domingo, 10 de junio de 2007

LA PATA DE PALO




Buscaba un Génesis donde ubicar la fantasía e imaginé a Adán llenando un cesto con manzanas del árbol prohibido. Quería colocar ese paraíso en un mapa y, dándole carta de latitud, concretarlo. El dedo se paró en las costas de Malabar. Recordé haber leído en algún sitio, que de aquel lugar escaparon unos hombres en un esbelto navío lleno de perdición llamado Cassandra. Los aullidos de su tripulación hacen de coro en las galernas al holandés errante. Lo relato de oído porque Pew, el viejo botarate, perdió los ojos con el cañonazo que barrió la cubierta del Walrus. El sólo le desveló al contador de cuentos la parte benigna de la historia: Flint era el espectro y Jim Hawkins los ojos que quieren aprender el mundo. El verdadero secreto permanece en el interior de un barril pudriéndose. No sé por qué Hermann Melville calló que las desgracias de los marineros del adusto ballenero “Jeroboam” comenzaron cuando el grumete mordió un fruto del mismo árbol. No sé por qué mintió sobre la ballena blanca si, como Job, fue el único que escapó para contarlo ¿Por qué le creímos? No debimos profesar fe tan injusta... Jonás el escupido afirma que el Leviatán aún vive... Habrá que rastrear de nuevo el océano... Así que, hasta no recibir la marca negra, ahoga las penas dejando que se encrespe el mar y el crepúsculo bostece escarlata sobre los fríos de la tarde. Tal vez los sufrimientos del alma sean pasajeros, tal vez tu nuevo navío tenga nombre de mujer turgente, o tal vez, vaciada la botella de ron en el Almirante Benbow, tu consuelo se halle en que todas las pérdidas valgan por una sola pierna, y al mirarte al espejo resulte que, como yo, eres John Silver “El Largo”.

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