
El primer escribiente escribió en el libro de hojas blancas y creó los cuentos. Aburrido y solo como estaba, decidió enseñar el oficio a varios de sus personajes y los introdujo en las entrañas de las fábulas. Estos, con el paso del tiempo, quisieron crear su propio mundo. Pensaron que era correcto comenzar por el principio: idearon a Dios y el Génesis, dijeron que éste era el primer libro. Luego vino la torre de Babel y los lenguajes multiplicaron más mundos que escribientes. El primer escribiente, añorando su antigua soledad, inevitablemente se suicidó y repartió sus pedazos. Un vigía de la bruma gritó entonces: “¡Dios existe al noroeste!”. Yo, agotado por tantas lecturas, decidí destrozar mi mundo y luego recuperar sus pedazos. He de advertir a los agoreros sembradores de Apocalipsis que esto no quiere decir que abandone. Contra las incomprensiones y las injurias, levantaré, para envidia, fugaces momentos felices y esta recolección de pedazos que he decidido llamar estampas.
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