
Del viaje de Dédalo.
El cosmonauta leyó en el libro de las constelaciones: "Bolmir el esperado monta un caballo que cuando cabalga el atardecer anochece". Luego, extrajo una pluma del estuche de lápices y garabateó en los márgenes un saludo: "En nombre de la madre y el hijo..." Dirigió la lente del telescopio hacia el vacío interestelar en el que el farolero enciende las pléyades y, evocando a todos y cada uno de los que lo habían precedido en la visión del cúmulo de asteroides, suspiró, entre la contemplación y el éxtasis, conmovido por el recuerdo de aquel Gagarin que fue el primero en navegar en los espejos y tocar el azul. Luego, efectuó un paseo circular por el reducido habitáculo de la nave y tecleó en el ordenador de bitácora: "Continuamos la búsqueda, los síntomas perviven, la enfermedad es incurable, como Icaro sentimos envidia de los pájaros".
El cosmonauta leyó en el libro de las constelaciones: "Bolmir el esperado monta un caballo que cuando cabalga el atardecer anochece". Luego, extrajo una pluma del estuche de lápices y garabateó en los márgenes un saludo: "En nombre de la madre y el hijo..." Dirigió la lente del telescopio hacia el vacío interestelar en el que el farolero enciende las pléyades y, evocando a todos y cada uno de los que lo habían precedido en la visión del cúmulo de asteroides, suspiró, entre la contemplación y el éxtasis, conmovido por el recuerdo de aquel Gagarin que fue el primero en navegar en los espejos y tocar el azul. Luego, efectuó un paseo circular por el reducido habitáculo de la nave y tecleó en el ordenador de bitácora: "Continuamos la búsqueda, los síntomas perviven, la enfermedad es incurable, como Icaro sentimos envidia de los pájaros".
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