
Desde la atalaya de la edad adulta la juventud casi siempre se observa con una fatua y falsa conmiseración. Casi siempre se destacan con exagerada autocondesdencia y apresurado alivio los defectos de las generaciones que vienen por detrás. Enseguida nos gusta confirmar que son peores que la nuestra. En nuestro tiempo esas cosas no pasaban. Éramos más respetuosos. Más listos. Más no se qué. Menos infantiles. Lo mismo decían nuestros padres comparándose con nosotros y nuestros abuelos respecto a nuestros padres. La secuencia es perenne y se remonta hasta antes de los romanos.
La falsa conclusión que cabría extrapolar de este común modo de pensar es que el crecimiento de la estupidez es exponencial. La juventud de hoy es siempre peor que la de ayer, adultos dixit. Es como si la desmemoria y la edad siempre tendieran a buscar una coartada para la revancha en otros que, siendo básicamente como nosotros, son jóvenes en otro tiempo y sencillamente poseen una juventud que nosotros hemos perdido por simple e inexorable determinismo vital.
Pocas cosas hay que compartamos más los adultos que la aceptación de la censura de lo defectos de los niños y los adolescentes y el apresuramiento a dictar un remedio que, supuestamente, los debe poner en la “buena vereda”. Alguien pregunta ¿cuánto pesa el mármol en vinagre? Y al otro día alguien receta un nuevo cambio de plan educativo, con una propuesta de un puñado más de horas lectivas que siempre resultan insuficientes.
Es un enorme autoconsuelo achacar los males de los mayores a la mala educación de la infancia. Los pinchazos de la vacuna y los malos tragos de la cucharada de jarabe los alejamos de nosotros. La primera constante es que todos los males sociales se los adjudicamos a la infancia. La segunda que a la pregunta del mármol y el vinagre siempre contestan más acertadamente los escolares en Noruega y en Finlandia.Los profesores dicen que los alumnos ahora leen menos, pero no sabemos cuánto leen ellos. Es igualmente probable que a la pregunta de cuánto pesa el mármol en vinagre también los docentes contesten mejor en el Helsinki. Lo que es seguro es que hace tiempo que en sus aulas han universalizado el uso del ordenador e internet desde el primer curso. Como diría Robert Louis Stevenson, siempre tendemos a reconocer que nos hemos equivocado antes, y de ello sacamos la asombrosa conclusión de que ahora, por fin, sí que estamos en lo cierto.
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