
Remembranzas del cuaderno de K.
y los ladrones de cadáveres de seres nada indagables
Viajo todas las mañanas en un tren de cercanías y aunque el recorrido siempre es a término, tanto la huida como el regreso abarcan un tiempo insignificante que, paradójicamente, día a día va sumando con denodada terquedad alteraciones en la fisonomía de un itinerario en el que lo eterno se emparienta con una melancolía, sin aparente objeto, que apenas dura veinticinco minutos de ida y veinticinco minutos de vuelta, y se instala casi siempre cercana al mismo asiento, hacia la mitad del primer vagón, aprisionada entre el ruido de los otros viajeros y la soledad que muestran los retratos que la luz refleja en las ventanillas. Cuando el interventor emite la señal de puesta en marcha, siempre desvío la mirada hacia alguna vía vacía, me recuerda la amenaza inexorable de los caminos equivocados y la añoranza de un imaginario tren invisible poblado de fantasmas que se dirigen a algún lugar tan improbable como enigmático o remoto. Eso dura apenas un instante, el justo para que la esperanza eluda los preámbulos de cualquier conversación rutinaria y despierte la curiosidad por algo que quizás llame mi atención en las venideras estaciones intermedias, algo que desconozco. De alguna manera mi entretenimiento en el viaje consiste en practicar un juego en el que ejerzo de humilde cazador de asombros. Se trata de una especie de arqueología del olvido con la que uno se ejercita en descubrir lo invisible en lo que se ve. El que los hallazgos sean escasos convierte al juego en algo todavía más cautivador. El último se produjo hace ya algunos meses. Se incorporaba al tren en uno de los nuevos apeaderos. Era un hombre mayor, de edad indefinida y aspecto enjuto que se sentaba siempre en dirección contraria a la marcha, con la espalda recostada contra el respaldo adosado al tabique de la cabina en la que el conductor manipula los mandos del tren; un viajero sin duda semejante a tantos otros, con la única y escasa diferencia de que todos los días llevaba una caja en las manos. Una bella caja de madera adornada con un mosaico tricolor en ocres, cian y magentas formado por decenas de dibujos de unicornios alados entrelazados. Un estuche digno de servir de recipiente para cualquier prodigio: los dados con los que el penúltimo Dios perdió el universo, algún vestigio del primer alfabeto de Babel, un fragmento desconocido de aquel filósofo que en Efeso llamaban “el oscuro”, un poemario con versos superiores a los de Dante, los apuntes de una teoría física similar a la de Einstein, una receta medicinal para curar el cáncer o quizás el manuscrito del mejor relato que jamás se haya escrito. Cada día imaginaba un nuevo contenido, una nueva posibilidad a la maravilla que, estaba seguro, contenía aquella bella caja, con el inquietante temor de que aquel anciano fuera uno más de esos seres desconocidos en los que nada es indagable y que efectúan hallazgos que el azar o la precariedad de sus destinos ocultan o pierden para siempre. Expresado con un símil literario, por cada Max Brod que se guarda las cerillas podría haber un millar de individuos que terminan quemando los papeles de Kafka. A menudo me asalta la sensación de que la vida es lo queda cuando ya todo se ha olvidado y que por tanto hay sucesos de los que somos testigos que de alguna manera ni siquiera suceden, espejismos que ocurren delante de nuestros ojos protagonizados por fantasmas que, como nosotros, deambulan de aquí para allá, pisando entre los espacios que dividen lo imaginario y lo real, estableciendo una frontera confusa.
Aquel hombre enjuto hace más de un mes que no ha vuelto a subir al tren. Un buen día como hoy se esfumó llevándose con él todos aquellos tesoros. Y ahora yo, en su memoria, todas las mañanas salgo de casa en dirección a la estación con una caja vacía entre las manos, esperanzado en atraer la atención de algún otro cazador de asombros que sea capaz de prolongar las lecturas invisibles aunque el estuche no esté adornado con unicornios alados.
y los ladrones de cadáveres de seres nada indagables
Viajo todas las mañanas en un tren de cercanías y aunque el recorrido siempre es a término, tanto la huida como el regreso abarcan un tiempo insignificante que, paradójicamente, día a día va sumando con denodada terquedad alteraciones en la fisonomía de un itinerario en el que lo eterno se emparienta con una melancolía, sin aparente objeto, que apenas dura veinticinco minutos de ida y veinticinco minutos de vuelta, y se instala casi siempre cercana al mismo asiento, hacia la mitad del primer vagón, aprisionada entre el ruido de los otros viajeros y la soledad que muestran los retratos que la luz refleja en las ventanillas. Cuando el interventor emite la señal de puesta en marcha, siempre desvío la mirada hacia alguna vía vacía, me recuerda la amenaza inexorable de los caminos equivocados y la añoranza de un imaginario tren invisible poblado de fantasmas que se dirigen a algún lugar tan improbable como enigmático o remoto. Eso dura apenas un instante, el justo para que la esperanza eluda los preámbulos de cualquier conversación rutinaria y despierte la curiosidad por algo que quizás llame mi atención en las venideras estaciones intermedias, algo que desconozco. De alguna manera mi entretenimiento en el viaje consiste en practicar un juego en el que ejerzo de humilde cazador de asombros. Se trata de una especie de arqueología del olvido con la que uno se ejercita en descubrir lo invisible en lo que se ve. El que los hallazgos sean escasos convierte al juego en algo todavía más cautivador. El último se produjo hace ya algunos meses. Se incorporaba al tren en uno de los nuevos apeaderos. Era un hombre mayor, de edad indefinida y aspecto enjuto que se sentaba siempre en dirección contraria a la marcha, con la espalda recostada contra el respaldo adosado al tabique de la cabina en la que el conductor manipula los mandos del tren; un viajero sin duda semejante a tantos otros, con la única y escasa diferencia de que todos los días llevaba una caja en las manos. Una bella caja de madera adornada con un mosaico tricolor en ocres, cian y magentas formado por decenas de dibujos de unicornios alados entrelazados. Un estuche digno de servir de recipiente para cualquier prodigio: los dados con los que el penúltimo Dios perdió el universo, algún vestigio del primer alfabeto de Babel, un fragmento desconocido de aquel filósofo que en Efeso llamaban “el oscuro”, un poemario con versos superiores a los de Dante, los apuntes de una teoría física similar a la de Einstein, una receta medicinal para curar el cáncer o quizás el manuscrito del mejor relato que jamás se haya escrito. Cada día imaginaba un nuevo contenido, una nueva posibilidad a la maravilla que, estaba seguro, contenía aquella bella caja, con el inquietante temor de que aquel anciano fuera uno más de esos seres desconocidos en los que nada es indagable y que efectúan hallazgos que el azar o la precariedad de sus destinos ocultan o pierden para siempre. Expresado con un símil literario, por cada Max Brod que se guarda las cerillas podría haber un millar de individuos que terminan quemando los papeles de Kafka. A menudo me asalta la sensación de que la vida es lo queda cuando ya todo se ha olvidado y que por tanto hay sucesos de los que somos testigos que de alguna manera ni siquiera suceden, espejismos que ocurren delante de nuestros ojos protagonizados por fantasmas que, como nosotros, deambulan de aquí para allá, pisando entre los espacios que dividen lo imaginario y lo real, estableciendo una frontera confusa.
Aquel hombre enjuto hace más de un mes que no ha vuelto a subir al tren. Un buen día como hoy se esfumó llevándose con él todos aquellos tesoros. Y ahora yo, en su memoria, todas las mañanas salgo de casa en dirección a la estación con una caja vacía entre las manos, esperanzado en atraer la atención de algún otro cazador de asombros que sea capaz de prolongar las lecturas invisibles aunque el estuche no esté adornado con unicornios alados.
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