sábado, 9 de junio de 2007

GROENLANDIA (LOS NORTES IMAGINARIOS)



Norte es una de esas palabras mágicas que trascienden su significado relativo y modifican la sustancia de aquello que ilustran. Son palabras que más que nombrar parecen crear su propia realidad. Quizás por eso, a pesar de que habitamos en la Europa meridional (compartimos más o menos paralelo con Florencia, Varna o Tbilisi), nuestro carácter sea norteño, quizás por eso la nostalgia de nuestros días de lluvia sea mucho más nórdica que mediterránea.
Todo Norte es una estancia imaginaria que permanece intacta tras una línea invisible que viaja con uno; lo mismo representa el Sur, aunque con la lateralidad alterada como la de una imagen observada en el espejo. El agua gira en distinta dirección en el desagüe de un lavabo antártico que en el de un lavabo ártico, lo explica el efecto de Coriolis. El Este y el Oeste, sin embargo, son nómadas y circulares como el alba y la luz del crepúsculo, como Attila y los bárbaros invadiendo las tierras del poniente, como Ulises embarcando para comenzar de nuevo la odisea, como el doctor Jekyll y mister Hyde. Los cíclicos reyes de los hunos siempre regresan con la misma ambición: llevar sus dominios hasta el último borde del mundo. Su sueño es galopar donde no crece la hierba ni humea el polvo, tocar con las pezuñas de su caballo el salitre del inmenso océano, dar un sorbo a la eternidad. Persiguen al sol, un astro fugaz. Buscan alcanzarlo y hacer que se detenga antes de su ocaso, idolatran el cénit.
De algún modo, la inmovilidad es el ideal de todas las quimeras. Un ideal brillante, lejano e inconmovible como el destello de la estrella polar que fija el Norte en el rabo de una constelación, con forma de pequeña osa, a la que cada día alzamos menos la mirada los ajetreados habitantes de la ciudad. El norte se ha hecho invisible, la hoja de la brújula resulta inútil para buscar en la calle una parcela de aparcamiento. Ese es el éxtasis actual que define una existencia de horizontes “domésticos”.
Sin embargo, en su origen, los puntos cardinales representaban el intento de las ilusiones humanas de ordenar el tiempo histórico y el basto desierto del espacio geográfico abarcando el infinito, que -como diría Valery- “es bien poca cosa, apenas una cuestión de escritura, porque el universo sólo existe sobre el papel”. En la mitología hindú los puntos cardinales se asociaban con cuatro reyes celestes que protegían de los demonios; en las eddas vikingas con cuatro enanos que sostenían el cráneo de un gigante llamado Ymir, al que asesinaron los hijos de Borr y construyeron con él la bóveda celeste. Bajo su manto habita Hamlet el danés, “el de la calavera, aquél de las parábolas” que señala Seamus Heaney en los versos de un hermoso poemario titulado escuetamente Norte. El cielo también se construye en la oscuridad y en las insolentes incursiones de nuestras ensoñaciones cotidianas. Aunque, como también advierte el poeta irlandés, hay que mantener el círculo que perfila el iris del ojo limpio como el carámbano para proseguir la búsqueda, confiando, eso sí, únicamente “en el tacto del trozo del tesoro que han conocido nuestras manos”.
Todas las historias encierran alguna búsqueda y el título de ésta es Groenlandia. En parte porque rememora las peripecias de unas almas en pena que partieron a buscar un país verde, en parte porque ese vocablo esconde un koán que incita a indagar en su pequeño misterio. Groenlandia evoca una infinidad de nortes imaginarios y, con ellos, la renovación de la posibilidad de aproar nuevamente el drakar antes de que –como diría aquel Volodia que ya casi nadie recuerda- el incidente de nuestra vida quede zanjado y la barca amorosa termine varada en lo vulgar.
El resumen podría ser, más o menos, el siguiente:
Tras verse condenado al destierro por infringir la ley, un vikingo llamado Erik “el rojo” partió de Islandia con rumbo norte y, tras varias jornadas de fatigosa navegación, desembarcó en una tierra desconocida a la que llamó Grünnland. Cuando se tuvo noticia de aquel hallazgo, éste despertó en algunas gentes la ilusión de encontrar una vida mejor en aquel sugerente lugar al que sus descubridores llamaban Tierra Verde. Varios de ellos –probablemente, entre los ilusionados, los más necesitados y los más inquietos- se embarcaron con sus familias en una travesía que unió su destino al del desterrado Erik.
Estudios arqueológicos posteriores han demostrado que la aventura de aquellos primeros colonizadores escandinavos de la actual Groenlandia, así como la de sus descendientes, terminaría alumbrando un drama con un terrible final. Aislados del mundo conocido, rotas las vías de comercio y la comunicación con la “metrópoli” islandesa de procedencia, se vieron abocados a una lucha por la supervivencia en la penumbra de una tierra mísera, dominada por hielos eternos. Su existencia podría resumirse en una penosa agonía en la que el raquitismo -producto de una permanente pobreza alimenticia- y la condena a una endémica consanguinidad reproductiva terminaron por llevarles a la extinción en una lenta degeneración que, como evidencian algunos restos encontrados, acabó transformándolos en una estirpe disminuida de seres monstruosos.
Pero, por encima de la compasión que pueda despertar esta terrible historia, inquietan los interrogantes que sugiere. ¿Cuál fue el impulso que alumbró el sueño que terminó por convertir a aquellos soñadores en seres deformes? ¿Por qué Erik ”el rojo” y sus acompañantes pusieron a aquel lugar tan inhóspito un nombre tan bello como Grünnland?
Quizás lo hicieran por precipitación o desconocimiento, quizás llegaron allí en alguna fecha del verano, quizás desembarcaron en una ensenada de tierra en la que durante la estación estival crece la hierba, quizás pensaron que el resto de aquel lugar sería como aquella pequeña franja costera. Quizás por eso le pusieron aquel nombre, quizás por eso le llamaron Tierra Verde.
También es posible que donde desembarcaran no hubiese hierba o que, aunque la hubiera, ésta escaseara, y que sin embargo sus sueños fueran más poderosos que la realidad que tenían delante, y que su imaginación, por encima de lo visible, sublimara hasta el ensueño sus deseos, y que por eso llamaran a aquel inmenso desierto blanco Tierra Verde.
Pero cabe también una posibilidad mucho más prosaica. Una posibilidad que no tiene que ver con el desconocimiento ni con la ensoñación. Quizás los desterrados vieron que aquella tierra no era más que un inmenso glaciar desapacible, quizás se dieran cuenta enseguida de que aquel era un lugar inhabitable en el que un pequeño puñado de desterrados no tenían ninguna posibilidad de sobrevivir. Quizás por eso mismo decidieran mentir y darle el nombre de Tierra Verde, quizás pensaran que otorgándole nombre de paraíso otros acudirían allí engañados, quizás pusieran su esperanza en que de ese modo, uniendo sus fuerzas a los engañados, el frío y la oscuridad de aquel paraje pudieran hacerse más llevaderos. No deja de resultar inquietante preguntarse cuál de estas posibles respuestas se corresponde con las utopías rotas del mundo en el que vivimos. Quizás habría que preguntarle a Odín, quizás él conozca la verdadera respuesta, él es el dios del Norte. Pero hace ya una eternidad que los dioses que se ocupaban de los asuntos terrestres han muerto y son tantas las heridas de la posibilidad, que incluso cabe también que el Norte únicamente sea una evidencia más de que la verdad no existe.

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