
Había descorrido el telón para que el drakkar entrara en el encuadre. Lo veía en el papel y me salía de la rompiente. Mucha gente me dirá que tan vasto oleaje no va a caber en el escenario. Los observaba a ellos, mis personajes, y pensaba que es tan preciosa y corta la vida que Shakespeare o Chejov hubieran retratado el momento fugaz, eso es el teatro. ¿A quién irán a buscar? Tanta era su ansia que bautizaron a una tierra blanca País Verde. ¿Acaso uno no viaja también al infierno buscando esperanzas? Odín siempre está presente, no haría falta nombrarlo. Su cruel ironía se disfraza de carcajada o de público. Es, desde todo punto de vista, creíble que un proscrito preste atención a historias que mentan nuevos y lejanos parajes. Podría parodiar al colono Gunnbjörn hablando de que en la tempestad todos los litorales son desconocidos. Podría jugar con la verdad, y presentarle con la certeza del inocente y la lengua suelta del borracho; pero no debo caer en la tentación de contar demasiados cosas y aburrirles. Al fin y al cabo todas las historias encierran la misma historia; al fin y al cabo lo sencillo es lo que más sorprende. Es cierto que es lícito jugar con los nombres. Las palabras encierran sonidos mágicos que condicionan su significado; por eso los idiomas son los primeros hilos que cosen el espíritu. Partirán de Gardarholm o Schneeland o Thule o Islandia y estas músicas, tan diferentes, verán salir el sol por el mismo sitio. Tal vez lo adecuado sea alumbrar el grandioso espectáculo de una epopeya y pintar en el foro una roca, entre gris y negra, que simbolice el cabo de Farewell. Quizás no fuera demasiada osadía representar la furibunda estatura de Erik Thorvaldsson, entremezclándola con la cólera del destino y la caída de los dioses, y dar a la obra un título confuso, como “Osterbygden”, para señalar como comienzo lo que termina, para mentir nombrando oriente a lo que es occidente, mares a los llantos, calma a la muerte. Pero las leyendas tienen dueños y un escandinavo no iba a entender que yo me apropiara del navegante rojo con el solo pretexto de lucir un bigote cobrizo. No hay risas y es que la ironía es una especie demasiado delicada como para dejar que mi intento se desparrame en una comedia. ¿Qué bella canción de amor no es triste? Se puede afirmar que el ruido lo hace el viento y que lo que no se ve está velado por las nieblas. La acción, sin embargo, debe empezar muy dentro. En el bosque del corazón se perdió y nosotros hallamos a un hijo de vikingos que el bardo nombró Hamlet. Toda trama puede partir de la búsqueda del origen, todos lo desconocemos aunque lo hemos visitado por lo menos el soplo de un segundo. ¿Cómo hacer que enrede sin delatarse la artimaña? ¿Cómo hacer que atrape la trama sin desvelar la paradoja? El firmamento carecerá de estrellas, serán vuestros ojos. El tema fue escogido por la vida, el arte es tan sólo la recreación de un recuerdo. Yo lo atrapé leyendo páginas ajadas por la humedad en un libro vetusto. Se trata de una historia banal antes de ser historia, una historia en la que, como siempre, es la naturaleza la que se ríe jugando con la inquietud de los hombres. Un joven deseaba volver a ver a su padre y se adentró en el inmenso mar desconocido; guiándose por el instinto siguió el fiel de la brújula que persigue la estela del norte. Iba con otros, viajaban hacia el oeste, a un oeste particular y mágico que no dejaba de brotar de ellos mismos. Navegaban en el solitario navío vigésimo sexto, veinticinco habían salido mucho antes siguiendo a Erik el rojo. ¿Qué voces se necesitan para pronunciar sin traición sus apagados silencios? ¿Cuántos deben subir al escenario para que nada se olvide sin resultar obsceno, para simultáneamente iniciar y guardar el secreto? Es casi seguro que viajaban en un knorr de largos remos al que habrá que buscar un nombre adecuado. Tal vez cuatro rostros sean suficientes, como los puntos cardinales, para contar o callar una alucinación: Bjarne Herjulfsson, sol verídico; Gudni Olavssonj, viento sur de la ira y las tardes escarlatas; Baldur Smör, la quietud del fresno tumbado en la nieve; Birkir Sverrisson, la hoja solitaria de la duda y la melancolía. En manos del error o la verdad, la vida arrulla nuestra propia deriva; alejados por el tiempo acuoso, de nada sirven los fiordos en los que reposa la calma; hechos de tempestades, sólo la locura o la muerte pueden alejarnos de nosotros mismos. Cuando caiga el telón volveré a releer unos versos del más conocido de los poetas escaldos, Egill Skallagrimson: “Odín, el guerrero habituado al combate, me concedió un arte perfecto y sin tacha, que obliga al enemigo a descubrir sus tretas, tal es la fuerza de la poesía”. Luego colocaré un título: Grünnland. Buen nombre para un barco. Y, mal o bien, reconoceré que me estoy descubriendo a mí mismo.
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