
No podía dejar de oír aquel estampido imaginario, pero los dedos pasaban temblorosos del cigarro a las teclas de la máquina de escribir sin apretar ningún gatillo. Fue un disparo certero. Según el forense la bala había impactado de lleno en el corazón, disparada a quemarropa, sosteniendo la pistola entre los dedos con pulso firme. Mal enemigo para encontrárselo emboscado en un callejón... Mal enemigo para encontrárselo también en una plaza a horizonte abierto... Mal enemigo fuera como fuese... Tendría que corregir las anotaciones de los últimos párrafos. El jefe había insistido en que desechara comentarios superfluos.
-Nada de retórica. Pim, pam, pum... Escuetamente certificar hora, día e incidente. Ten cuidado con las palabras, luego no hay quien quite las manchas de saliva.
Siempre repetía que había que dejárselas a esos tipejos encargados del protocolo que hasta para lavarse las manos se enfundan guantes de astracán.
-No existe exceso de celo en los tiempos que corren. El perro debe cuidarse de los mordiscos del amo.
Le habían encargado que iniciara la investigación tres meses antes, cuando en el teatro aún andaban con los preparativos de la escenificación de una nueva provocación. Apenas había comenzado el año nuevo y él acababa de romper con Lidia. Ninguna novedad, sólo en el pasado año había sucedido al menos cuatro veces. Podía haberla llevado a la función, seguro que le hubieran hecho gracia las ocurrencias de aquel circo bufo. Una mujer fosforescente y un soñador mortalmente ofendido calculando la cuadratura de los cerezos. ¡Pobre Chejov! Aunque ahora era aconsejable ser prudente. Mejor posponer los comentarios jocosos. A más de un idiota le iban a patear por permitirse emborronar con chistes de mal gusto el panegírico que las autoridades habían pergeñado para el difunto... La experiencia es un grado. El procedimiento consistía en colocar confidencias y difamaciones en un sobre con los documentos sensibles, abajo, en el tercer cajón del escritorio, y no abrir sin permiso expreso. Luego aguardar la orden de incluir en la carpeta el matasellos de asunto finiquitado y comenzar con el siguiente infeliz. El último trabajo había resultado breve, demasiado breve.
Hizo una pausa en la escritura para asomarse al pasillo y pedirle a Olga que le llevase un poco de té hirviendo.
-No prestes atención a esa banda de haraganes, los enviaron aquí porque no servían para otra cosa. Mejor habría hecho tu tío buscándote una plaza en un ministerio más saludable. No me mires así. Marcha de una vez, necesito beber algo caliente... ¿Nadie sabe cuándo arreglarán ese calefactor?
De regreso al despacho se volvió para comprobar que la muchacha había comenzado a bajar la escalera. Estaba seguro de que con algo de paciencia se podía extraer un buen diamante de aquella vivaz ingenuidad que se alejaba apresuradamente, oculta bajo una larga coleta. Había llegado allí quince días antes recomendada por un pariente funcionario de Correos, y el jefe le había encargado su instrucción.
-En este oficio, una mujer despierta vale más que una docena de hombres inteligentes. Así que espabílala. La sección apenas cuenta con veinte empleados en activo, la mayoría tan perspicaces como esta puerta.
Dio un par de caladas al cigarrillo antes de volver a sentarse al lado de la máquina de escribir. Sobre la mesa se hallaba extendido el periódico con una gran fotografía del cortejo fúnebre presidido por un montón de rostros conocidos. Tecleó abril. Desconocía por qué le produjo la sensación de que se trataba de una palabra infame. Se detuvo para plegar el periódico y guardarlo en un cajón. No soportaba las miradas de pesar que abarrotaban la página del periódico. Muchos de aquellos llorones eran los mismos merodeadores que se mofaban del muerto cuando recitaba versos sobre la tarima de un escenario. Los más jóvenes le lanzaban bolitas de papel llenas de idioteces a las que contestaba con gesto iracundo.
-Hemos pagado por ti y aún no sabemos si aúllas o ladras...
-Amigo, mejor sería que fuese a emborracharse a una cervecería, le saldría más barato.
¿Para qué iban a escucharle? La mayoría de las notas eran injuriosas. Lo usaban como una pared en la que pintorrear sus desahogos más obscenos. "La mierda es muy espesa todavía". Aquella frase estaba subrayada en el expediente junto a una curiosa recomendación: "En vez de dibujar un ángel por qué no dibujas una mosca. Hace mucho tiempo que no dibujas moscas". Las moscas estaban por todas partes, por todas... Incluso en la duermevela de la mayoría de sus negras pesadillas. Hay hombres que cuando las lagartijas se arrancan la cola para conservar la vida, ellos lo hacen con el corazón. Aún sin digerir del todo el último pensamiento, sacudió la ceniza del cigarrillo apartando el cenicero de cristal a un lado de la mesa, y colocó en su lugar una hoja de papel que acaba de extraer del cajón en el que había depositado el periódico. Se trataba de una pequeña hoja de mano en la que se invitaba al público a asistir a la representación de una obra anterior del autor. "Apresúrate...Hay colas en las taquillas, el teatro está lleno. Pero no te enfades con las bromas del insecto: no se trata de ti, sino de tu vecino". Aquel farfullador era un mal enemigo, un enemigo peligroso fuera como fuese.
A esa función fue con Lidia. Aún no trabajaba en el asunto. Tampoco en la sección. Clasificaba correspondencia encerrado en un sótano inmundo. La mayoría contenía intimidades sin ninguna importancia, material de escasa utilidad. Aunque había gente que con nada sabía hacer milagros. A Lidia y a su hermana les cautivaban los alardes de aquel artista extravagante que recitaba con zanahorias en el ojal: "Con desnuda impudicia o con temblor tímido dame el encanto inmarchito de tus labios: mi corazón y yo nunca arribamos a abril; en la vida vivida sólo contamos cien marzos". El tenía entradas para Romeo y Julieta y tuvo que tirarlas a la basura. No quiso revenderlas, pensaba pedirle a ella que se fuese a vivir con él. Vivía solo en un apartamento viejo pero espacioso. Ahora estaba mejor, había ido invirtiendo las bonificaciones de los ascensos en algunas mejoras. Tenía calefacción. En el despacho hacía frío, seguía estropeada, un frío gélido no apto para soportar almas inocentes. Se sonrío, no había ninguna en la sección. ¿Pero el infierno no era un lugar excesivamente tórrido? Monsergas, ¡monsergas infantiles! Él había hecho el papel de Romeo un par de veces en sus tiempos de estudiante en el Liceo, y pensaba reírse con Lidia parodiando algunos fraseos después de salir del teatro. Pero terminaron discutiendo. Fue la primera vez, la primera vez que las caricias no sirvieron de nada. Desnudos frente a frente, después de que él exhibiese el malestar que le había provocado el cambio de planes. Un desahogo artificioso e inútil, a ella le gustaba contradecirlo cuando se ofuscaba. No importaba nada de lo que dijo; era todo palabrería, orgullo varonil herido por un deseo incumplido y la sombra de un fantasma sosteniendo un espejo en el que, aunque cierres los ojos, la imagen refleja tu frágil desnudez, señalando un culpable con el dedo. Celos, simples celos de una felicidad inalcanzable... Recordaba que los muelles de la cama hacían un ruido espantoso y que se sentía enormemente fatigado.
Volvió a dejar la octavilla en el cajón. Pero todo su malestar no era imaginario. Le importunaron las mofas de la obra. Él también era un insecto, un despreciable parásito hematófago que hincaba su aguijón bajo los pliegues de sábanas aún calientes... Seres indefensos que un día amaron y otro se perdieron para siempre en algún lugar remoto, sin regreso posible a casa.
La llegada de Olga con la tetera humeante lo apartó, momentáneamente, de un desvarío que podía llevarle por otros remordimientos.
-Me he permitido traerle con el té algunas de las transcripciones que se han hecho de las declaraciones tomadas ayer a la tarde. Tenga cuidado, viene hirviendo.
No podía quejarse, al menos le había tocado una alumna sonriente.
-Olga, quédese. Me gusta servirme un té en compañía Lo que no puedo ofrecerle es azúcar. No soporto esos terrones morenos que tardan una eternidad en disolverse. Se puede hacer un chiste, pero es un síntoma, vivimos tiempos poco refinados.
Era el único en todo el departamento que practicaba aquella familiaridad con los novatos. Más de uno solía decir que los trataba como señoritas y luego se volvían demasiado delicados. Mantequilla, blanda mantequilla para trabajar a diario junto a enroñecidas navajas de malos barberos. Pero aquella licencia en el tratamiento era algo sopesado, un método eficaz para inducir vínculos de lealtad, dosis de afecto combinado con el rigor de un ejemplo basado en la eficiencia y un cumplimiento implacable del deber... Todo vocablo es arbitrario. ¡A ver cuántos de aquellos chismosos se atrevían a meter un dedo en la boca de uno sus cachorros para probar su dentadura! Mantequilla, mantequilla... Sandeces. Poner la espalda a cubierto evitando traiciones personales... Eso era asegurarse algún futuro. Hoy ordenas, mañana te arrastras por el suelo. Date por contento, si obedeces... El destino no era nada más que un nombre tachado en un papel desde un despacho tan mediocre como el suyo; una torpe broma hilvanada por el rencor y el azar a la que otorga oficialidad la rúbrica de un ser invisible y anónimo, mezcolanza de poder y de suerte. Aunque a la postre resulte absurdo, la impiedad no evita que ningún poder resulte efímero.
-Tampoco hay galletas, se terminaron hace dos días. Esto no hubiera pasado con mi antecesor en el cargo. Un mofletudo pisapapeles al que, pásmese, tumbaron unas fiebres de malta. Ninguna dicha es plena –añadió sonriente, sin apartar la vista de la muchacha seguro de que en su timidez se escondía también algún signo de admiración.
Abrió una de las carpetas que le había llevado con el té y le pidió que leyera alguna de las reseñas en voz alta. El difunto conocía la fuerza de las palabras. No de las palabras que aplauden a rabiar los falsos aduladores; no de esas, sino de aquellas otras que interrogan a los vivos, a los supervivientes que cometen el error de sentar la cabeza... Nunca se debe mezclar la profesión con causas personales, ni siquiera cuando se trabaja en la causa de las causas. Pero nadie con dos dedos de frente posee una fe tan ardiente. La joven estaba leyendo en voz alta, y él no podía controlar el desvarío. El testimonio se atribuía a un editorcillo de revistas literarias, un despilfarrador de papel. Aunque la versión estaba contaminada por un confidente, la había relatado un colaborador de una de las revistas, no importaba el nombre; alguien demasiado común como para dejar escapar la menor oportunidad de notoriedad. En la juvenil voz de Olga las palabras adquirían la sonoridad de una profanación.
-"¡Al diablo todo!... Estoy harto de que se me compare... La fama crecerá después de que muera. Mientras, la rasuro... ¿Quiénes son mis amigos? No los tengo ¡A veces me embarga una tristeza tan grande que me dan ganas de casarme! Fácil es decir que todo esto no vale un escupitajo... Pero si ya no escupo saliva, sino pura sangre. El efecto es nulo. Continúan importunándome...Dejaré de escribir versos...
Diez días después yacía con el pelo liso y los labios resecos en un féretro por el que asomaban sus toscas botas americanas".
-Es suficiente, Olga, vuelva al trabajo. Tengo que terminar el informe y oyendo tantas pesadumbres a mí también comienzan a entrarme ganas de casarme. Así que váyase antes de que intente vestirla de novia.
La joven abandonó el despacho con natural diligencia. Su rostro delataba que había leído en la gravedad de su semblante un repentino e inexplicable malestar que él, con aquella apresurada dosis de jovialidad forzada, no había conseguido ocultar. Probablemente se estuviera interrogando sobre su culpabilidad, pero ella no había influido en nada. Aquel era un malestar muy íntimo, un malestar antiguo, latente, invisible y sin cura. Conocía decenas de hombres a los que la cercanía de la verdad había conducido a la desesperación. Hizo ademán de comenzar a teclear una nueva línea en la máquina de escribir... Pero algo hizo que desistiera. Quizás la lectura de la palabra abril. Encendió un nuevo cigarrillo, el otro se había consumido sin que apenas fumara.Tomó el auricular y marcó el número de Lidia. De repente sentía unas enormes ganas de oír su voz, no importaba lo que dijera, sólo oír su voz para que ésta le trasmitiera algún sosiego.
-Me estoy convirtiendo en un neurótico. Hablo solo...Terminaré por autocompadecerme...
El teléfono consumió todos sus tonos sin que nadie respondiera a la llamada. ¿Cómo eran las últimas palabras de Romeo? "¡Vamos , amargo conductor, vamos repugnante guía! ¡Piloto desesperado, estrella contra las destructoras rocas tu barca fatigada! ¡Brindo por mi amor!¡ Ah veraz boticario! Tu droga es rápida : así muero con un beso". Buscó apresuradamente dentro de las anotaciones del expediente alguna referencia a las palabras de despedida... El mejor poeta, el mejor... Lo habían gritado desde las tribunas... Llenaba los titulares de los noticiarios radiofónicos y la totalidad de las cabeceras de prensa... El mejor ... Simples aduladores intentando que su muerte, como su vida, no tuviera ningún sentido... Sus dedos pasaban presurosos las hojas buscando aquel último apunte. En la sonoridad había algunas coincidencias. ¿También en el veneno? Un disparo a quemarropa. Hay quien desenfunda un arma para saberse vivo... Depositó el cigarrillo en el cenicero. Sacudió los papeles, que se habían manchando de ceniza, y recorrió algunos renglones con el dedo. Sabía que lo había leído... Daba igual. Los sentimientos originales no existen, varían los protagonistas y el plagio persiste. La desesperanza inagura la búsqueda de la búsqueda... Es tan difícil encontrarse. Quizás antes hay que perderse, perderse definitivamente. En aquel matiz no había ninguna diferencia... Podía haber dejado un sobre vacío, pero no, prefirió... Le costaba admitir la brutal fuerza de aquel sangriento gesto humilde... "No culpéis a nadie y, por favor, no chismeéis. El difunto lo odiaba terriblemente... El incidente está zanjado. La barca amorosa varó en lo vulgar". ¿Por qué resultaban tan dolorosas aquellas palabras ajenas? Miró la máquina de escribir. No había nada que añadir al informe. Mejor buscar protección en el silencio. Comenzar con un nuevo caso. En los ficheros había un montón de papeles con varias copias de la correspondencia de gente a la que se debía reanudar el seguimiento. Casi todo estaba en su memoria... "Habría hecho falta ser un héroe excepcional para estar callado durante años enteros; estar callado sin la esperanza de abrir un día la boca. Desgraciadamente, no soy ningún héroe". La verdad era una farsa, una representación de aparente éxito a tenor del número gratuito de vítores... Pero él sabía que el diablo es el único espectador silencioso. Por un segundo pensó en volver a llamar por teléfono... El muerto había iluminado el derrumbe del falso icono. Un creyente debería rezar... Mal enemigo para encontrárselo al otro lado de la línea infranqueable, mal enemigo para esquivarlo con aquellas débiles alas de insecto... Mal enemigo fuera como fuese. Se preguntaba por había terminado odiando aquello que deseaba imitar... Apagó el cigarrillo contra el borde de la mesa. Abrió el tercer cajón del escritorio y, con suavidad, extrajo un pequeño revolver. Puso el dedo en el gatillo, agachó la cabeza y besó el tambor del arma. Los ojos escudriñaban con fijeza en la penumbra del primer cajón. Desde una fotografía incrustada en una página de periódico, un montón de rostros impasibles le miraban mientras continuaba el desfile del cortejo fúnebre. Abril agonizando y el invierno aún adueñándose del corazón...
-Nada de retórica. Pim, pam, pum... Escuetamente certificar hora, día e incidente. Ten cuidado con las palabras, luego no hay quien quite las manchas de saliva.
Siempre repetía que había que dejárselas a esos tipejos encargados del protocolo que hasta para lavarse las manos se enfundan guantes de astracán.
-No existe exceso de celo en los tiempos que corren. El perro debe cuidarse de los mordiscos del amo.
Le habían encargado que iniciara la investigación tres meses antes, cuando en el teatro aún andaban con los preparativos de la escenificación de una nueva provocación. Apenas había comenzado el año nuevo y él acababa de romper con Lidia. Ninguna novedad, sólo en el pasado año había sucedido al menos cuatro veces. Podía haberla llevado a la función, seguro que le hubieran hecho gracia las ocurrencias de aquel circo bufo. Una mujer fosforescente y un soñador mortalmente ofendido calculando la cuadratura de los cerezos. ¡Pobre Chejov! Aunque ahora era aconsejable ser prudente. Mejor posponer los comentarios jocosos. A más de un idiota le iban a patear por permitirse emborronar con chistes de mal gusto el panegírico que las autoridades habían pergeñado para el difunto... La experiencia es un grado. El procedimiento consistía en colocar confidencias y difamaciones en un sobre con los documentos sensibles, abajo, en el tercer cajón del escritorio, y no abrir sin permiso expreso. Luego aguardar la orden de incluir en la carpeta el matasellos de asunto finiquitado y comenzar con el siguiente infeliz. El último trabajo había resultado breve, demasiado breve.
Hizo una pausa en la escritura para asomarse al pasillo y pedirle a Olga que le llevase un poco de té hirviendo.
-No prestes atención a esa banda de haraganes, los enviaron aquí porque no servían para otra cosa. Mejor habría hecho tu tío buscándote una plaza en un ministerio más saludable. No me mires así. Marcha de una vez, necesito beber algo caliente... ¿Nadie sabe cuándo arreglarán ese calefactor?
De regreso al despacho se volvió para comprobar que la muchacha había comenzado a bajar la escalera. Estaba seguro de que con algo de paciencia se podía extraer un buen diamante de aquella vivaz ingenuidad que se alejaba apresuradamente, oculta bajo una larga coleta. Había llegado allí quince días antes recomendada por un pariente funcionario de Correos, y el jefe le había encargado su instrucción.
-En este oficio, una mujer despierta vale más que una docena de hombres inteligentes. Así que espabílala. La sección apenas cuenta con veinte empleados en activo, la mayoría tan perspicaces como esta puerta.
Dio un par de caladas al cigarrillo antes de volver a sentarse al lado de la máquina de escribir. Sobre la mesa se hallaba extendido el periódico con una gran fotografía del cortejo fúnebre presidido por un montón de rostros conocidos. Tecleó abril. Desconocía por qué le produjo la sensación de que se trataba de una palabra infame. Se detuvo para plegar el periódico y guardarlo en un cajón. No soportaba las miradas de pesar que abarrotaban la página del periódico. Muchos de aquellos llorones eran los mismos merodeadores que se mofaban del muerto cuando recitaba versos sobre la tarima de un escenario. Los más jóvenes le lanzaban bolitas de papel llenas de idioteces a las que contestaba con gesto iracundo.
-Hemos pagado por ti y aún no sabemos si aúllas o ladras...
-Amigo, mejor sería que fuese a emborracharse a una cervecería, le saldría más barato.
¿Para qué iban a escucharle? La mayoría de las notas eran injuriosas. Lo usaban como una pared en la que pintorrear sus desahogos más obscenos. "La mierda es muy espesa todavía". Aquella frase estaba subrayada en el expediente junto a una curiosa recomendación: "En vez de dibujar un ángel por qué no dibujas una mosca. Hace mucho tiempo que no dibujas moscas". Las moscas estaban por todas partes, por todas... Incluso en la duermevela de la mayoría de sus negras pesadillas. Hay hombres que cuando las lagartijas se arrancan la cola para conservar la vida, ellos lo hacen con el corazón. Aún sin digerir del todo el último pensamiento, sacudió la ceniza del cigarrillo apartando el cenicero de cristal a un lado de la mesa, y colocó en su lugar una hoja de papel que acaba de extraer del cajón en el que había depositado el periódico. Se trataba de una pequeña hoja de mano en la que se invitaba al público a asistir a la representación de una obra anterior del autor. "Apresúrate...Hay colas en las taquillas, el teatro está lleno. Pero no te enfades con las bromas del insecto: no se trata de ti, sino de tu vecino". Aquel farfullador era un mal enemigo, un enemigo peligroso fuera como fuese.
A esa función fue con Lidia. Aún no trabajaba en el asunto. Tampoco en la sección. Clasificaba correspondencia encerrado en un sótano inmundo. La mayoría contenía intimidades sin ninguna importancia, material de escasa utilidad. Aunque había gente que con nada sabía hacer milagros. A Lidia y a su hermana les cautivaban los alardes de aquel artista extravagante que recitaba con zanahorias en el ojal: "Con desnuda impudicia o con temblor tímido dame el encanto inmarchito de tus labios: mi corazón y yo nunca arribamos a abril; en la vida vivida sólo contamos cien marzos". El tenía entradas para Romeo y Julieta y tuvo que tirarlas a la basura. No quiso revenderlas, pensaba pedirle a ella que se fuese a vivir con él. Vivía solo en un apartamento viejo pero espacioso. Ahora estaba mejor, había ido invirtiendo las bonificaciones de los ascensos en algunas mejoras. Tenía calefacción. En el despacho hacía frío, seguía estropeada, un frío gélido no apto para soportar almas inocentes. Se sonrío, no había ninguna en la sección. ¿Pero el infierno no era un lugar excesivamente tórrido? Monsergas, ¡monsergas infantiles! Él había hecho el papel de Romeo un par de veces en sus tiempos de estudiante en el Liceo, y pensaba reírse con Lidia parodiando algunos fraseos después de salir del teatro. Pero terminaron discutiendo. Fue la primera vez, la primera vez que las caricias no sirvieron de nada. Desnudos frente a frente, después de que él exhibiese el malestar que le había provocado el cambio de planes. Un desahogo artificioso e inútil, a ella le gustaba contradecirlo cuando se ofuscaba. No importaba nada de lo que dijo; era todo palabrería, orgullo varonil herido por un deseo incumplido y la sombra de un fantasma sosteniendo un espejo en el que, aunque cierres los ojos, la imagen refleja tu frágil desnudez, señalando un culpable con el dedo. Celos, simples celos de una felicidad inalcanzable... Recordaba que los muelles de la cama hacían un ruido espantoso y que se sentía enormemente fatigado.
Volvió a dejar la octavilla en el cajón. Pero todo su malestar no era imaginario. Le importunaron las mofas de la obra. Él también era un insecto, un despreciable parásito hematófago que hincaba su aguijón bajo los pliegues de sábanas aún calientes... Seres indefensos que un día amaron y otro se perdieron para siempre en algún lugar remoto, sin regreso posible a casa.
La llegada de Olga con la tetera humeante lo apartó, momentáneamente, de un desvarío que podía llevarle por otros remordimientos.
-Me he permitido traerle con el té algunas de las transcripciones que se han hecho de las declaraciones tomadas ayer a la tarde. Tenga cuidado, viene hirviendo.
No podía quejarse, al menos le había tocado una alumna sonriente.
-Olga, quédese. Me gusta servirme un té en compañía Lo que no puedo ofrecerle es azúcar. No soporto esos terrones morenos que tardan una eternidad en disolverse. Se puede hacer un chiste, pero es un síntoma, vivimos tiempos poco refinados.
Era el único en todo el departamento que practicaba aquella familiaridad con los novatos. Más de uno solía decir que los trataba como señoritas y luego se volvían demasiado delicados. Mantequilla, blanda mantequilla para trabajar a diario junto a enroñecidas navajas de malos barberos. Pero aquella licencia en el tratamiento era algo sopesado, un método eficaz para inducir vínculos de lealtad, dosis de afecto combinado con el rigor de un ejemplo basado en la eficiencia y un cumplimiento implacable del deber... Todo vocablo es arbitrario. ¡A ver cuántos de aquellos chismosos se atrevían a meter un dedo en la boca de uno sus cachorros para probar su dentadura! Mantequilla, mantequilla... Sandeces. Poner la espalda a cubierto evitando traiciones personales... Eso era asegurarse algún futuro. Hoy ordenas, mañana te arrastras por el suelo. Date por contento, si obedeces... El destino no era nada más que un nombre tachado en un papel desde un despacho tan mediocre como el suyo; una torpe broma hilvanada por el rencor y el azar a la que otorga oficialidad la rúbrica de un ser invisible y anónimo, mezcolanza de poder y de suerte. Aunque a la postre resulte absurdo, la impiedad no evita que ningún poder resulte efímero.
-Tampoco hay galletas, se terminaron hace dos días. Esto no hubiera pasado con mi antecesor en el cargo. Un mofletudo pisapapeles al que, pásmese, tumbaron unas fiebres de malta. Ninguna dicha es plena –añadió sonriente, sin apartar la vista de la muchacha seguro de que en su timidez se escondía también algún signo de admiración.
Abrió una de las carpetas que le había llevado con el té y le pidió que leyera alguna de las reseñas en voz alta. El difunto conocía la fuerza de las palabras. No de las palabras que aplauden a rabiar los falsos aduladores; no de esas, sino de aquellas otras que interrogan a los vivos, a los supervivientes que cometen el error de sentar la cabeza... Nunca se debe mezclar la profesión con causas personales, ni siquiera cuando se trabaja en la causa de las causas. Pero nadie con dos dedos de frente posee una fe tan ardiente. La joven estaba leyendo en voz alta, y él no podía controlar el desvarío. El testimonio se atribuía a un editorcillo de revistas literarias, un despilfarrador de papel. Aunque la versión estaba contaminada por un confidente, la había relatado un colaborador de una de las revistas, no importaba el nombre; alguien demasiado común como para dejar escapar la menor oportunidad de notoriedad. En la juvenil voz de Olga las palabras adquirían la sonoridad de una profanación.
-"¡Al diablo todo!... Estoy harto de que se me compare... La fama crecerá después de que muera. Mientras, la rasuro... ¿Quiénes son mis amigos? No los tengo ¡A veces me embarga una tristeza tan grande que me dan ganas de casarme! Fácil es decir que todo esto no vale un escupitajo... Pero si ya no escupo saliva, sino pura sangre. El efecto es nulo. Continúan importunándome...Dejaré de escribir versos...
Diez días después yacía con el pelo liso y los labios resecos en un féretro por el que asomaban sus toscas botas americanas".
-Es suficiente, Olga, vuelva al trabajo. Tengo que terminar el informe y oyendo tantas pesadumbres a mí también comienzan a entrarme ganas de casarme. Así que váyase antes de que intente vestirla de novia.
La joven abandonó el despacho con natural diligencia. Su rostro delataba que había leído en la gravedad de su semblante un repentino e inexplicable malestar que él, con aquella apresurada dosis de jovialidad forzada, no había conseguido ocultar. Probablemente se estuviera interrogando sobre su culpabilidad, pero ella no había influido en nada. Aquel era un malestar muy íntimo, un malestar antiguo, latente, invisible y sin cura. Conocía decenas de hombres a los que la cercanía de la verdad había conducido a la desesperación. Hizo ademán de comenzar a teclear una nueva línea en la máquina de escribir... Pero algo hizo que desistiera. Quizás la lectura de la palabra abril. Encendió un nuevo cigarrillo, el otro se había consumido sin que apenas fumara.Tomó el auricular y marcó el número de Lidia. De repente sentía unas enormes ganas de oír su voz, no importaba lo que dijera, sólo oír su voz para que ésta le trasmitiera algún sosiego.
-Me estoy convirtiendo en un neurótico. Hablo solo...Terminaré por autocompadecerme...
El teléfono consumió todos sus tonos sin que nadie respondiera a la llamada. ¿Cómo eran las últimas palabras de Romeo? "¡Vamos , amargo conductor, vamos repugnante guía! ¡Piloto desesperado, estrella contra las destructoras rocas tu barca fatigada! ¡Brindo por mi amor!¡ Ah veraz boticario! Tu droga es rápida : así muero con un beso". Buscó apresuradamente dentro de las anotaciones del expediente alguna referencia a las palabras de despedida... El mejor poeta, el mejor... Lo habían gritado desde las tribunas... Llenaba los titulares de los noticiarios radiofónicos y la totalidad de las cabeceras de prensa... El mejor ... Simples aduladores intentando que su muerte, como su vida, no tuviera ningún sentido... Sus dedos pasaban presurosos las hojas buscando aquel último apunte. En la sonoridad había algunas coincidencias. ¿También en el veneno? Un disparo a quemarropa. Hay quien desenfunda un arma para saberse vivo... Depositó el cigarrillo en el cenicero. Sacudió los papeles, que se habían manchando de ceniza, y recorrió algunos renglones con el dedo. Sabía que lo había leído... Daba igual. Los sentimientos originales no existen, varían los protagonistas y el plagio persiste. La desesperanza inagura la búsqueda de la búsqueda... Es tan difícil encontrarse. Quizás antes hay que perderse, perderse definitivamente. En aquel matiz no había ninguna diferencia... Podía haber dejado un sobre vacío, pero no, prefirió... Le costaba admitir la brutal fuerza de aquel sangriento gesto humilde... "No culpéis a nadie y, por favor, no chismeéis. El difunto lo odiaba terriblemente... El incidente está zanjado. La barca amorosa varó en lo vulgar". ¿Por qué resultaban tan dolorosas aquellas palabras ajenas? Miró la máquina de escribir. No había nada que añadir al informe. Mejor buscar protección en el silencio. Comenzar con un nuevo caso. En los ficheros había un montón de papeles con varias copias de la correspondencia de gente a la que se debía reanudar el seguimiento. Casi todo estaba en su memoria... "Habría hecho falta ser un héroe excepcional para estar callado durante años enteros; estar callado sin la esperanza de abrir un día la boca. Desgraciadamente, no soy ningún héroe". La verdad era una farsa, una representación de aparente éxito a tenor del número gratuito de vítores... Pero él sabía que el diablo es el único espectador silencioso. Por un segundo pensó en volver a llamar por teléfono... El muerto había iluminado el derrumbe del falso icono. Un creyente debería rezar... Mal enemigo para encontrárselo al otro lado de la línea infranqueable, mal enemigo para esquivarlo con aquellas débiles alas de insecto... Mal enemigo fuera como fuese. Se preguntaba por había terminado odiando aquello que deseaba imitar... Apagó el cigarrillo contra el borde de la mesa. Abrió el tercer cajón del escritorio y, con suavidad, extrajo un pequeño revolver. Puso el dedo en el gatillo, agachó la cabeza y besó el tambor del arma. Los ojos escudriñaban con fijeza en la penumbra del primer cajón. Desde una fotografía incrustada en una página de periódico, un montón de rostros impasibles le miraban mientras continuaba el desfile del cortejo fúnebre. Abril agonizando y el invierno aún adueñándose del corazón...
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