo un tres por ciento de los espacios se hizo eco del punto de vista del país invadido.
Como he dicho antes, hace casi cincuenta años que Bod Dylan cantó por primera vez esa hermosa canción de “Los tiempos están cambiando”, pero los tiempos, desgraciadamente, no parecen haber cambiado tanto como se anunciaba. No sé si algún cineasta rodará algún alegato por lo ocurrido en El Aaiún y por los vergonzosos silencios del gobierno de Rodríguez Zapatero y la llamada Comunidad internacional. No sé si habrá un informe en el ministerio de Rubalcaba que dé cuenta de las violaciones marroquíes y que se pueda conocer dentro de otros cuarenta años. Si por segunda semana repito indignación y denuncia es porque siento que debo reiterar mi modesta contribución para compensar el abrumador espacio ocupado por los hipócritas y solidarizarme con el invisible punto de vista de los agredidos.
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