
En el salado trago de la espuma, la ola desnuda tapa el agujero de la playa; y el cincel, tirado en el último cajón de madera, se ha olvidado de la queja de la piedra ¡Oteiza, mira cómo lloran los menhires! El peso del cuerpo rocoso les anuda a la tierra. Añoran la mano del sembrador de huecos para, livianos, levantar vuelo y besar la magia oscura que oculta en la mentira del reflejo la luz de las estrellas.
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