sábado, 9 de junio de 2007

CAFÉ EUROPA


La hormiga escaló varios centímetros la blancura de la taza como si caminara sobre la nieve, hasta que el dedo del hombre, al que había empujado a sentarse en aquel rincón la casualidad y el aburrimiento, la aplastó contra el borde del volcán de té humeante... Acababa de mirar su reloj, marcaba las ocho de la tarde, y nada le llevó a considerar el horror del insecto. Por su cabeza cruzaban solamente algunos pensamientos contrapuestos: Aunque acorten los días de agosto, sigue habiendo suficiente luz para el que no tiene un interés especial por ir a ninguna parte...
Sin aparente relación con aquellas voces sin sonido, en un cuadernillo que descansaba al lado de su brazo izquierdo, se podía leer: "El humanismo impenitente. Aproximación al mito de Caín y Abel como reflejo de un conflicto entre tribus nómadas y sedentarias. Ponencias sobre el Curso de Etica Social, Universidad de verano".
Al camarero que dejó el tiquet con la cuenta de pago sobre estas líneas, nada le desvelaban aquellos breves renglones sobre un hombre desconocido. Un cliente es un cliente. Y pasando por caja se leen automáticamente los códigos de barras que, para abreviar la semántica, traducen a números el sustantivo que acompaña a los artículos... Al otro lado de una amplia cristalera sobre la que recostaba ligeramente su hombro derecho, los ojos del hombre podían ver que comenzaban a caer las primeras gotas de un aguacero veraniego y el deambular presuroso de un montón de gente que, segundos antes, paseaba de aquí para allá.
- ¡Ya hace falta que llueva un poco para que limpie la atmósfera! ¡Tampoco son buenos tantos calores!
Aquellas frases, lanzadas al aire sin ningún destino, como el pitido de una locomotora a la que no se divisa y se la imaginan raíles y horizonte, provenían de la abultada garganta de un grasiento bebedor de cerveza que se columpiaba peligrosamente encima de un taburete, acompañado por una mujer de igual generosidad en la ocupación de espacios; a la que se debería cobrar una tasa especial de impuestos por la sobreacaparación de volumen de suelo y aire patrio.
Esta impiadosa ocurrencia pasó como un relámpago por los pliegues de la frente del hombre que, disimulando una mueca parecida a una sonrisa, aguantaba estoicamente el escrutinio idiota de aquella mujer, demasiado colmada de mundo para que le cupiera una onza de espíritu.
El hombre estaba a punto de comenzar a reírse, pero el ruido hecho por el paraguas que sacudía en la puerta un nuevo cliente , atrajo su atención momentáneamente. Una joven de corta melena morena y chamarra vaquera era la causante de aquel ligero estruendo... "O es una previsora extraordinaria o acaba de salir de casa. Era difícil imaginarse que hoy pudiera llover, con el hermoso día que ha despuntado esta mañana..."
- ¡Camarero, esto es una máquina de discos o un desintegrador de dinero!
- ¡Déle una patada! Los instrumentos finos funcionan con cariño.
El bebedor de cerveza había echado una moneda a la máquina de música ubicada a un lado de la barra, pero que había que zarandearla un poco para que funcionara, no venía detallado en las instrucciones.
El hombre volvió a fijar su interés en la cristalera. Detrás del cristal, el aguacero parecía querer demostrar que no era un fenómeno anónimo provocando un pequeño diluvio. En la acera desierta predominaban ahora los tonos grises. El hombre sonrió. Sobre el plano de aquel ventanal, que ejercía de lienzo, veía reflejada su abstracta existencia llena de vacíos y retornos... Lo que le hacía gracia era que, en fluorescente rojo y azul neón, brillara, rubricando el cuadro como una metáfora, el rótulo del local: "Europa Café".
Al fin el gordinflón debió de dar el empujón adecuado; el tocadiscos giraba monótono, liberando los sonidos de una canción conocida: "Lágrimas en el cielo" de Eric Claptón. Así tradujo, para sí, el hombre: "Tearns in Heaven".
"Son males de la edad, de la edad... La madurez es la tragedia del tiempo, la vejez solamente números en un reloj al que no se puede dar cuerda dos veces..." El hombre giró su cabeza hacia el interior del establecimiento. Un pequeño chaparrón en el mes de agosto no era suficiente motivo para ponerse transcendente. Su dubitativa mirada rastreó buscando el amparo de un alma gemela. La muchacha de chamarra vaquera estaba sentada a tres metros de él dando pequeños sorbos de una taza de café, con las pupilas reconcentradas en una inexpresiva fijeza, en la que era difícil imaginar alguna preocupación mundana. "Quizá su rostro estuviera en exceso tostado por el sol, quizá los labios contenían demasiado desdén, quizá en la línea sombría de los ojos sobraba algo de oriente, pero resultaba atractiva". Aquella especie de repentina y dulce perturbación contribuyó a avivar su curiosidad, era una facultad mágica que le encendían algunas mujeres. A él le gustaba jugar a un juego antiguo, una especie de solitario de imágenes, cuasi recuerdos-fotogramas superpuestos, para fantasear en el umbral del enamoramiento... Era una secuela incurada de su pasado adolescente, una secuela tan grata como ingenua. Le agradaba atrapar imágenes de rostros juveniles y enredarlas en su imaginación comparándolas con antiguos desengaños... ¿Amores o deseos? Era un eufemismo, el tiempo debería tomarse la eternidad para dar un veredicto sobre aquella aparente insignificancia: amores o deseos... Llevaba meses o años sintiéndose como un mero observador de su propia existencia, como un espectador de un televisor que se encendía pulsando levemente sobre el ombligo.
Eran demasiados pensamientos para encadenarlos de un golpe y la muchacha se había percatado de que estaba siendo observada. No parecía molesta. Debía tener un carácter templado, bastante menos salvaje del que insinuaban aquellos grandes pendientes de aros plateados. "El rostro es indulgente. Alicia sería un nombre bonito, al menos, serviría para rehabilitar el apelativo de un homónimo desengaño".
Aquella breve reflexión le turbó especialmente; desde niño había construido demasiados sueños con los ojos abiertos, demasiados duelos victoriosos de húsares y espadachines en los que, al final, siempre se llevaba la última dama.
La muchacha echó hacia atrás su silla, para dejar el suficiente espacio donde apoyar el bolso sobre unas piernas enigmáticamente largas, y extrajo un pequeño monedero. Luego se levantó vital y ligera y dijo un adiós leve, antes de dirigirse a la barra. Se alejaba con el encanto de su misterio y aquella escueta despedida, como si tuviera necesidad de decir: "lo siento, pero esta noche no asistiré al baile prometido..." Demasiadas alucinaciones... El hombre volvió a dirigir su mirada hacia la cristalera para ver si mermaba el aguacero. Dos jóvenes, ataviados con grandes botas de cordones cruzados y unas camisetas sacadas de una estampa de hazañas bélicas, totalmente empapadas por el bombardeo silencioso del agua, pasaron junto a la ventana como espectros resucitados en la calle abandonada.
La pareja de gordos se había esfumado, sorprendentemente, sin estruendos, y la visión del local resultaba ahora bastante más amplia.
El hombre volvió a dejarse llevar por los caprichos del inconsciente. La muchacha se dirigió hacia la puerta del establecimiento. En su mano derecha el paraguas sobresalía triste como una flor cerrada. "La heroína abandonaba la historia empujando a la horfandad al dueño del sueño y el lugar se queda sin alma". Se estaba volviendo a poner transcendente..
En el encuadre de la ventana el cristal se debatía entre la transparencia y el espejo. A los dos jóvenes de botas encordonadas no les debía de gustar aquel final mediocre y, sin ningún otro motivo aparente, se cruzaron en la huida de la muchacha con una violencia tan absurda como injustificada. Tal vez su estampa de espectros en pena del Africa Korps no podía admitir que ningún intruso atravesara su desierto, tal vez les molestaba que una piel morena les hubiera robado una cuota de sus rayos de sol, tal vez sea una estupidez el preguntarse porque jadean las hienas y aletean los buitres.
El hombre permaneció inmóvil como un imbécil los tres o cuatro minutos que los energúmenos dedicaron a humillar a aquella víctima inocente. La muchacha cruzó los ojos con los suyos. Había en ellos lágrimas de pavor e impotencia exigiendo silenciosamente auxilio. Un hilillo rojo le manaba de la nariz, acusando al héroe que seguía petrificado en la ventana. Por un instante, el hombre luchó con un sentimiento absurdo, algo le empujaba a culpabilizar a la joven, algo le decía que debía buscar una coartada que justificase su miedo. Iba a avergonzarse, pero se dio cuenta de que el paraguas, abandonado y roto sobre la acera como una flor recién arrancada, mostraba la evidencia de su autoengaño. La muchacha se alejaba avenida arriba, en la calle volvía a reinar una paz solitaria.
Apartó con una mano la taza de té y con la otra enrolló los papeles: "El humanismo impenitente. Aproximación al mito de Caín y Abel como reflejo de un conflicto entre tribus nómadas y sedentarias. Ponencias sobre el Curso de Etica Social, Universidad de verano". "Mienten las palabras de los discursos, igualmente que se traicionan los sueños que se construyen despierto". Aquel último pensamiento le hizo daño, pero el cuadro del ventanal había invertido el lienzo y, en él, tan sólo se reflejaba el retrato de un ser inerte con un enfebrecido horror a la muerte; a una muerte que, sin embargo, no quita ni da la vida a nadie, no hace otra cosa que enterrar a los que ya están muertos, resguardados en su vacua y solemne pretensión de eternidad...

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