sábado, 9 de junio de 2007

UN TRAPECIO SOBRE ADIS ABEBA


Aquel no era un miércoles igual a otros miércoles, no era otro día vulgar varado en mitad de una insignificante semana. No lo era aunque la sensación que sostenía esta afirmación fuera tan fuerte como inexplicable. Lo supo en cuanto puso la mano sobre el interruptor para apagar la radio-despertador y abandonó la cama, dejando al locutor con la palabra Adïs Abeba en la boca anunciando alguna nueva calamidad en un rincón lejano del mundo. Lo supo sin más porque llevaba media vida aguardando que amaneciera aquel día que durante años había alimentado su imaginación y el afán por llenar de garabatos cientos de papeles. Cientos o miles, todo un océano de folios tecleados a doble espacio en una vieja máquina de escribir de caracteres turbios, pero singularmente elegantes, a base de enormes dosis de perseverancia y una irreductible fe a la que llamaba vocación. Una vocación demasiado apasionada, demasiado, sí , tanto como para entregarse en cuerpo y alma a ella con una especie de decidida determinación. Adïs Abeba... Tenía que anotar aquellos dos vocablos en su libreta. Su intuición le decía que allí había un cuento escondido.

Así llevaba toda la mañana, rememorando de forma obsesiva las sensaciones con las que había comenzado el día, unas sensaciones, pensaba, demasiado placenteras como para que no lo notasen las personas que se encontraban a su lado. Sin embargo, la imagen que se veía desde el ventanal del autobús en el que viajaba no reflejaba más que la cotidiana indiferencia del vaivén de gente y de paraguas que circulaba por una ciudad sobre la que caía la fina lluvia de siempre. Pero aquel era un miércoles diferente, muy diferente, y el intentaba encubrir con una leve sonrisa su profunda excitación. Un sonrisa que, seguramente, ahora también le daba el mismo aspecto de bobo que había reflejado el espejo del lavabo cuando había efectuado su rito matutino de refrescarse la cara antes del tazón de café negro y las bocanadas al cigarrillo que constituían su único desayuno. La contenida alegría, sin embargo, no pudo impedir que por un momento se acordara de Román, el único de sus amigos que había mantenido siempre las porciones de paciencia suficientes para soportar sus historias y que, desgraciadamente, había fallecido dos meses atrás en un terrible y desafortunado accidente de coche. Román le escuchaba, siempre le escuchaba el tiempo que hiciera falta, incluso cuando llevaba un fajo enorme de páginas para leerle. Y al despedirse solía decirle. – La escritura es una profesión peligrosa, muy peligrosa... Puede convertirte en un personaje de ficción. Se empieza con el nombre y luego... Claus ¿qué? Román nunca se habituó al seudónimo con el que él firmaba aquellos interminables papeles: Claus Quo o Klausquo según fueran manuscritos corregidos o simples borradores. Aquella era una manía como otra cualquiera, pero no le parecía que fuera parte de una profesión peligrosa. Peligroso era, por ejemplo, lo que hacía aquel trapecista húngaro llamado Arpád Kóródi al que le llevó a ver su padre cuando apenas contaba diez años. El ángel volador de los Carpatos que anunciaba el cartel del circo. Prodigioso acróbata que efectuaba un triple giro mortal sin red a quince metros de altura. Aún recordaba los gritos de pavor del público asistente y a su padre tapándole los ojos contra su abrigo de paño cuando cedió el trapecio y el pobre húngaro se estampó contra el suelo. En homenaje a él, en sus relatos siempre aparecía alguien que se llamaba Arpad. Arpad Blesa, Arpad Rocandio, Arpad del Vals...

Miró el reloj y descendió con cierta diligencia del autobús. Sabía que le estaban esperando y no quería impacientarles. ¡Aunque qué eran un par de minutos más o menos cuando él llevaba media vida aguardando aquel momento! Adis Abeba, Arpad ... Es una profesión peligrosa. Por unos segundos escuchó la voz de Román aconsejándole precaución, pero su ansiedad era demasiado grande como para detenerse ahora. Cruzó la calle y empujó la puerta del bar. Las mesas estaban repletas de gente puesta en pie que no hacía sino aplaudir su llegada. Daban la bienvenida a quien ahora ya formaba parte de los suyos. Él, nervioso, levantó la mirada y observó los rostros de los asistentes. Allí estaban Macbeth y Kurtz -el de El corazón de las tinieblas-, Jhon Silver "el Largo" y Shanti Andia, Alicia y Quirón -el centauro-, también Gregorio Samsa y el anticuario de Esmirna, Joseph Cartaphilus... Y todos eran como él, personajes de ficción, brillos de estrellas apagadas sobre la carpa del firmamento, en un lugar que bien podría ser Adïs Abeba después de que el trapecista volara hacia el suelo.

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