
El viejo Maceo fue un buen profesor de lengua y un viajero impenitente de los rincones en los que aún pervive la fantasía. Escribía con pluma todas sus historias y, más que fueran leídas, le gustaba que fueran contadas al oído. Decía que muchos de sus relatos tenían que ver con su asombrosa capacidad de olvido, pero lo cierto era que los rescataba con esmero de arqueólogo de trozos de memoria abandonados por el azar o el descuido. Tenía, que yo supiera, solamente dos defectos conocidos. El primero consistía en andar haciéndose el distraído por detrás de la gente salpicándoles el agua de los charcos a los bajos de los pantalones en los días lluviosos. El segundo era su excesiva facilidad para pedir disculpas. Este exagerado celo por no molestar a los demás, que había heredado mitad de su carácter, mitad de su educación, lejos de reportarle felicidad, no hacía sino incomodarle profundamente. No quiero decir con esto que fuera totalmente un hombre bueno. En su sangre bullía también algún que otro mal sentimiento. Por ejemplo, se sentía un hombre feliz en los días que amanecían con lluvia y vendaval, le parecían hermosos. Ya se que esto no es nada extraordinario, le ocurre a otras gentes. Pero una vez me confesó que se debía a que su abuelo fue paragüero y le había traspasado su alegría por los inconvenientes que aquellos días de perros acarreaban al resto de los mortales. A él le hacía crecer el negocio. Pocas cosas más podría decir del viejo Maceo. Cuando yo lo conocí su vida era ya tan escasa que todas sus energías se gastaban en historias que entregar al papel, con una tibia esperanza puesta en que alguien, algún día, decidiera llevarlas a los oídos.
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