
En el cruce de caminos entre Kiev y Novgorov, de espaldas a un punto cardinal en el que el sol apoya su cabeza de mediodía, acompañado por el vendaval y el aullido de los lobos, Yegnei, el boyardo del mechón ceniciento, lloró seis veces:
Una para que el pozo que daba de beber al serpenteante Dnieper no se secara.
Otra porque Vladimir, el esperado hijo de Irina, tuviera lágrimas en la primavera.
Otra porque Muntian el arquero no sintiera sed, sepultado debajo de las hojas del otoño.
Otra para llenar un balde con el que lavar las heridas de las piedras derruidas por la cólera del trueno.
Otra para que la pena tuviera su mar y el barco de la muerte pudiera alejarle el invierno.
Y otra para los que vivieran en aquella terrible y bella tierra en el futuro tuvieran llantos suficientes para poder llorar como él sus abundantes desgracias.
NOTA: Esto me fue contado en el bar del Hotel Nacional sito en una cercana plaza al Kremlin por Mijail Makanin, viejo ferroviario y poeta, como regalo por saber de memoria unos versos de Esenin.
Una para que el pozo que daba de beber al serpenteante Dnieper no se secara.
Otra porque Vladimir, el esperado hijo de Irina, tuviera lágrimas en la primavera.
Otra porque Muntian el arquero no sintiera sed, sepultado debajo de las hojas del otoño.
Otra para llenar un balde con el que lavar las heridas de las piedras derruidas por la cólera del trueno.
Otra para que la pena tuviera su mar y el barco de la muerte pudiera alejarle el invierno.
Y otra para los que vivieran en aquella terrible y bella tierra en el futuro tuvieran llantos suficientes para poder llorar como él sus abundantes desgracias.
NOTA: Esto me fue contado en el bar del Hotel Nacional sito en una cercana plaza al Kremlin por Mijail Makanin, viejo ferroviario y poeta, como regalo por saber de memoria unos versos de Esenin.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario