sábado, 9 de junio de 2007

EL FIN Y EL PRINCIPIO




Un largo viaje se empieza con un paso y él se encontraba apenas a doscientos metros de la cima de la colina que albergaba las ruinas de la torre de Shu, el lugar en el que Shih Huang Ti comenzó la construcción de la Gran Muralla y ordenó al canciller Li Seu la quema de libros. Se hallaba pues casi a un tiro de piedra del lugar con el que llevaba una vida soñando y, sorprendentemente, se limitó a permanecer de pie durante algo más de una hora contemplando sus muros desde la distancia, para luego volver a acomodarse en el asiento trasero del vetusto automóvil que lo había llevado hasta allí por interminables sendas de polvo y entregar al conductor un nuevo fajo de yuanes para premiar la diligencia en el inicio del regreso. La verdad nunca encuentra palabras... Y como a menudo decía su madre cuando todavía era un mocoso: ”No sé como te las arreglas, pero tú siempre comienzas por el final y terminas por el principio. Nadie hace carrera contigo”.
Montxo Vijandi era guarda jurado. Llevaba treinta años transportando sacas de dinero de una sucursal bancaria a otra en un furgón blindado, trabajo que efectuaba en silencio, soportando las bromas con las que sus compañeros mostraban su desprecio por un infeliz al que llamaban “Suma I.M.”, apodo en el que su primer jefe había resumido la parquedad, el tamaño y el aspecto hosco de quien consideraba que era una extraña simbiosis de idiota y de montaña .
-Vamos, Guzmán, conduce despacio. A ver si hoy tenemos suerte y nos tropezamos con una pareja de atracadores caritativos y nos quitan de encima al imbécil éste.
-No te oye. Ha cerrado la ventanilla. Pero deja de joderle, es un buen perro, ni ladra ni muerde, y estate a lo que hay que estar... ¡Menuda rubia que hemos dejado atrás en el semáforo!
Vijandi vivía refugiado en un universo propio, una especie de mundo de movimientos lentos y aparente ausencia de gravedad que no despertaba compasión porque la mirada que debía ser frágil expresaba una indiferencia indolente en el rostro de un gigante. Esto terminaba siendo una tentación demasiado grande para todos aquellos que necesitan encontrar algo donde vengar los agravios que les autoinfringen constantemente las carencias que expresan sus numerosas y congénitas pequeñeces cotidianas. Resultaba excitante humillar a quien podía partirles por la mitad con sólo apretarles en aquellas manazas.
-Oyes “Suma I.M.”, dice Guzmán que llevas dos meses sin meter...
-Sin meter en la hucha. No ahorra un duro con esos bocadillos que se come. Mujeres, justo conoce a su difunta madre y a la vecina del cuarto cuando cuelga la ropa.
Él siempre viajaba en la parte trasera del furgón con los oídos taponados a la insulsa letanía que provenía de los asientos de la cabina delantera con la que se comunicaba a través de una pequeña mirilla que abría contadas veces -dos o tres, quizás, en un año-. De algún modo, aquella constituía la metáfora de su vida: era un hombre encerrado. El blindaje de aquel furgón acorazado no representaba más que uno más de los infinitos envoltorios al final de los cuales, si se pudiera ir desarmando su gigantesco corpachón como si fuera una matriusca, habitaba un hombre que guardaba en un recóndito rincón su propio sueño. Un sueño infantil y extraño -tan extraño como absurdo-, que comenzó siendo una simple fantasía y, sabe dios por qué incomprensible alucinación, con el tiempo, se había ido convirtiendo en el hilo invisible que sostenía la cometa a la que insuflaba aliento aquel espíritu apagado. Un asidero, en forma de ídolo invisible, al que adorar en soledad añorando escapar dando un portazo al falso azul de todos aquellos cielos vacíos.
Aquel singular desvarío se remontaba a un trozo de memoria de la niñez que, se mirase por donde se mirase, no podía ser más peregrino. Cuando contaba once años le regalaron un grueso almanaque uruguayo que incluía en el reverso de cada hoja un fragmento de una historia exótica adornada con un dibujo confeccionado a plumilla. Uno de los dibujos que ilustraba aquellas hojas era la silueta de un arquero de la dinastía Ch´in disparando contra la luna llena que asomaba en el horizonte. Debajo, se contaba la historia de los guerreros de la torre de Shu, soldados a los que el Emperador ordenó la quema de libros y luego abandonó a su suerte, en aquella torre situada en el primer puesto defensivo contra las incursiones de los Hsiung-nu de las estepas, para que la memoria de los que habían recopilado los papeles que representaban el pasado que quería borrar de la faz de la tierra desapareciese también con lo borrado. La guarnición pereció tras seis meses de asedio sin recibir ningún refuerzo de los suyos, conscientes de que habían sido traicionados y, aún así, sin abandonar nunca la defensa de la torre.
Al niño le cautivó la estampa del arquero, al adulto le sojuzgó el encanto de la historia. Y como en Vijandi confluían las dos edades al mismo tiempo, la ilusión alimentó a la vez en él un sueño y un misterio, un pensamiento híbrido que le reconfortaba evocar como una posibilidad irreal a la que terminó por convertir en fetiche vital, un deseo perpetuo acompañado de la carencia de cualquier propósito real de cumplirlo: viajar a la Gran Muralla y encontrar la torre de Shu para comprobar si quedaban indicios del motivo que alentó el ardor desesperado de los defensores. ¡Quién sabe! Quizás preservar las palabras de los manuscritos que les mandaron quemar o quizás, tan sólo, representar un inútil hecho heroico para que, más de 2000 años después, un loco ensimismado los recordase pensando que podían haber dejado grabado algún mensaje para él en el recinto de aquellas piedras.
-Despierta al paquidermo. Dos calles más y hacemos la primera entrega... Oficina 27, Banco Santander... Es una pena que gastes tanto en peine estando de baja la cajera de la minifalda.
-Es vecina de “Suma I.M.”. No le pido que me consiga el teléfono porque seguro que cree que es un tam, tam... ¡Ay!, mecagüen la puta que ... Me he vuelto a joder la mano por golpear en la maldita mirilla. Por qué no la dejará abierta el cabrón éste.
Vijandi golpeó dos veces contra el panel metálico que le separaba de la cabina para hacerles saber que estaba preparado para efectuar la primera entrega: dos sacas más abultadas de lo habitual que aproximó con suavidad al lugar en el que estaba sentado. Apenas las sacas tocaron sus pies, un terrible estruendo acompañado de una violenta sacudida lo lanzó contra el fondo del furgón. Por un instante, el vehículo pareció elevarse y girar en el aire empotrándose contra la marquesina de una parada de autobús que saltó hecha añicos. No sabía precisar el tiempo pero por unos momentos se le nubló la consciencia. Recordaba un intenso olor a humo y numerosos gritos de gente en la calle, seguidos de una ráfaga de pequeñas detonaciones acompañadas por las voces de un par de personas a los que sólo logro ver los zapatos y que, durante algunos segundos, intentaron en vano moverlo de sitio. Alguien desde fuera gritaba:
- ¡Dejad eso! ¡Dejad eso!... No hay tiempo para más... ¡Vamos! ¡Vamooos!. Hay que salir zumbando...
Una ambulancia lo transportó hasta el hospital donde le atendieron de varias quemaduras de diversa consideración en el rostro y cuero cabelludo, así como de una fuerte contusión en la pierna derecha que no dejaba de dolerle. Además, le dieron quince puntos en una mano y seis a un lado de la boca, quedando ingresado en observación en prevención de posibles complicaciones que podrían derivarse de la fuerte conmoción cerebral que le había ocasionado el golpetazo.
Quince días después la primera página del periódico recogió la noticia: Se había detenido a los cuatro atracadores, tres hombres y una mujer, que participaron en el asalto al furgón blindado que había causado la muerte a uno de los guardas jurados y heridas de distinta consideración a los otros dos que custodiaban el vehículo. Así mismo, se daba cuenta de que se había recuperado gran parte del dinero robado, faltando por aparecer dos sacas sobre cuya localización continuaban las pesquisas policiales.
Vijandi llevó una escayola en la pierna durante un par de meses de la que le quedó una ligera cojera... Y un largo viaje, para un cojo, también empieza con un paso. Así que, empujado por el inmenso arrebato que -al parecer- durante años había ido incubando en él su silenciosa paciencia, sacó una maleta del armario y se puso a llenarla de ropa pensando en los versos de aquel poeta de la corte de la dinastía T´ang que hablaban de que la estela del pájaro que atraviesa las nubes no deja ningún recuerdo.
Pero la verdad nunca encuentra palabras... Y como a menudo decía su madre cuando todavía era un mocoso: ”No sé como te las arreglas, pero tú siempre comienzas por el final y terminas por el principio. Nadie hace carrera contigo”.
Montxo Vijandi esa tarde salió sonriendo de casa. Todos sus pasos indicaban que caminaba hacia Pekín.

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