
Islandia es uno de esos países que casi no existen, uno de esos lugares del que casi nunca –en ningún tiempo- llegan noticias. Esta perpetua desaparición se rompió fugazmente, sin que probablemente casi nadie lo notara, hace unos días, cuando en las páginas de deportes de algunos periódicos se recogía el breve apunte de una noticia, proveniente de Reykiavik, que no tenía nada de deportiva y que iba encabezada por un titular que decía: “Bobby Fisher ingresado con ‘signos de paranoia”.
Debajo del titular, en un pequeño encabezamiento que bien pudiera servir para el comienzo de una novela negra de John Le Carré, se añadía: “A sus 64 años, vive recluido y de la caridad con el temor de un complot de la CIA para llevarlo a Estados Unidos”. Pero de la misma manera que suele decirse que el Guggenheim ha puesto a Bilbao en el mapa, se podría afirmar que Bobby Fisher lo hizo, hace ya la friolera de 35 años, con Reykiavik. Fisher es pues un Guggenheim islandés del que habría que decir que no vive de la caridad sino del pago a unos impagables servicios prestados.
Bobby Fisher y Boris Spassky -quien casualmente visitaba Bilbao el mes pasado- están mágicamente asociados en mi caso, como supongo que en el de muchos otros de mi generación, con la nostalgia de un lejano verano adolescente de pantalón corto y de una repentina fiebre por el juego del ajedrez, despertada por aquel duelo que se denominó el “match del siglo”.
Un match que alcanzó connotaciones mitológicas y, por encima de la lógica de los movimientos de las piezas sobre los escaques, se elevó a la categoría de máxima metáfora de la época de la “Guerra Fría”. La metáfora, como todas las metáforas resulta injusta y tiene bastante de exageración, pero convirtió a los dos personajes de aquel singular combate en una especie de reencarnados Aquiles y Héctor modernos.
Como en la historia mitológica, de nuevo el fiero Aquiles derrotó al caballeroso Héctor, y, como en esa misma historia, la antigua URSS terminó en ruinas como la antigua Troya. También como en aquella historia, los héroes finalmente han resultado más humanos que sus dioses, y todo parece indicar que este formidable Aquiles también tiene su frágil y trágico “talón”.
Lo que quizás también pudiera ser es que el Bobby Fisher actual, el temeroso de todo, el paranoico, el aterrado por posibles complots de la CIA, fuera una nueva metáfora de los victoriosos atenienses modernos.
Debajo del titular, en un pequeño encabezamiento que bien pudiera servir para el comienzo de una novela negra de John Le Carré, se añadía: “A sus 64 años, vive recluido y de la caridad con el temor de un complot de la CIA para llevarlo a Estados Unidos”. Pero de la misma manera que suele decirse que el Guggenheim ha puesto a Bilbao en el mapa, se podría afirmar que Bobby Fisher lo hizo, hace ya la friolera de 35 años, con Reykiavik. Fisher es pues un Guggenheim islandés del que habría que decir que no vive de la caridad sino del pago a unos impagables servicios prestados.
Bobby Fisher y Boris Spassky -quien casualmente visitaba Bilbao el mes pasado- están mágicamente asociados en mi caso, como supongo que en el de muchos otros de mi generación, con la nostalgia de un lejano verano adolescente de pantalón corto y de una repentina fiebre por el juego del ajedrez, despertada por aquel duelo que se denominó el “match del siglo”.
Un match que alcanzó connotaciones mitológicas y, por encima de la lógica de los movimientos de las piezas sobre los escaques, se elevó a la categoría de máxima metáfora de la época de la “Guerra Fría”. La metáfora, como todas las metáforas resulta injusta y tiene bastante de exageración, pero convirtió a los dos personajes de aquel singular combate en una especie de reencarnados Aquiles y Héctor modernos.
Como en la historia mitológica, de nuevo el fiero Aquiles derrotó al caballeroso Héctor, y, como en esa misma historia, la antigua URSS terminó en ruinas como la antigua Troya. También como en aquella historia, los héroes finalmente han resultado más humanos que sus dioses, y todo parece indicar que este formidable Aquiles también tiene su frágil y trágico “talón”.
Lo que quizás también pudiera ser es que el Bobby Fisher actual, el temeroso de todo, el paranoico, el aterrado por posibles complots de la CIA, fuera una nueva metáfora de los victoriosos atenienses modernos.
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