
Quizás literariamente podría decirse así: probablemente el deseo de la existencia de dios es proporcional al deseo de justicia. O, dicho de una manera más mundana, el deseo del remedio es proporcional al deseo de la necesidad. Quizás sí, quizás la enormidad de un deseo es proporcional a la de otro deseo, quizás también la enormidad de una insatisfacción sea proporcional a la de otra insatisfacción. Después de todo, los deseos son deseos, y cuanto más grandes son, más se encadenan y menos se cumplen. Dicho también literariamente, nadie imploraría al cielo si hubiera justicia en la tierra.
El pasado uno de noviembre, día de todos los santos –caprichoso sarcasmo en la efemérides elegida por el destino para entregar su cuerpo a las cenizas- moría apaciblemente en una cama de su casa en Columbus (Ohio), sin asomo de remordimientos y en asombrosa paz consigo mismo, a la considerable edad de 92 años, el ex-general de brigada Paul Warfield Tibbets, Jr. Según un no menos sarcástico apunte periodístico, digno de figurar en un lugar preferente en la antología más negra del humor más negro: “Dejó como sobrevivientes a su esposa y tres hijos”.
Según cuentan, el padre de Paul Warfield Tibbets Jr. quería que su hijo fuera médico pero su madre le apoyó en su deseo de ser piloto aéreo. Un deseo que –otra negra ironía- surgió cuando, a la edad de 12 años, fue invitado a subir a un biplano que estaba efectuando una campaña publicitaria para lanzar caramelos desde el aire sobre una multitud en el hipódromo de Hialeah en Florida.
Dieciocho años después, despegaba de madrugada de Tinián, en las islas Marianas, pilotando un Boeing de 43 metros de largo al que bautizo con el nombre de su querida madre, Enola Gay. En los prolegómenos del despegue, un fotógrafo, cámara en mano, le dijo: “vas a ser famoso, así que sonríe”.
Seis horas después, aquel aparato soltaba desde 9.632 metros de altura un artefacto que llevaba el macabro nombre de “Little Boy” (Niño pequeño), asesinando a 140.000 personas. La inmensa mayoría de los muertos, en medio de aquel hongo apocalíptico desatado por una sola bomba sobre la ciudad de Hiroshima, fueron ancianos mujeres y niños. Cerca de 90.000 personas más murieron en los años siguientes por enfermedades crónicas derivadas de la exposición a la radiación.
Si hubiera dios, Paul Warfield Tibbets Jr. y los que ordenaron aquella matanza pasarían la eternidad en el infierno.
El pasado uno de noviembre, día de todos los santos –caprichoso sarcasmo en la efemérides elegida por el destino para entregar su cuerpo a las cenizas- moría apaciblemente en una cama de su casa en Columbus (Ohio), sin asomo de remordimientos y en asombrosa paz consigo mismo, a la considerable edad de 92 años, el ex-general de brigada Paul Warfield Tibbets, Jr. Según un no menos sarcástico apunte periodístico, digno de figurar en un lugar preferente en la antología más negra del humor más negro: “Dejó como sobrevivientes a su esposa y tres hijos”.
Según cuentan, el padre de Paul Warfield Tibbets Jr. quería que su hijo fuera médico pero su madre le apoyó en su deseo de ser piloto aéreo. Un deseo que –otra negra ironía- surgió cuando, a la edad de 12 años, fue invitado a subir a un biplano que estaba efectuando una campaña publicitaria para lanzar caramelos desde el aire sobre una multitud en el hipódromo de Hialeah en Florida.
Dieciocho años después, despegaba de madrugada de Tinián, en las islas Marianas, pilotando un Boeing de 43 metros de largo al que bautizo con el nombre de su querida madre, Enola Gay. En los prolegómenos del despegue, un fotógrafo, cámara en mano, le dijo: “vas a ser famoso, así que sonríe”.
Seis horas después, aquel aparato soltaba desde 9.632 metros de altura un artefacto que llevaba el macabro nombre de “Little Boy” (Niño pequeño), asesinando a 140.000 personas. La inmensa mayoría de los muertos, en medio de aquel hongo apocalíptico desatado por una sola bomba sobre la ciudad de Hiroshima, fueron ancianos mujeres y niños. Cerca de 90.000 personas más murieron en los años siguientes por enfermedades crónicas derivadas de la exposición a la radiación.
Si hubiera dios, Paul Warfield Tibbets Jr. y los que ordenaron aquella matanza pasarían la eternidad en el infierno.
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