sábado, 9 de junio de 2007

UNA HISTORIA DEL UNIVERSO



“Ya ni siquiera presentimos
y luego nos quedamos asombrados…”
VLADIMIR HOLAN

Según se decía en el volumen de la manoseada enciclopedia que sobresalía por encima de los escombros que acababa de depositar en el container la pala de la excavadora, Emmanuel no salió nunca de Königsberg. Malpías apenas del umbral de su casa. Una pequeña casa de fachada azulada, semioculta por el ramaje de una higuera que ladeaba su sombra sobre la pendiente de aquel cueto rocoso al que el olvido, extrañamente, había concedido el papel de testigo inmutable de los cambios urbanísticos de una aldea devenida, demasiado precipitadamente, en ciudad.
Emmanuel daba largos paseos persiguiendo el atardecer y criticando la razón pura. Malpías contemplaba, inmóvil, la higuera desde la ventana y construía un universo a partir de nada o de casi nada. Y es que, del mismo modo que Emmanuel, si pudiera hablar, desmentiría a la vieja enciclopedia rememorando una feliz excursión juvenil a la ciudad de Amsdorf; si Malpías hablara podría rebelar que en los inmóviles pilares de su construcción latía el recuerdo de un inmenso viaje. Tan inmenso, al menos, como pueda serlo para un niño de cinco años un viaje desde Santurtzi a Bilbao. Un viaje efímero. El primero y el último por el itinerario de la canción. Y eterno. Después de todo, la inmensidad no deja de ser una añoranza.
Según la vieja enciclopedia, Emmanuel habría vivido ochenta años sin salir de Königsberg. Malpías llevaba, año arriba año abajo, sesenta y tantos sin poner el pie más allá de la penumbra que proyectaba la higuera. ¿O era el tiempo? La higuera llevaba más tiempo creciendo, pero no para Malpías; para Malpías comenzó a crecer el mismo día en que, imaginando lejanías, se escurrió por la barandilla del paso elevado que cruzaba las vías del tren. Incomprensiblemente no sé rompió ningún hueso, pero el golpe le arrebató el habla de manera no, por triste, menos sorprendente que aquella en que anteriormente la naturaleza se la había concedido.
Emmanuel, en este punto, podría hacer un discurso sobre la causalidad, pero lleva dos siglos muerto; Malpías vive, pero es mudo. Tenía cinco años cuando dejó de hablar y también tenía cinco años cuando hizo aquel viaje y aún hablaba. Un viaje -como se ha señalado, por el itinerario de la canción- con el rostro pegado al cristal de la cabina de la draga en la que faenaba su padre Maceo extrayendo fangos del lecho fluvial para abrir paso a las corrientes que bebe el Abra.
Emmanuel, en el aula, les habría dicho a los alumnos que “percibir el mundo es cambiarlo”. Malpías podría haber añadido que en los ojos de un niño descubrir es soñar. En aquel itinerario aguas arriba, las agujas de su imaginación habían enhebrado visiones y fantasmagorías para coser su propio sendero mágico. Visiones y fantasmagorías que contenían arboledas de chimeneas humeantes y misteriosos nombres como Erandio, Lutxana, Olaveaga, susurrados al oído junto a chapoteos de gasolinos que viajan eternamente de una orilla a otra. Visiones culminadas por un puente con sus dos enormes brazos de hierro elevados al cielo para dejar pasar un buque que –“mira, hijo, te saludan”- le advierte su padre, mientras una mujer con una pañoleta en la cabeza y un marinero con un pequeño acordeón sonríen y agitan las manos por encima de un rótulo:”Ponary” Kaliningrado que se aleja empequeñeciéndose miles y miles de veces en una imagen que permanece perenne en el cristal de sus ojos.
Emmanuel, aquí, habría recordado aquello de que “la felicidad no es un ideal de la razón, sino de la imaginación”. Malpías no necesita recordar nada, ese es el barro con el que sus manos esculpen el universo. Un universo no construido como un país o una patria sino como algo más definitivo, como un rincón. Algo por lo que no se puede perder lo que no se tiene. Algo que no posee otro pasado y otro futuro que el infinito que proyecta un viaje de apenas quince kilómetros desde Santurtzi a Bilbao en el círculo que cobija la sombra de una higuera.
Emmanuel podría haber cambiado Könisberg por una cátedra de poesía en Colonia o Berlín sin modificar el discurso sobre su finalidad. Malpías, sin embargo, no tiene retirada. Un dios sin hijos a los que mandar al sacrifico posee un único espacio para el todo y la nada, está condenado a sucumbir con su universo.
-“Faltan pisos, faltan pisos y hay cientos vacíos”.
Las palabras vienen con una taza de café humeante, vienen pero no hay nadie que las traiga, son de ayer. Hoy, su hermana Ricarda está en la calle. Se la ve desde la ventana, veinte pasos por detrás del hombre con un casco blanco que grita frente a la pequeña casa azulada. Su silenciosa silueta es la del adiós. La ciudad necesita terreno para edificar más ciudad. Un pequeño grupo de curiosos observa al pie de la ladera el combate entre la quietud de la higuera y la embestida de la excavadora. Una mujer a su lado dice:
-“Es sordomudo”.
Ellos no son sordos pero no lo oyen. Es igual, todos los dioses lo son.
Por dos veces suena un estruendo y el ruido de la excavadora. Un estruendo como el de una escopeta de dos cartuchos y el ruido de la excavadora permanece. En la manoseada enciclopedia dice que Emmanuel nunca salió de Könisberg, Malpías apenas…
Un casco blanco gira en el suelo junto al árbol derribado, gira y gira como el agua en un desagüe por el que se pierde un universo.

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