
Hay un cuento nunca contado que habla de un caballo rojo que cuando cabalga el atardecer, anochece... Lo monta Bolmir el duende. Yo he visto muchas veces sus ojos y he soñado su historia. El final, a la fuerza, será triste. Hoy que comienza noviembre y es tiempo de añoranzas busco refugio en el asombro que pertenece a la poesía y, con cada lágrima, fabrico una llave para abrir las ocultas puertas de los nuevos cuentos. Hay una torre de Enoch fantasmal y liviana en medio del áspero desierto, un vencejo de ojos plateados que hila el aire, un cometa que partió del arco de fuego de Auyam, un viaje heroico a través de los ojos de avellana de una mujer de cabellos verdes que escoge las letras, flores vigilantes en una lápida de mármol, una campana que toca Esenin, un puente de madera, un laberinto en el que Odín se coló de improviso, y tú y yo y aquél, un accidente, un silencio emborrachado de palabras con ganas de hallar belleza en los horizontes grises... A los que odian la lluvia, a los que incomodan los suelos mojados, les es lícito buscar otros personajes... Aquí cabalga un caballo rojo el atardecer e inevitable anochece, anochece...
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